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Menos gritos

En ocasiones gritamos para sentirnos vivos. De un modo consciente o no, sentimos el impulso de liberar un grito que subraye nuestra presencia en el mundo, como si eso significase algo más que un incordio para quienes nos escuchan. Sucede mucho, sobre todo a los que somos españoles y mucho españoles (es un decir), porque somos ruidosos (dicen) y escandalosos (aseguran) y ventilamos nuestras cuitas a voz en cuello. Por cierto que la expresión "a voz en cuello" puede relacionarse con el engrosamiento de la vena yugular cuando nos enfurecemos y comenzamos a arrojar sapos y culebras por la boca, otra tradición latina de amplia raigambre. Y, por cierto también, que dicho fenómeno se produce por nuestra desafección de la respiración abdominal, con lo que generamos el sonido en la garganta en lugar de producir el impulso desde el diafragma. No sé si esto es así exactamente, pero esto es también otra característica nacional: opinar de todo con el conocimiento muy justo. Soy un patriota.

Lo cierto es que, desde la infancia, nuestra relación con el grito es muy cercana. El berrido y el berrinche son manifestaciones de incomodidad y disgusto con las que nos comunicamos con nuestro entorno a una edad temprana, generalmente con óptimos resultados. Hasta que el abuso de este recurso produce en nuestros allegados una reacción llamada hartazgo y comenzamos a pasar de mano en mano de distintos familiares o pasamos incluso a manos de no familiares contratados para aturarnos o como se diga en castellano. En la etapa pueril el grito resulta especialmente desagradable debido al agudo timbre del sonido producido por nuestras cuerdas vocales. A veces, más que desagradable, repulsivo. Y a veces, más que repulsivo, monstruoso. Aunque tiene sus propiedades pedagógicas. Servidor, sin ir más lejos, descubrió en un ambiente de juegos de infantes, como el desaforado y gratuito aullido de alguno de los enanos, hacía aflorar unos desconocidos y fortísimos instintos homicidas. Siempre es bueno conocerse más uno mismo.

Durante la adolescencia y la juventud, el grito queda fijado como un recurso más a la hora de reivindicarse o simplemente de armar bronca (casi siempre esto último). De ahí pasa a la edad madura y así, un día cualquiera te encuentras charlando entre amigos en un bar utilizando un tono de voz generando sonidos que un observador neutral calificaría sin remilgos como «alaridos». Ya la mutación del volumen normal de un ser bípedo y racional al de un energúmeno también bípedo pero cuasi irracional se ha producido de un modo automático, sin mediar reflexión, intención o molestia. En lo que respecta a la comunicación verbal, ya eres tan latino como una copa de vino. O más.

La belicosidad del género humano y factores psicológicos, han llevado al mismo a la adopción de distintos gritos de guerra a lo largo de la historia y lo ancho de las distintas nacionalidades. Los griegos y acadios gritaban ‘Alala’ en el campo de batalla, al parecer emulando el grito del búho. Los hunos también atacaban con gritos espeluznantes. Los otros también. (¡Perdón, perdón!). Famosos son el ¡banzai! japonés y el ¡hurra! utilizado por rusos y británicos y tomado de un término turco para "matar". ¡Santiago y cierra España! fue usado por los guerreros cristianos durante la Reconquista y ¡Viva México! por numerosos ejércitos mejicanos desde la independencia de este país.

Luego está el curioso grito de ¡Gerónimo! que nació en un regimiento de paracaidistas norteamericanos en 1940 para formar parte de un ritual en el momento de saltar. ¿Cómo se les dio por adoptar el nombre del último jefe apache, pueblo aniquilado por ellos? Al parecer vieron una película en la que el personaje de este guerrero gritaba su nombre antes de dar una gran salto y se les dio por repetirlo al precipitarse hacia tierra desde el avión.

Por supuesto, el grito es un medio que en determinadas situaciones se revela como el más idóneo para alcanzar un fin. Cuando se produce una cacofonía de voces durante una reunión, sea de la comunidad de vecinos, sea del grupo C de 1º de la ESO, nada como alzar la voz con contundencia y sin ahorrar en decibelios. Otro ejemplo, extraído de una canción de Pau Donés (Jarabe de Palo): "Si salgo corriendo, / tú me agarras por el cuello / y si no te escucho / ¡grita!" . En el contexto de la canción (Grita), que es un ofrecimiento de ayuda a alguien que parece estar en horas bajas, tiene bastante sentido.

En definitiva, hay que saber cómo gritar y cuándo, pero gritar por gritar por deporte, por muchos adeptos que tenga, no resulta saludable.

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