Blog | Que parezca un accidente

El verano y Éric Cantona

El verano es un acontecimiento minúsculo, casi imaginario. De hecho, apenas sucede. Uno puede tener la sensación de que es verano debido a circunstancias tan peregrinas como que ha finalizado la primavera. O porque los termómetros alcanzan temperaturas muy elevadas, propias de la ‘época estival’. O incluso porque el calendario indica que nos encontramos en los meses de junio, julio o agosto. La realidad, sin embargo, es que ninguna de esas cosas tiene que ver con el verano. No son más que trampantojos. Es absurdo creer que es verano solamente porque la siguiente estación será el otoño. 

Los espejismos que conducen a esa clase de engaños son numerosos. Un día llegas a casa tras una larga mañana de trabajo, tu piso permanece a oscuras, protegido del sol tras una fortaleza de persianas bajadas. El aire es espeso y caliente. Tienes la impresión de que un ejército de gimnastas sudorosos se ha pasado varias horas respirando allí dentro. Enciendes el ventilador, te quitas casi toda la ropa, preparas una ensalada fresquita y te sientas a comer delante del televisor. Haces un poco de zapping y te encuentras con los últimos kilómetros de una etapa cualquiera del Tour de Francia. Se trata de un mano a mano entre Jonas Vingegaard y Tadej Pogacar. Descubres que el danés se halla al frente de la clasificación general. Apenas quedan cuatro días para el final de la competición y entre ambos ciclistas solo hay dos minutos de distancia. Pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que sea verano.

Un amigo te llama al cabo de un rato desde la playa del Postiguet, en Alicante, a donde ha llegado esa misma mañana con su familia para pasar unos días. Está disfrutando de una cerveza fría en un chiringuito junto al paseo de Gómiz y solamente telefonea para incordiar y fanfarronear. Se trata de una videollamada, te está viendo recostado en el sofá y no se te ocurre ninguna excusa para colgar. Al fondo ves pasar a gente en sandalias, con camisetas de tirantes y bañador. Tu amigo se deleita con el sabor de su cerveza. "Y la temperatura del agua, estupenda", añade mientras te hace un plano general de la playa, el castillo de Santa Bárbara y las hileras de palmeras. Su mujer se acerca a saludarte desde la arena, se ajusta bien el bikini y aprovecha para pedirle al camarero un banana daiquiri. Pero eso no quiere decir —solo faltaría— que sea verano.

El verano no tiene nada que ver con la temperatura, la piscina o los torneos internacionales de fútbol en pay per view. Ni con la sangría, las pandillas de niños en bicicleta por la calle o las fiestas del pueblo. El verano no depende del qué, sino del cómo. Es ese espacio efímero que media entre los asuntos ‘del año pasado’ y los ‘del año que viene’. Es un período de transición, pero, sobre todo, de desconexión. Ya dure un mes, quince días o una semana. Ya ocurra en junio, en agosto o en septiembre. Es verano cuando los problemas de la vida cotidiana ya se han quedado atrás y todavía parecen lejanos los siguientes. Justo en ese momento de paz, suspendido en el tiempo, ocurre el verano. Cuando no hay nada importante en lo que pensar ni por lo que preocuparse. Cuando la rutina y la monotonía pasan a ser, de pronto, conceptos agradables.

Este año he sido perfectamente consciente de la llegada del verano. Sucedió después de varios días de espera, cuando por fin fui capaz de evadirme. Cuando por fin fui capaz de desconectar, aprovechando una tarde de playa y de sol. El mundo entero estaba en calma a mi alrededor. Se escuchaba el rumor de las olas, acariciando finamente la orilla. Con los ojos cerrados, tumbado sobre la toalla, me invadió una mística y universal sensación de serenidad. Como si aquel fuese el lugar en el que las cosas hallaban su equilibrio. Supe entonces que era verano y me propuse saborear los días venideros, gozar de lo extraordinario, alejarme del ruido y del ajetreo. Olvidarme de los problemas que, en verano, parecen quedarse atrás durante un tiempo. Abrí los ojos para anotar un par de ideas en el teléfono y, en ese momento, descubrí que alguien había robado mi mochila. Con mi cartera, mi documentación, mi dinero, mis llaves del coche y mi móvil. No podía volver a casa, ni llamar a nadie. No podía pagar un taxi. Ni siquiera podía cambiarme de ropa y calzarme en el coche para ir a alguna parte andando.

Y fue así como, nada más llegar, se marchó. Mi verano ha sido un acontecimiento minúsculo, casi imaginario. De hecho, por poco no sucede. Y ojalá no lo hubiera hecho, porque en tal caso yo habría estado más o menos alerta, preocupándome de mis cosas, como hace la gente normal, aunque todo el mundo finja evadirse plenamente en verano, y le habría metido tal patada voladora al ladrón ese que ni Éric Cantona cuando saltó a patear a un hooligan que lo estaba insultando, desde la grada en Selhurst Park. Maldito sea el romanticismo.
 

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