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La muerte tiene dos partes

Un buen amigo me comentó hace un par de semanas que había decidido reformar la casa de sus padres. La casa en la que él se crió. Le apetece acondicionarla, adaptarla a sus gustos y mudarse allí el verano que viene. Por un lado se ha cansado de vivir en un piso, me confesaba, especialmente desde que tiene que teletrabajar. Y por otro, le da lástima que esa casa tan enorme permanezca vacía durante años en el medio del monte, sin nuevos inquilinos que le devuelvan la vida.

MxSus padres fallecieron en febrero, él es hijo único y no tiene familiares cercanos. La razón por la que contactó conmigo, así como con otros amigos suyos, es que le entristecería vender a algún desconocido las viejas cosas de sus padres. Todos esos objetos que no va a necesitar en su casa una vez reformada. Todo lo que no considera útil o que, sencillamente, no le agrada. En su lugar, ha preferido darle a sus amigos aquello que les guste o que ellos crean que podrían utilizar. Por eso contactó conmigo y con los demás. Para que fuésemos a la casa de sus padres a echar un vistazo.

Me dio unas llaves y me acerqué hasta allí el pasado sábado. Cada uno fuimos por nuestra cuenta y en momentos distintos, para evitar coincidir en un lugar cerrado. En la entrada había varios paquetes con papel adhesivo, cada uno de un color distinto, y sobre uno de ellos estaba escrito mi nombre. Se trataba de ver qué nos podía interesar y señalarlo con la pegatina de nuestro color. Al final del proceso, si en algún objeto se hubiesen colocado varias pegatinas, nuestro amigo decidiría quién se lo llevaba.

Pasear por las habitaciones de esa casa me produjo una sensación extraña. Fueron muchas las ocasiones en las que estuve allí de niño, a veces incluso pasando varios días, conviviendo con mi amigo y sus padres durante algunas semanas en distintos veranos. El sábado todavía podía escuchar nuestra voces mientras nos disponíamos a cenar, entre risas y empujones. Sobre la mesa vacía del comedor, en la penumbra, todavía veía los platos y los cubiertos, y al fondo a la madre de mi amigo sirviendo la sopa y a su padre contándonos chistes mientras cortaba el pan. Estábamos allí sentados, delante de mí, donde ya no había nada ni nadie, salvo oscuridad y silencio.

Al dar una vuelta por la casa para ver qué me podían interesar, tuve que tragar saliva varias veces. Era como pasear entre los fragmentos del pasado de otros para llevármelos conmigo sin que esa gente pudiese oponerse. Sé que contaba con la aprobación de su hijo. Fue él quien me lo pidió. Pero mi impresión era la de estar haciendo algo incorrecto. Algo incluso deshonesto. Como robarle los anillos a un muerto. Aquellos eran sus cuadros. Eran sus lámparas, sus libros, sus objetos de decoración. Era su vida entera la que estaba allí, almacenada durante décadas con ilusión y paciencia. Y yo había ido a llevarme un pedazo.

La muerte, en realidad, tiene dos partes. Tras el fallecimiento de un ser querido, una vez superado el duelo y habiendo asumido la nueva situación —la nueva forma en la que gira tu mundo— todavía queda una segunda etapa a la que enfrentarse: la de qué hacer con sus cosas, con los objetos personales de esa persona. Las pertenencias de alguien también son ese alguien. Mientras sigan existiendo, ese ser querido seguirá vivo en ellas de alguna manera. Si la primera parte de la muerte se gestiona emocionalmente, psicológicamente, esta segunda parte se gestiona de un modo material, mundano y frívolo. Tres adjetivos que no deberían tener nada que ver con la pérdida de un ser querido.

Me interesaron varios libros y unos cuantos cuadros, especialmente uno de ellos. Mientras lo observaba de cerca, me pregunté hasta qué punto les habría encantado aquel cuadro a los padres de mi amigo. Era evidente que a él no le encajaba con la reforma de la casa. Por eso seguía allí. O quizá no le gustaba. Pero puede que a sus padres sí. Puede que a sus padres les hubiese hecho ilusión que aquel cuadro pasase a ser propiedad de su hijo cuando ellos ya no estuviesen. Sin embargo, yo estaba a punto de poner mi pegatina sobre él. Trozos de tu vida marcados con pegatinas. Asignados mediante pegatinas. Me pareció que había algo injusto en todo ello.

"No me siento cómodo haciendo esto, las pertenencias de otra persona no deberían terminar así, siendo escogidas como en un bazar" —le dije a mi amigo, comentándole lo que me había pasado al observar aquel cuadro. La segunda parte de la muerte se gestiona de un modo material y frívolo, es cierto, pero es algo que deben hacer los seres queridos. Uno no puede hacer recaer esa responsabilidad en los demás. Por eso me marché de allí sin llevarme el cuadro.

Esta mañana he recibido en casa un paquete. Se trata del cuadro envuelto en papel de colores. "Un regalo de parte de un amigo", pone en la tarjeta. Lo he aceptado encantado.

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