Blog | Balas de fogueo

El paraguas de un día sin sol

Imagínese que es primavera, vamos a lo fácil. Imagínese que, al salir del trabajo, alguien le presta un paraguas porque no ha querido cargar con uno y apostó en su mente a que no llovería. Pese a que pierde repetidamente ese tipo de apuesta, sigue haciéndolo porque no se juega nada a fin de cuentas (salvo una ocasional mojadura). Imagínese que al día siguiente quiere cumplidamente retornar el paraguas a su dueño. En estos casos, suele amanecer un día soleado. Imagínese que se desplaza esa espléndida mañana hacia su lugar de trabajo con un notable ejemplar de paraguas en sus manos. Algunas personas le dirigen miradas empañadas por la sorpresa, otros dejan escapar ojeadas de extrañeza. Juraría que algún conocido con el que se ha cruzado ha girado la cabeza hacia otra parte.

Pero usted es una persona asertiva y no esconde el paraguas. Además es orgulloso, mucho más que asertivo, y esto le empuja a mostrarlo claramente, casi a exhibirlo. Un par de viandantes se apartan de su camino con disimulo. Usted prosigue su ruta transportando un utensilio cuya presencia resulta paradójica, inadecuada, extraña en el contexto presente. Tal vez haya comenzado a mascullar maldiciones en voz tenue. No resultaría extraño que iniciase una conversación con el propio paraguas.

Si su imaginación ha respondido como se supone que es debido, la situación puede parecerle tragicómica y dependerá del carácter de cada uno que la vivencia se incline por el lado trágico o por el cómico. No todo el mundo está psicológicamente preparado para transitar las calles de una ciudad durante una mañana soleada con un paraguas en la mano. Esto es el asunto. La huella emocional del momento. La impronta anímica. La recurrencia del ridículo. Aviso de que hace ya varias líneas que he perdido el timón de este asunto, dicho sea tanto como explicación como a modo de excusa. Aunque si usted es de los asiduos de esta balas de fogueo, qué le voy a contar. Darle las gracias, si eso.

Nadie es tan friqui como alguien que no lo es pero que lo está haciendo, voluntariamente o no. El friqui, normalmente, desarrolla cierta cohexión en sus devaneos friquis; hay cierta consistencia en su extravagancia, cierta lucidez en su desparrame. El no friqui metido a friqui es un ser desvalido, sin norte. Y sobre todo, angustiado, pues es consciente de su posición, cosa que al friqui auténtico se le escapa.

La vida nos emplaza en ciertas ocasiones a movernos a contracorriente, nos sitúa en unas tesituras que nos ponen en evidencia ante nuestros semejantes, incluso aunque nuestro mayor deseo en la vida sea pasar todo lo desapercibidos que podamos. Lo deseamos incluso aunque desempeñemos una actividad expuesta al público, a su presencia y/o escrutinio. Si nos dedicamos a la música, queremos ser como Daft Punk, aquellos dos franceses que se escondían tras sendos y aparatosos cascos. Y si nos dedicamos a la literatura, admiramos a Thomas Pynchon, el célebre escritor norteamericano del que, ya octogenario, apenas conocemos una fotografía de su época de recluta en la marina.

De modo que usted no está consiguiendo pasar desapercibido con su pedazo de paraguas en la mano, ataviado con ropa ligera, como corresponde a un día de sol. De hecho, hace rato que ya no mira hacia la gente con la que se cruza, harto de sospechar que este o aquel visaje de un rostro u otro están denunciando su rareza. Otro día me pinto en la camiseta: "Se estoy devolviendo a quien me lo prestó", se la da a usted por pensar, ya rozando la desesperación. Usted no tiene madera de friqui. Tal vez algunas astillas, pero nada más.

Hace falta mucho coraje para salir a la calle con un paraguas un día de sol y la necesidad del mismo (coraje, no paraguas) se incrementa notablemente en lugares donde la población ha desarrollado durante siglos una especial inclinación por meterse en la vida de los demás. No se trata de mirar a nadie (más bien, lo contrario, se trata de no mirar a nadie). Esto se consigue, por masificación, en las grandes urbes. Y resulta especialmente difícil cuanto más reducido es el hábitat. Y aquí vamos a dejar estas reflexiones porque hemos entrado en el terreno de las perogrulladas. Tengan buen día.

Comentarios