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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Desmemoriada

Acumulo agendas y libretas, un amplio surtido papelero en el que nunca apunto nada

YO NO SÉ QUÉ me creo, de verdad. Esto es algo que me digo a menudo con una falsa benevolencia, como si me perdonase ser un desastre. Entonces me hablo con ese tono con el que describen algunos una excentricidad de sus parejas que no es tal, un comportamiento normal o hasta equivocado que se disfraza en la narración de burbujeante peculiaridad, que sirve para destacar lo especial que es, lo distinto que es y que, siento ser agorera, será quizás lo que les saque de sus casillas en unos meses. Todos hemos estado un poquito, o un muchito, ahí.

Yo me digo que soy un desastre y utilizo ese tono en mi cabeza, pero no me lo perdono, ni me río la gracia, ni me tengo piedad de ninguna clase. Me la tuve, pero ya no, que ya son muchas veces, mucho desperdicio y mucha vaguería. Hablo aquí de las libretas y agendas.

Aquejada como estoy de esa enfermedad tan prevalente que es la devoción papelera acumulo cuadernos, libretillas, agendas de mil formatos y tamaños, tacos de notas y bolis y lápices en ingentes cantidades. La combinación de estos elementos producen un lugar seguro donde dejar reflexiones, recordatorios e ideas, apuntes urgentes y necesarios, otros completamente inservibles, conclusiones que se rumian toda la vida y otras que se tienen una sola vez en medio segundo y ya no hay que volver sobre ellas porque, increíblemente, permanecen.

Maruxa

Sin embargo, yo no apunto nada. Sistemáticamente me imagino haciéndolo, me veo llenando esas libretas de ideas, veo las anotaciones que guardarán para siempre ese río crecidísimo que llevo en la cabeza. Ese símil no significa nada bueno, sino que quiere decir que va tan lleno que puede ir a cualquier sitio, abrirse camino por praderas y carreteras, anegar campos y entonces el agua no llega a su destino. No lo manejo. Los ríos van a dar al mar pero el torrente alocado de mi pensamiento no va a dar al cuaderno porque no sé qué me creo. O sí: lo que creo es que tengo memoria.

Escribir es muy frustrante porque nunca recoge el pensamiento tal y como se experimenta, atrapa otra cosa, sorpresa. O sí lo atrapa pero le crecen luego ramas que lo desfiguran, nunca es lo era. Por eso, porque soy perezosísima y porque confío en recordarlo no apunto. Lo que hago es pensar algo y pararme un momento para intentar tomar plena consciencia de lo que estoy pensando. Me hablo y me digo: estás pensando esto. Después cojo ese pensamiento y lo guardo en un armarito de la cabeza y casi me veo haciéndolo y me relamo imaginando cuando tenga tiempo y lo vuelva a sacar para ampliarlo, para desarrollarlo, para pensarlo bien, pensarlo a lo grande. Pero lo que pasa es que cuando voy a buscarlo ya no lo encuentro, bluf, se ha evaporado y no recuerdo ni a qué se refería. A veces desando el camino y llego a él, recuerdo dónde estaba, qué vi o escuché, quién dijo qué y a dónde me llevó tal cosa y reaparece. La mayor parte de las veces se va como si nada, como se va la página del libro en la que estoy si no pongo el punto de lectura, como se va el nombre de la persona a la que me acaban de presentar, como se va el de aquel actor que me gusta de toda la vida, del que he visto una docena de películas y del que cito diálogos, que me obliga a pararlo todo y buscarlo en internet donde sea, cocinando, cruzando un semáforo, en mitad de una conversación. La vida se para hasta que le doy a mi memoria un pedacito (solo uno) que le faltaba.

A mi propósito para 2020 llego tardísimo. Tantas reflexiones he perdido por el camino, quién sabe si entre toda la morralla había alguna joya. Quiero apuntar las cosas y darles al fin uso a las puñeteras libretitas. Es decir, quiero asumir de una vez mi fallida memoria.

Desmemoriada