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¡Vamos, nenaza!

Ilustración. MARUXA
Ilustración. MARUXA

SUPONGO QUE todos los padres, contemplados por sus hijos pequeños en contrapicado, coinciden con el arquetipo de un señor mayor. Mi padre, sin embargo, era un señor mayor de verdad. Uno de esos a los que el resto de padres cedía su asiento en el banco del parque. Todavía recuerdo lo mucho que me extrañaba cuando alguno de ellos se refería a él como mi abuelo. Y la gracia que le hacía a mi padre seguirles animadamente la corriente.

Lo suyo eran los libros y su máquina de escribir. De la mundanidad en general y las cosas de niños en particular no tenía gran idea. A nadie le sorprendió demasiado, por lo tanto, que en mi noveno cumpleaños me regalase una de las llamadas "bicicletas para niñas", con la barra del cuadro más baja y bañada en un precioso color rosa. Sencillamente, no reparó en las diferencias. Que existiesen bicicletas para niños y bicicletas para niñas debió de parecerle algo insólito. Era la clase de cosas que no despertaban su interés.

Por fortuna, tampoco el mío. Yo era un niño especialmente ingenuo. Por aquel entonces apenas era consciente de que el mundo se dividía en etiquetas y una bicicleta para niñas, desde mi perspectiva, no era más que una bicicleta. El resto de niños del pueblo, no obstante, había crecido más rápido y con un importante carga de prejuicios adultos a sus espaldas. A mí no me gustaba el fútbol y, por consiguiente, no era lo bastante machote. Prefería pasar las tardes de verano leyendo en casa, lo que me convertía en un bicho raro. Cuando mi padre me regaló la bici pensaba que quizá podría integrarme. Que recorrería el monte en pandilla por el mero placer de hacerlo. Pero lo que sucedió fue que, aunque yo no entendía muy bien la causa, a aquellos chavales les pareció más divertido burlarse de la bicicleta y después negarse a que los acompañase. Al principio pensé que me dolería, pero lo cierto es que me dio igual.

Hace unos días, un amigo me comentaba que su hijo no quiere salir por las tardes a jugar en el camping porque un grupo de niños se está metiendo con él. El motivo es que no le gusta jugar a pelearse. Es un crío muy sensible que prefiere pasar el tiempo solo y no le interesa hacerse el mayor. Los otros chavales lo han llamado nenaza y ahora él prefiere no jugar con ellos. Es comprensible.

Resulta increíble que hayan pasado treinta años y todavía siga ocurriendo lo mismo. Los niños y las niñas deben cumplir con un determinado estereotipo. Todo lo que se aparte de ahí, se considera motivo de burla o discriminación. Y lo peor es que se trata de comportamientos que responden a la clase de conductas que los niños ven en sus casas. No es el chaval el que grita "vamos, nenaza". Es su padre el que lo hace a través de su hijo. Y si ha pasado tanto tiempo y las cosas están igual, no es que nos hayamos estancado; es que, en perspectiva, estamos yendo hacia atrás.

Le he dicho a mi amigo que no se angustie. La compasión está siempre en los ojos del que mira. No tiene por qué corresponderse con la realidad. A mí me importó muy poco que se burlasen de mi bici. La seguí usando un par de años. Y es muy probable que a este chaval, en el fondo, le dé lo mismo lo que digan esos críos. Hemos charlado y he insistido en que no debería preocuparse. No sé por qué, pero algo me dice que a su hijo las cosas le van a ir muy bien.

¡Vamos, nenaza!
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