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Por el lado de la mantequilla

Si eres muy malo en algo, que menos que intentar ser el peor

Maruxa
Maruxa

EN MI CASA siempre se desayunaron galletas, bollos, cereales... Pero nunca tostadas. Una mañana, sin embargo, le pedí a mi padre que me preparase una. Un hombre que la única vez que se había atrevido a cocinar le había añadido un kilo de azúcar al arroz intentando "agregar una pizca de sal".

Mi padre llenó una sartén de aceite, esperó a que hirviese, sumergió en él una rebanada de pan de molde durante unos quince minutos, hasta que su color era similar al de la roca volcánica, la extrajo, la colocó aún chorreando en un plato y la embadurnó con un montón de mantequilla que se derritió al instante por efecto del calor. Entonces se giró, me miró y dijo: "Hijo, espero que reconozcas que hay que ser muy hábil para preparar tan mal una tostada; no es algo al alcance de cualquiera".

Su reflexión me convenció. Desde entonces considero importante que las cosas que a uno se le dan mal, como a mi padre la cocina, no se le den medianamente bien. Si eres un mal conductor, como lo soy yo, debes serlo a conciencia. Que tus amigos pasen miedo viajando contigo. Que se te vea dubitativo al volante y te griten continuamente que os vais a matar. Resulta decepcionante encontrarse a gente que no hace del todo mal aquello que es notorio que no sabe hacer. Son personas poco inspiradoras. Al británico Peter Buckley, por ejemplo, se le daba muy mal boxear. ¿Acaso intentó mejorar? No. Colgó los guantes con 256 derrotas en 300 combates, 88 de ellas consecutivas.

En lo que se refiere a las habilidades personales, es fundamental ser ambicioso. Uno debe procurar ser el mejor haciendo mal aquello que no se le da bien. Qué habríamos pensado de Ed Wood si se hubiese puesto a dirigir una película decente. Alguien capaz de firmar Plan 9 from Outer Space no debe cejar en su empeño de ser un desastre. Es una cuestión de actitud. De responsabilidad. Si eres muy malo en algo, qué menos que intentar ser el peor. Algo que también debió de pensar el senegalés Ali Dia cuando en 1996 telefoneó a Graeme Souness, entrenador del Southampton, y, haciéndose pasar por el delantero George Weah, lo convenció para que fichase a su primo, un futuro crack mundial llamado Ali Dia —es decir, él mismo—. Souness lo fichó y lo sacó en un partido contra el Leeds sin haberlo visto siquiera entrenar. Poco después, la estrella del equipo, Matthew Le Tissier, declararía: "Corría por la cancha como Bambi sobre el hielo; era vergonzoso verlo". No creo que la Premier League recuerde un futbolista peor.

Y ése es el premio. Haciendo fatal lo que se te da mal, puedes llegar a ser reconocido como el peor de la historia en lo tuyo. Conservo en mi memoria unos versos que William McGonagall, considerado el peor poeta de la literatura británica, escribió cuando se derrumbó el puente Tay en Dundee, Escocia. Ya le había dedicado una oda cuando se construyó, pero el día que se vino abajo, la inspiración lo visitó y compuso el poema más famoso que se le recuerda: "Debo concluir ahora mi canto / contándole al mundo sin miedo y sin desaliento / Que tus vigas centrales no se habrían venido abajo / Como muchos hombres sensatos dicen / Si hubiesen sido reforzadas en cada lado con contrafuertes". Los críticos consideraron a McGonagall sordo a la metáfora e incapaz de llevar correctamente la métrica.

A veces pienso en cuánto le habría gustado a mi padre recibir una crítica así sobre sus tostadas.

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