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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El chorro

El ángel de la guarda te acompaña al baño armado con arco y linterna

SI JUNTARA todo el tiempo que paso sintiendo ganas de hacer pis y permaneciendo en absoluta quietud a ver si mágicamente se me pasan podría estudiar otra carrera. Quizás no Medicina, pero sí, yo qué sé, Filosofía. Prueba de mi vagancia es la certeza de que sucumbiré, me levantaré e iré al baño, pero será mucho más tarde, así que, con la insistencia más ridícula, sigo tomándome ese tiempo, robándoselo al sueño. O a la Filosofía.

Este verano me quedé estática, embutida en un saco para temperaturas de entre cero y cinco grados y, a intervalos de medio minuto, presioné con el índice el botón del frontal. Como un gussyluz frenético, ahora veía el tejadillo triangular de la tienda de campaña, ahora la oscuridad, ahora el tejadillo, ahora la oscuridad, tejadillo, oscuridad. Voy a salir, me decía mi cabeza. Me carcajeo, me respondía mi cabeza, qué cosas tienes. Bien sabía que a mi cuerpo aún le quedaban sus buenos diez minutos de seguir inerte. Por supuesto, se los di.

Empezó después ese baile terrible que es deshacer el rollito de primavera que te has hecho a ti misma, vestirte, calzarte y bajar sucesivas cremalleras ruidosas para salir a la noche fresca, a la noche africana, la noche más hermosa que hay. Una luz de detención (como si me hubieran detenido alguna vez, muchas películas he visto) me empequeñeció las pupilas y pensé que quién me mandaba a mí, con lo bien que estaba conteniéndome en horizontal. Detrás de la linterna cegadora estaba un señor masái altísimo, con un plumas encima de ese amasijo de mantas que llevan encima y con las que se hacen unos envolvimientos estratégicos. La vestimenta masái es como si un griego —de la Grecia clásica, no Varoufakis— se echase encima doscientas faldas escocesas. Pero bien, no como esta descripción. Cruzada sobre el pecho se veía la cinta que le sujetaba a la espalda el arco y el cestillo de las flechas. Del cinturón, colgaba un machete largo hasta la rodilla. Quizás sí era una luz de detención.

Recuperada la pupila del fogonazo vi al fondo un fuego vivo con silla al lado, su puesto de vigilancia. Dirigió enseguida la linterna al suelo, a esa tierra entre gris y naranja que parece cerámica pulverizada, y se echó a andar con paso de acomodador de cine, suficientemente rápido como para que no te pierdas nada, suficientemente despacio como para que no te pierdas tú. Pasados unos metros se detuvo y movió la linterna haciendo un barrido, como si en vez de acompañarme al baño fuera a aparcar un avión.

Me puse a hacer pis en esa noche cerrada y me pareció la cosa más ruidosa del mundo. Yo, dentro, vestida de Dora Exploradora, en ese baño modestísimo que supone un lujo extremo. Él fuera, amantado y armado, velando por mí. Entre los dos, propagándose el sonido de un chorro, que reverbera como nunca en un lugar tan abierto, un sitio que es todo cielo.

Cada oración aprendida en la infancia tenía una parte que me daba grima o miedo. Quiero decir que repetí mil veces deseos que me horrorizarían de materializarse o expresiones que preferiría formular de otra forma. De cualquier otra forma. Me espantaba hablar del "fruto de tu vientre" o pedir que nos dieran el "pan nuestro de cada día", pero lo peor de todo eran las esquinitas de la cama y los cuatro angelitos guardándola. No me dormía tranquila por la protección, me dormía para no tener que ver nunca los cuatro querubines rodeándome, para evitar infartar.

Sin embargo, allí, mientras sonaba ese chorro eterno, sentí un profundo agradecimiento por el velar de ese hombre enjuto que, al otro lado de la puerta, me escuchaba mientras proyectaba la luz hacia el suelo. Un poco de vergüenza también. Por el ruido, por su noche junto al fuego, por mi privilegio.

Murmuré gracias antes de emprender la vuelta. Asintió y volvió al movimiento de barrido. Echamos a andar acompasados. Metros después escuchamos, perfectamente amplificado, un rugido lejano. Yo, que no distingo nada salvo los ronquidos humanos, di un respinguito. El hombre hizo entonces un gesto como de saludo con la mano baja, desechándolo por irrelevante e iluminó con su linterna la boca de mi tienda. Se quedó esperando, paciente, a que me envasara al vacío. Lo sé porque la luz cruzó primero la mosquitera y después las juntas de la cremallera. Solo se alejó cuando dejé de hacer ruido.

Amortajada de nuevo en el saco pensé en qué reconfortante era saberle allí fuera, en su guardia nocturna, con su oído entrenado; pensé en que para mí el del chorro había sido un momento de extraña intimidad pero que él habría acompañado a más gente al baño que una maestra de infantil y, sobre todo, pensé que ni loca, pero ni loca, volvía a salir a hacer pis otra vez.

El chorro