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La puntica no má

Basta que me digan que tengo que escribir sobre alguien de Pontevedra para que se me dé por hacer todo lo contrario, pues esta vez les voy a hablar de una recién adoptada barranquillera.

Y es que una es bruta, como dicen por aquí. Así que me dispongo a que me sigan con este cuento del Carnaval de Barranquilla convencida de que les va a enamorar, como mínimo. Y como una se quiere y más en estas fiestas de desinhibición y derroche, permítanme que me atreva a relatarles lo que uno puede sentir durante los tres días que dura esta fiesta caribeña llena de color, comparsas, bullicio y alegría.

Volamos desde Bogotá el jueves rumbo al caribe colombiano y al bajar del avión pude sentir el suave aroma del carnaval caribeño y esa brisa que te acaricia de forma lenta, cálida y que te arropa y desviste a la vez. Al igual que el olor de la vida, dulce y amargo, este carnaval colombiano está lleno de contrastes.

Todo estaba gestándose y yo no era consciente. Y esa bendita inconsciencia de lo que va a pasar, de lo que a uno le va a deparar el destino, sin saberlo, es la que mueve mi mundo.

La preparación se inicia con lecturas y conversaciones obligadas, y encontré una referencia de un escritor caribeño, Weildler Guerra, trayendo a colación a otro escritor francés, Candelier, quien en una obra de 1893 sostenía que "desde el mes de enero los jóvenes al anochecer se disfrazan e intrigan en las casas de sus amigos, pero los tres días de carne se festejan con una animación extraordinaria". Y como predijo en aquellos remotos tiempos, éste es un festejo pagano, sin límites y en donde la permisividad como licencia permite que se desborde el alma.

Y de nuevo, todos aquí pudimos gozar de esos tres días de carne. "Quien vive el Carnaval de Barranquilla, es quien lo goza", afirman. Y esa carne, sea en vivo o la del sancocho (la sopa típica colombiana) le templa el karma a uno.

Declarado por la Unesco "Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad" en 2003, se cumplen 20 años de esta excepcional fiesta. Y qué maravilla que el goce de la carne sea aquí Patrimonio de la Humanidad.

Todos estaban pendientes de ultimar los detalles de sus disfraces, de las boletas (entradas), de las manillas (pulseras) y de la organización de las comparsas. Aunque, una vez entrado en faena, no hay detalle que valga, ni disfraz que desluzca, ni modo de no poder disfrutar de esta grandiosidad de desfile. Tampoco el sofocante calor marca caribe que nos acompañó durante toda la jornada nos detuvo. Y nuestro baile fue uno: el de todo el pueblo, sin clases; el de los barranquilleros y el de los extranjeros (yo ya no lo era), pues ya lo decía la gran Chavela Vargas "los barranquilleros nacemos donde nos dá la gana". Y qué gran verdad.

Me cuenta mi amigo Ensuncho de la Bárcena, escritor nacido en San Marcos del Caribe, poeta, próximo premio Nobel de Literatura y abanderado de la comparsa en la que participé "La Puntica No Má", que este Carnaval de Barranquilla del 2023 fue para él una experiencia mística, universal, sagrada e intensa. Ahora apodado "El Poeta de La Puntica" Ensuncho vive esta fiesta con la delicadeza con la que uno vive la poesía, esto es, con una desgarradora pasión. Y es que uno nunca deja de compartir vida y de gozar experiencias.

El Carnaval es color, es vida, es unión y alegría. Es olvidarse de lo que uno es para ser quien se ofrezca, quien se antoje o ilusione. Es un Carnaval con mayúsculas, como todo lo importante y es transformación, regocijo y bullicio. La unión entre el bien y el mal. Es calor y es fuerza, ya que uno tiene que estar preparado para rumbear durante media vida, que es lo que parece que dura este desfile de "La batalla de Flores".

Vinciane y yo nos intercambiamos el calzado, extenuadas por tantas horas de desfile y por tanto baile y tanta rumba. Y ambas volvimos a renacer, porque aquellas botas bailaban solas, higuepucha.

Mientras, Raoule, desfilaba confiada con su bello disfraz de payasa perdiendo su virginidad, al igual que yo, por ser nuestro primer desfile. Algunos me preguntaban "¿Eres virgen?" Y les aseguro que entre tanto alborozo pensaba que la pregunta iba por otros derroteros. ¡Qué agradables todos! pensaba yo. Pero sí, también fui virgen durante ese inimaginable paseo.

"Hay que guapa guapa! Hay que guepajé!" Cantaba un man de potente voz mientras todo el palco tarareaba al unísono. Otros entonaban las canciones de la barranquillera más universal, Shakira.

Desfilamos durante horas mostrando al pueblo de Barranquilla que en el "Jardín de las malicias", el lema de este año de La Puntica, uno cumple con su misión de honrar este Patrimonio de la Unesco. Un bello jardín lleno de animales, especies marinas, vegetales, insectos y flores repleto de color, alegría, música y baile, y en el que la madre de todos los ritmos era la cumbia.

Junto a mi lindo Pacho y su adorada familia, ahora también mía, gozamos cada segundo de aquel desfile de vida. Y juntos también conseguimos ser abanderados del carnaval, pues nos hicimos con la sagrada bandera de Ensuncho.

La amalgama de tonalidades, purpurina y brillantina se fundió con la magia del aguajé. Y sentimos la mayor de las fortunas.

Ya en la casa, Coco nos saluda en el desayuno mientras tomamos una arepa de huevo. "Me alegra que la hayas gozado, María", me dice. Y claro que lo hice.

Para recuperarnos del guayabo (resaca) nos vamos a Santa Verónica invitados por Margui y Miro, otro barranquillero de corazón y espíritu pontevedrés, para disfrutar de una tarde en familia y un sancocho de guandule. El guandul, me explican, es la comida típica del carnaval y sólo se prepara durante estas fechas. Es para coger fuerzas para poder aguantar la comparsa o para el guayabo, como es el caso. Son unos garbanzos con verduras y carne que levanta a los muertos.

Les envío a mis hijos las fotos en el chat familiar de mi desfile en la comparsa de "La Puntica No Más" y el mayor, Tito, sentencia "Mamá, eran 10€ un completo?" "Bruto!!", le contesto... No cobro tanto". Intentando una reconciliación con ellos pues me he escapado literalmente de mis quehaceres maternales por más de quince días les pregunto "¿Cómo estáis?", sin mayor ceremonia. "Peor que tú" contestan también sin ceremonias.

Envío esta crónica desde el despacho de mi amigo Lucho, enamorado de Pontevedra desde que la visitó con su hijo Pipe, comprobando que los amigos, los de verdad, consiguen que la vida sea un eterno carnaval, lleno de música y color, cuando están cerca.

Y es que, que la vida es un carnaval lo tenemos claro, pero marica ¡qué belleza el de Barranquilla!

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