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'Marta la de La Gramola' y la maldita sed

Marta González. DAVID FREIRE (ADP)
photo_camera Marta González. DAVID FREIRE (ADP)

SU TRAYECTORIA no ha sido nada fácil. Madre soltera desde muy joven durante una época que recuerda muy dura, compaginó hasta tres trabajos para poder sacar adelante a su hija Jara.

Se crio en la zona vieja de Pontevedra y siempre se ha tenido que buscar la vida. Fue dependienta en una tienda, trabajó de celadora en un hospital, limpiando una discoteca por las noches, poniendo copas en un bar... Vamos, una madre coraje como pocas.

A Marta González casi todos en Pontevedra la conocemos como Marta la de La Gramola, aunque para Álvaro Ibaibarriaga, su inseparable pareja, es Martiña. Ambos comparten un deseo, dejar huella en la hostelería de la ciudad. Y sin duda lo están consiguiendo. Entre los dos dirigen La Gramola, el Carallo29 y el Pintxo Viño, situados en la plaza de Méndez Núñez y en la rúa Sarmiento.

Se conocieron en el año 2014, pero Álvaro llevaba rondándole varios meses antes. Se acercaba al Universo nada más cerrar el Pintxo Viño para tomar "la última", y un daikiri de fresa terminó por enamorar a este vasco de corazón tan grande como su cuerpo. Y digo yo, que ya tiene mérito que un vasco se tome un daikiri.

Marta trabajó durante siete años en el Universo de camarera hasta que su dueño, Rafa Trigo, tuvo un accidente que le hizo tener que traspasar el negocio.

Decidida, acudió a su banco para pedir un préstamo, ya que deseaba quedarse con el local, esta vez como encargada. Se presentó allí con una mano delante y la otra detrás, pues me asegura que no tenía nada; ni nómina, ni un aval, ni tenía a nadie que se lo pudiese dar.

Pero la honradez y el esfuerzo de Marta hicieron que uno de los trabajadores del propio banco, un cliente del Universo, se ofreciese para avalarla. La otra parte del préstamo la firmó su tío.

Marta, agradecida, afirma que gracias a estas dos personas ella es quien es a día de hoy. Y así nació La Gramola.

'Marta la de La Gramola'. DP
'Marta la de La Gramola'. DP

Su idea era mantener la esencia del Universo pero intentando renovar el ambiente, ya que quería unir a las tres generaciones de pontevedreses. Logró hacerlo, pues a día de hoy allí nos encontramos tres mundos (padres, hijos y nietos) gracias a los tardeos de Marta, a sus conciertos y a sus acogedoras terrazas.

Renovó el concepto de la hostelería de una manera muy sutil, pero sabiendo que su apuesta por el cliente era la base de su negocio. Estufas en las terrazas, generosos pinchos, gominolas, mantas para contrarrestar el frío, camareros incansables y atentos que siempre te hacen sentir como en casa. Y esta es su aspiración y obsesión, que nos sintamos así, como en casa. Y menos mal que no se le ha ocurrido poner edredones, porque entonces no nos sacan de allí ni a pucherazos.

De hecho, ha conseguido que estos momentos compartidos con los amigos e hijos sean agradables y seguros, ya que también le gusta involucrarse en la seguridad y limpieza de la zona. No permite que haya ningún altercado en sus locales, o por lo menos siempre intenta evitarlos, estando pendiente de todo. Si ve algún cliente perjudicado por la bebida o por su carácter, se para a hablar con él e intenta resolver cualquier problema.

Por eso tiene claro que debe trabajar aún más que su equipo. Para dar ejemplo, pues sabe que es la única manera de que ellos trabajen también así. Y esta absoluta dedicación con su negocio, en épocas de mucho trabajo, le permitía apenas dormir dos horas al día.

Su equipo es su apuesta ganadora. Están todos plenamente involucrados con Marta y se nota que son una gran familia. Se cuidan y se respetan entre ellos mientras nos cuidan y nos respetan a los clientes, muchos ahora, amigos.

Virginia, Nuria, Rut, Loli, Sergio, Luis, Aarón, Martín, Borja e Igor y la incansable Chus (la jefa de cocina), entre otros, conforman esta gran familia.

Marta constantemente piensa en los demás y en cómo hacer que nos sintamos mejor. Y eso es un problema, ya que se nos agotan las excusas a muchos para justificar tanto aperitivo, tanto vermut o tanta reunión de tarde, que en demasiadas ocasiones se alargan hasta muy entrada la madrugada.

En los conciertos de La Gramola nunca cabe un alfiler. Y lo de que haya conseguido que el ayuntamiento se comprometa para que los fines de semana luzca el sol, es todo un detalle y muestra, de nuevo, sus ganas de complacernos.

Gracias al programa Cabos soltos y a los conciertos del Troula Marta consiguió dar protagonismo a los músicos locales. Con la ayuda del guitarrista pontevedrés Raúl y una abogada consiguieron que el ayuntamiento, de nuevo involucrado en acercar la cultura a las calles de la ciudad, les diese el permiso para poder realizar los conciertos en las plazas emblemáticas de la ciudad. Y de nuevo, Méndez Núñez brilló entre la gente y la música.

Sólo le pido un favor a Marta, y es que no deje nunca de hacer esa labor social que es la de dar de beber a quien pasa...

¡Maldita sed!

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