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Todo lo que no sale en la foto

LA SEMANA pasada escribí en esta columna sobre la diferencia que señalaba Italo Calvino entre la realidad que fotografiamos porque es bella y la realidad que es bella porque la hemos fotografiado. Todos acabamos publicando en nuestras redes sociales fotografías que, por sí mismas, carecen de valor alguno, tanto desde el punto de vista estético como desde el punto de vista sentimental, anecdótico o biográfico. Fotos que decidimos indultar, que rescatamos del carrete de nuestro teléfono y compartimos con los demás porque, desde el instante en que las publicamos en Instagram y las acompañamos de un texto que las completa —y que hace ver al mundo todo aquello que la foto no enseña—, adquieren ese valor que antes no tenían. La realidad que capturan es bella porque han sido publicadas, no al revés. La publicación tiene carácter constitutivo, no declarativo. De no haber sido compartida jamás en Instagram, la foto sería una porquería. Qué tiempos más extraños son estos que corren.& Debe de tratarse del Zeitgeist ese del que hablaba el filósofo.

Las fotos verdaderamente interesantes son aquellas que han capturado una realidad objetivamente bella. Las otras, aunque todos sucumbamos a su hechizo de cuando en cuando, conducen a una arriesgada tendencia: la de fotografiarlo y compartirlo todo, aunque no valga nada, para construir la ficción de que nuestra realidad sí vale algo. Es imposible no coincidir aquí con Italo Calvino: esa clase de autoengaño solamente lleva a la estupidez y a la locura. Sin embargo, tampoco se debe caer en el error de considerar que únicamente es bella aquella realidad que es bonita. Es decir, convencionalmente bonita. Hay belleza en lo grotesco. Y en lo exagerado. Y en lo triste. Y en lo oscuro. Hay belleza en la fealdad. Incluso en lo que nos resulta anodino e irrelevante, sobre todo porque la mayoría de las veces sólo accedemos a la información que nos proporciona la imagen de la foto y no dispo nemos de todo el contexto. Italo Calvino concluía que la realidad de la fotografía existe porque aparece en la fotografía, y "lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra insegura del recuerdo". Pero esto no es del todo cierto: a veces lo verdaderamente importante de la foto es, precisamente, todo lo que no sale en ella.

En el pasillo de entrada de mi casa sólo hay una fotografía, que resiste el paso del tiempo, año tras año, sobre la misma estantería. En ella se nos puede ver, torpemente enfocados, a mi mujer y a mí con quince años menos, en el arcén de una carretera desde la que se aprecia, muy al fondo, un pedacito de mar. Nos hicimos esa foto como pudimos, estirando mucho un brazo, en una época en la que no existían los smartphones y la inmensa mayoría de los móviles no tenía cámara de fotos. Volvíamos de nuestra primera escapada juntos, poco después de comenzar a salir. Los dos estábamos aún en la universidad y aquel fin de semana habíamos cogido prestado el viejo Peugeot de mi padre y nos habíamos ido a pasar un par de días a Portugal, conduciendo sin rumbo fijo, recorriendo la carretera nacional que transcurre paralela al Atántico. A la vuelta, cuando regresábamos a Galicia y el océano se transformaba poco a poco otra vez en el río Miño, nos dimos cuenta de que no nos habíamos sacado ni una sola foto durante aquel fin de semana. Ni una sola imagen que nos sirviese para recordarlo. Así que nos detuvimos en el arcén y, allí mismo, con el mar a lo lejos, nos retratamos para la posteridad. La foto es de una calidad bajísima, está mal encuadrada y no hay en ella nada concreto que merezca la pena ser recordado. Salvo todo lo que no se ve.

A veces, lo más importante de una foto es todo lo que se contiene más allá de sus márgenes. Fuera de campo. Una instantánea anodina e irrelevante basta para evocar todo lo que no sale en ella. La historia que la envuelve. Los paisajes de aquellos días. Las sensaciones. Las caricias, si las hubo. Los sinsabores, si los hubo. Puede que, a su manera, todas las realidades que decidimos fotografiar sean bellas. Las publiquemos o no. Y por eso las fotografiamos. Puede que Italo Calvino no estuviese en lo cierto —o que yo lo malinterpretase— y no haya realidades que fotografiamos porque son bellas y realidades que son bellas porque las hemos fotografiado. Tal vez fotografiar y compartir algo en las redes sociales no provoque automáticamente que ese algo merezca la pena si ya no la merecía antes. Quizá nadie calcule y confeccione lo que publica en sus redes sociales sólo para construir una ficción sobre su propia vida.

Y eso implicaría, en última instancia, que en mi columna de la semana pasada yo estaba equivocado. Y lo menos que uno puede hacer cuando está equivocado es reconocerlo y pedir disculpas por el error. Eso debe de ser, finalmente, el Zeitgeist ese del que hablaba el filósofo.

Todo lo que no sale en la foto