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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un día en tres cafés

No cabe duda de que el café es una droga y adictos somos muchos

Silba la cafetera y te despiertas. No sabes muy bien cómo has llegado hasta ahí, hasta ese metro cuadrado de tu cocina. Cómo has desenroscado la cafetera, abierto el grifo, llenado de agua, molido el café, cargado el depósito, encendido el fuego y colocado las dos manos sobre la encimera, con toda la disposición corporal de estar retándolo a salir pero con cero intención porque tu cuerpo se ha despertado pero tu voluntad aún no. La carne es más rápida y tiene los pasos requeteaprendidos. Todos los días, pero todos, te sorprende haber hecho eso sin percatarte. Y te alegra. Para cuando te llega la consciencia el café ya sale a borbotones, qué buena noticia.

Con el primer sorbo; bueno, no, con el segundo, se te resetea el sentido de la vista. No es que antes no lo tuvieras exactamente, pero no funcionaba como debe hacerlo. Digamos que durante todo el camino, la habitación en penumbra, el pasillo frío, el acceso a la cocina, cruzaste una niebla. Ahora se levanta y, al fin, enfocas. No tienes ninguna duda de que el café es una droga. Miras por la ventana. Fuera aparece el desolador paisaje de invierno. Te asomas esperando otra cosa y te molesta lo que ves. Parece mentira que esos árboles hayan tenido hojas alguna vez y, la verdad, parece mentira que las vayan a volver a tener.

MXEs media mañana, hora punta. Llegas a la cafetería del parque y hay cola. La camarera ya ha hecho esto antes pero parece que le sorprendiera cada vez. Coloca todas las cosas, los sobrecitos de azúcar, los palitos mezcladores, lejos de la puerta y se lamente por tener que ir y venir doscientas veces para un solo pedido. No deja entrar a nadie y reclama que se le grite desde el marco, proyectando aerosoles hacia el interior. Una mujer quiere pedir, pero no quiere meter la cabeza por ese hueco de la puerta, respirar ese aire. Está apurada y desnortada, cómo hacer. Gira la cabeza de un lado al otro, pidiendo ideas al vacío y, finalmente, se coloca de perfil y, como el grabado de una moneda, grita: "¡Un cortado! ¡Quiero un cortado!" Un cortado, dice mirando a los árboles, a esas ramas vacías que dejan pasar la luz, a la nada. Un cortado, anuncia, de lado. La camarera que cómo dice. Que un cortado, un cortado, reclama a todo pulmón , arrojando la petición a los inocentes árboles. Ellos qué saben. En la cola todos nos reímos por debajo de la mascarilla. La camarera le pide que se asome. Ella venga a declamar al aire que un cortado, por Dios. Te unes al coro para ayudar a reforzar el mensaje. "¡Un cortado!", todos juntos. Aquello parece Shakespeare en el parque.

Después de comer algo pasa. La cafetera silba pero solo sale un poso de café reconcentrado, no sube, no hay borbotones. Sientes una decepción abrumadora, exageradísima. Cómo te puede dejar tirada de esta manera, así, en este momento de restricciones y cierre de bares, después de tanto tiempo. Refunfuñando contra un objeto te vas a comprar un café para llevar y te sientas en un banco húmedo. Desperdigados, hay otros adictos como tú, igualmente mirando al vacío o hablándose a gritos entre sí. Piensas que quizás en esta ola ya quede claro cuántos son dos metros. La disposición del elemento humano en la plaza te parece extrañísima, es como si los hubieran salpicado, no hay orden. Todo tiene un aire sospechoso, como de planear un atraco o de darse órdenes de espionaje, como si se hubiera querido discreción y se acabara quedando en el sitio más concurrido.

Sacas de la bolsa una galleta que te han regalado con el café y la hundes en líquido. Un niño que pasa de la mano de su padre la señala y dice que también quiere. Hay más galletas en otros bancos, en otras manos y en otras inmersiones y no le pasa desapercibido. Grita "galleta, galleta" como si le fuera la vida en ello. El padre razona con ese discurso inútil que promete cosas para la merienda. Tiene el mismo efecto que el compromiso del Ave para 2030. Le dice entonces que las galletas son de la gente que "toma café". El niño, ya parado y rojo de llorar sin lágrimas, cambia de estrategia. Aprieta los puñitos y berrea: "¡Café, café, café!". 

Un día en tres cafés
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