Domingo. 16.12.2018 |
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Papá, pesado

A VECES ES agradable que las cosas sucedan de golpe. Es un buen modo de esquivar esa nostalgia boba que uno siente a menudo por lo que todavía no ha terminado y no quiere que acabe. No se me ocurre una mejor forma de ponerle fin a una experiencia placentera que ser arrollada bruscamente por la siguiente. Sin tiempo para lamentarlo o autocompadecerse. Como el regreso urgente al trabajo cuando todavía te quedaban unos días de vacaciones. O el gol que decide en el último minuto un gran partido que se dirigía hacia la prórroga. O como el verano que llega de pronto, sin previo aviso, y pone fin a un invierno gélido, larguísimo y estupendo.

No recuerdo a qué hora se hizo verano, pero debió de ser alrededor de las cuatro de la tarde del domingo pasado. Aquella mañana, cuando todavía era febrero, habíamos decidido ir a pasar el día con la niña a la Illa de Arousa. Primero estuvimos dando un grato paseo por el Parque do Carreirón, donde el viento parecía querer robarte el abrigo y las pequeñas rachas de lluvia lateral te obligaban a correr y buscar refugio detrás de algún árbol, como si la mirilla del enemigo te tuviese acorralado. Después nos sentamos en una preciosa terraza y estuvimos tomando algo mientras el frío se te colaba por la nuca y te hacía retroceder dentro de tu propia ropa. Se estaba realmente bien. Era lo que en Galicia se conoce como un día espléndido.

La pena es que no duró mucho. Al terminar de comer, cuando nos dirigíamos hacia la playa de Area da Secada para echarnos un rato bajo un cielo oscuro y amenazador, algo espantó a las nubes, que salieron huyendo en estampida, y apareció el sol. Y apareció con todo. Inconmovible. Abusando de su rival, que éramos nosotros. De pronto, medio centenar de veraneantes que llevaban escondidos tras las rocas y las colinas cercanas desde el pasado mes de agosto comenzó a invadir la arena con sus toallas y sus sombrillas. Y así, sin avisar, de repente se hizo verano. Con su cielo azul y su calor asfixiante. Como si alguien hubiese arrancado de golpe tres o cuatro meses del calendario.

Enfadado, y henchido de razón, me puse a explicar que tan solo diez días antes había estado nevando. Que me había encontrado con Charly de Los Suaves en uno de los pasillos de la Radio Galega y me había avisado de que había nieve en el Alto de Santo Domingo. Que cuando pasé por allí, al cabo de un rato, el termómetro marcaba efectivamente cero grados y estaban comenzando a llegar los quitanieves. Y observé en voz alta Manuel de Lorenzo Que parezca un accidente que solamente diez días después, diez días de frío y de viento y de lluvia, alrededor de las cuatro de la tarde, había llegado el verano. Sin primavera. Sin prórroga. Sin últimos días de vacaciones.

Entonces mi hija se levantó de la arena y exclamó: "¡Papá, pesado!". Hasta ese momento apenas había balbuceado algunas palabras inconexas. En toda su corta vida había dicho nada que se ajustase a las leyes de la sintaxis. Esta era la primera vez que construía una frase. Había dejado de ser un bebé allí mismo, delante de mis ojos. Se había hecho mayor. Y todo había sucedido de golpe. Esquivando esa nostalgia boba que uno siente a menudo por lo que todavía no ha terminado y no quiere que acabe. La cogí, le di un beso y nos tumbamos sobre la arena a disfrutar de una tarde de sol. Cuánto agradecí que por fin hubiese llegado el verano.

Papá, pesado
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