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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Dos milagros

Hay días así, con el viento a favor ya de buena mañana

Empecé de pequeña y llego a esta edad en la que ya me ronda la vacuna con la misma aspiración absurda: cerrar el libro por la noche, repetirme cinco o seis veces el número de la página en la que me quedo y abrirlo por la mañana sin vacilar. Es un empeño recurrente, pero algo pasa en el sueño —extraño estado de cancelación en el que estás y no estás, en el que inmóvil te pasan tantas cosas— que se me evapora. Todo ese ordenar cabecil que se hace inconsciente me lo traspapela. Yo jamás he sabido qué pienso de noche, tengo que esperar a la mañana. Nunca he tenido claro qué había aprendido, qué cosas iba a recordar, qué perspectiva tomaría. Amanecer es una sorpresa.

En el sueño pongo yo muchas esperanzas pero no tantas como Ana, mi primera compañera de habitación en China, a la que algunos de mis amigos llamaban La Platillo por su comportamiento a menudo extraterrestre. Ana creía en el estudio inconsciente. Estaba segura de que si dormía, si dormía profundamente, escuchando hablar en chino equivalía a haberlo estudiado. Decía que había aprendido así alemán en Montevideo, pero los tres o cuatro alemanes con los que la vi chapurrear le respondían con esa risa nerviosa que pone la gente cuando se supone que debe entenderte pero dudan de si realmente estás usando su idioma. Ella creía que hablaba alemán, los alemanes discrepaban.

Todas las tardes de un septiembre sofocante Ana se echaba dos horas de siesta con la telenovela a todo meter. Creía que el error de muchos aficionados a ese método de estudio era no atreverse con el volumen y por eso fracasaban. El panorama era insoportable: la televisión emitiendo diálogos muy sentidos, pausas muy dramáticas y música muy efectista y una uruguaya espatarrada venga a aprender sin parar.

Con el tiempo comprobé que a los chinos les pasaba con Ana como a los alemanes pese a lo cual no he parado de decirme a mí misma noche tras noche: 37, 37, 37. O 128, 128, 128. O como me ocurrió esta semana: 64, 64, 64, 64, 64. Y, milagro, por primera vez, me levanté pensando: 64, página 64. La noche fue un parpadeo, en un momento la cabeza bajaba hacia la almohada con un 64 y al siguiente, ascendía desde ella con el mismo 64.

Cada mañana me acerco a la ventana y veo el bar de enfrente cerrado, la bolsa del pan atada a la puerta y al Hombre con Gorra Azul esperando que abra. Me imagino que es un adicto al café sin cafetera. Hay muchos así, masoquistas. Hace meses esperaba en la acera de enfrente, regordete, las manos en los bolsillos, la mirada orientada hacia otro punto. Pero ha ido acercándose y acercándose y lo de ahora es casi acoso cafetero. La posición actual es de cara a la puerta, bien centrado en el marco, brazos en jarras, actitud desafiante. Como si creyera que la intensidad de su deseo destruirá la verja, encenderá las luces y echará la cafetera a andar. Siempre lo veo esperando y, algún día que remoloneo y me lo pierdo, lo imagino en el interior. Ese es uno de esos bares que nunca abre a la misma hora así que jamás he podido verlo en el momento exacto de cruzar la puerta, con el temblor de la adicción que se va a ver satisfecha. Pero, como hay días así, con el viento a favor, este del que hablo me desperté recordando el 64 y ya me levanté con otro espíritu, levanté la persiana diferente y abrí la ventana de otra manera. Ahí estaba Hombre con Gorra Azul esperando mientras la camarera levantaba la verja y mirando a su alrededor; o sea, a la nada, a las calles vacías, a la niebla, con una sonrisa extrema, las comisuras muy tensionadas, la felicidad a borbotones, un alivio purísimo. Cruzó la puerta dando una palmada en el hombro a la mujer, como diciendo "por fin" y yo pensé que dos milagros de buena mañana ya eran muchos y aquel día solo podía ir a peor. 

Dos milagros
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