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Una siesta de un día y medio

LLEVABA ALGÚN tiempo sin ver a mi cuñado. Lo último que sabía de él es que se había marchado al sur de Marruecos para competir en un rally de diez días a través del desierto. Desde allí había enviado algunas fotos que evocaban episodios de una carrera épica entre las imponentes dunas del Sáhara en Erg Chebbi; a lo largo de las orillas pedregosas del río Muluya; sobre las inagotables pistas de la hamada de Erfoud. Cuando alguien lleva una vida aburrida y feliz como la mía, resulta especialmente conveniente colocarla a menudo frente a un espejo como ese. Es la única manera de distinguirle los bordes.

Quedé con él en su casa la misma tarde de su llegada, hace un par de domingos, y tras una hora de narraciones envidiables, de anécdotas sobre pueblecitos perdidos en el medio de la arena y de historias de camaradería en los campamentos de la organización, le pregunté qué era lo primero que pensaba hacer ahora que por fin había regresado a casa. Cuál sería el primer contacto con la normalidad después de una experiencia semejante.

Henchido de una sinceridad satisfecha, casi orgullosa, me contestó que su intención era dormir una siesta de un día y medio de una sola sentada. "Voy a meterme ahora en la cama y no pienso despertar hasta el martes por la mañana". Me pareció una hazaña todavía más impactante que la que acababa de relatar.

Un día y medio durmiendo. Del tirón. Sin buscar de vez en cuando el lado frío de la almohada o echar un miserable vistazo al reloj. Lo que mi cuñado anhelaba era cerrar los ojos, sumirse en la más profunda inconsciencia y despertar a mediados de semana sin haberse enterado de nada. Algo así como viajar treinta y seis horas al futuro. Lo describía como una experiencia magnífica, inigualable. No veía el momento de caer por fin en coma después de diez o doce días de agotamiento.

Por desgracia, yo no podía estar más en desacuerdo. Emulando casualmente a Sergio Dalma, respondí: "Lo siento, Javi, pero dormir así, de corrido, sin interrupciones, no es dormir". Porque lo placentero, en realidad, es saber que estás durmiendo. Dormir solamente constituye un deleite cuando uno, en mitad del sueño está despierto. Ese momento en el que te levantas para ir al baño y regresas a la cama calentito, acurrucándote bajo las mantas, y te relames pensando en que todavía tienes media noche por delante. O las cabezadas que das en el sofá después de cenar, con la cabeza puesta en el instante de irse a la cama. O esas siestas de verano en las que no estás dormido del todo y las disfrutas desde fuera, viéndote a ti mismo dormir. Incluso las noches que duermes mal son más placenteras que las que duermes de golpe. Son esos segundos en los que estás despierto, pero durmiendo, los que verdaderamente merecen la pena. Caer en coma durante un día y medio, en realidad, no es muy distinto a no hacerlo.

Me giré hacia mi cuñado repleto de satisfacción con mi discurso y descubrí entonces que se había desplomado en el sofá. Dormía como una piedra. Todo lo profundamente que he visto a nadie dormir jamás. Recogí mis cosas con resignación y me marché a mi casa.

No supe nada más de él hasta el momento en el que se despertó y me llamó para contarme lo mucho que había disfrutado de la siesta. Eso sucedió el martes por la mañana.

Una siesta de un día y medio
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