Blog | Balas de fogueo

El cielo de las palabras

GUILLE LÓPEZ
photo_camera GUILLE LÓPEZ

De críos, cuando le preguntaron que quería ser de mayor, un amigo contestó: proxeneta. Le sonaba bien, como saxofonista, pero con más misterio, porque la verdad es que no tenía idea de qué significaba. Las palabras son maravillosas también por eso, porque no necesitas saber qué significan para caer bajo su embrujo. "Bajo su embrujo" suena que te cagas, no es porque lo haya escrito yo. Y "suena que te cagas" también suena que te cagas: es una redundancia.

Las palabras no tienen piel, son todo carne. Carne viva que puedes usar para hacer churrasco o pinchos morunos, o a la plancha o guisada. Las palabras son también como chuches que te explotan en la boca su azúcar y su ácido, son como gritos pequeñitos que sueltas con el placer de quien suelta gritos pequeñitos. Cada palabra es un planeta, o un asteroide, o un asterisco. Es difícil definirlas sin caer en la tentación de abrirlas en canal y sacarles el jugo, para luego transpantarlo a una hoja de papel, que es el mejor destino de las palabras, el cielo de las palabras, un paraíso natural donde son verdaderamente lo que son y no solo lo que imaginamos de ellas.

Uno dice, por ejemplo, troglodita y es muy fácil imaginar su significado. De hecho, si cerramos los ojos y decimos troglodita se nos aparece en la cabeza un troglotida, con su taparrabos y sus largas barbas y toda su pinta de troglodita. Y si decimos azucarillo pues lo mismo. No lo mismo que troglodita, se entiende. A veces uno encuentra una palabra que se le había perdido, una palabra a la que tenía cariño pero llevaba mucho tiempo sin ver, y es como una fiesta. Decirla despacio, escribirla en grandes caracteres (o con letra chiquita), hacerr que se extienda su embrujo utilizándola en cuanto surja la primera ocasión.

Las palabras cuando hacen frases es como si se cogiesen de la mano. Como si se cogiesen de la mano y formase un corro y se dedicasen a saltar y hacer cucamonas y esas cosa que hacen las frases, que suelen ser cosquillas en la mente. Hay frases que se ponen en pie con gesto marcial y te miran de frente, a ver qué vas a decir. Otras, en cambio, son tan tímidas que pasan a tu lado de puntillas para no molestar, pero tú las has visto ya, o sea, las has oído y podrías incluso repetirlas pero no lo haces para no asustarlas.

No hay nada más bonito que juntar palabras de modo original y darte cuenta de que has creado algo que no existía antes. Efímero, volátil e incluso inútil, pero maravilloso. Pienso decir más veces aún maravilloso hablando sobre las palabras. Pienso decir impronta, panegírico y frugal. Y nadie va a impedir que diga también rescoldo, abubilla, dionisíaco o batracio.

Las palabras no hacen daño por sí solas. Necesitan de un contexto y de una intención para hacer saltar la sangre o la saliva, para hacer brotar la hiel. Hay palabras que se pueden llegar a convertir en puñaladas, pero en la peor clase de puñaladas, ya que siguen arrancando la piel y clavándosete dentro años y años después. Han anidado dentro de uno y sigue supurando su veneno en ocasiones envenedadas. Hace falta mucha lucidez, mucha perseverancia y mucho amor (propio y ajeno) para retorcerles el pescuezo de una vez para siempre.

También hay palabras que curan, que son como besos en el alma cuando el alma necesita besos. Palabras que son como medicina que tomar cuando tenemos una herida, caricias cuando tenemos frío, algunas son como lugares donde refugiarnos cuando perdemos el norte en el mapa de la vida.

En la vida vamos dando tumbos, palos de ciego, golpes de timón, volteretas, saltos... a veces damos en el blanco y otras veces nos quedamos en blanco, pero nuestra vida sería mucho más triste sin palabras.

Comentarios