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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El menú que toca

Hay veranos que se pasan comiendo y pensando en comida

LA ALARMA del despertador, la ducha, el solazo entrando por la ventana, un calor que no hay ganas de nada, el whatsapp del imbécil de Pepe mandando fotos de sus pies en la arena con el lema "Aquí...sufriendo" y tú a trabajar. Antes a desayunar, que es la comida más importante del día, lo dicen todos los expertos. Los expertos, qué tíos. 

Una cosa sana, que hay que cuidarse. Que Pepe manda fotos de los pies para no enseñar las lorzas... di tú que qué suerte poder tener las lorzas a aire, y con la brisa marina. Y con las paellas y los camarones. Y las cervezas. 

En fin, yogur de soja. Sabe como a plantas, lo cual tiene todo el sentido. Y un té verde, que lo mismo. En la calle hace un calor que no se aguanta. Será mejor parar en este bar, que parece tiene aire acondicionado. Vaya si lo tiene. Nada más cruzar la puerta te corta en seco la transpiración, que se te hace escarcha sobre la piel, como si fueras la fruta del Roscón. El Roscón, qué maravilla. Quién te diera un trocito con el café que te pides y que ya te apetece, para entrar en calor. Te ponen un churro, bienvenido sea. Te pides otro porque el café era tamaño desayuno y uno como que no llega. Qué lejos queda ya la soja. 

Por la calle revives el día por segunda vez, te descongelas y te vuelves a escarchar al llegar a la oficina. Mientras el ordenador se inicia, esa eternidad, te llega otro Whatsapp de Pepe con la paella de ayer y los gintonics. Luego te pregunta que si ya reservaste lo del arroz caldoso. "Que sí, qué pesado eres", le contestas. "El año pasado lo reservé ya, de año a año se hace", le dices. "Y para ya, que algunos trabajamos", zanjas. 

Ni te acuerdas de los años que lleváis ya con lo del arroz caldoso. Casi tantos como los de la mariscada con los otros. De eso se encarga Luis, será mejor que le preguntes si todo listo. "Que sí, qué pesado", te contesta. Cómo se pone, solo querías asegurarte. Trabajas un poco, mientras mantienes abiertas dos ventanas de Internet para buscar el sitio aquel con el que fuiste con tus cuñados y todos los niños. Te acuerdas del pueblo pero no del nombre del restaurante. Y hay que repetir que os había gustado a todos. En la otra, te conectas al Facebook para ver las fotos de lo del sábado. Qué cenola, madre. Ahí salís todos: Juan, Pepe, Pedro... A Pedro lo conoces desde el instituto y hasta hace bien poco mantuvo ese tipín de músico bala perdida, tan flaco, tan lleno de ángulos picudos...Es verdad que se pasaba los veranos rulando de aquí para allá, que si festival, que si otro festival, que si la mochila, que si media Europa...Ahora os veis mucho más, vino a lo del sábado y también estará en lo del día 15. Es otro. El mismo pero como si lo hubieran acolchado con un relleno protector. 

La hora del café. No vais al bar escarchante porque queda un poco lejos. Una de las grandezas de este país es poder comer un pincho del tortila con el café. Después de este pensamiento, te comes dos, por celebrar. Toda la media hora se os va discutiendo dónde hacer la cena de antes de vacaciones, el menú y, lo que es peor, la hora. Te coincide con los vinos del gimnasio, pero da un poco igual. Si al final la ponen a la hora de las gallinas, llegas tarde y punto. Para el segundo plato. 

Acabas dos cosas del trabajo y localizas el sitio al que fuiste con tus cuñados. Reservas antes de que se te olvide y sales a comer. Más discusiones sobre la cena. Ni que fuera para tanto. Hay dos que quieren que el menú incluya ensaladas. Cuando se levantan para ir al baño, Manolo dice bajito "sosas". No dices nada, pero intuyes que lo de las ensaladas no va a triunfar. 

La tarde se te hace larga cuando haces números pero se apresura cuando repasas las fotos del hotel que reservaste para agosto. Qué bufet. Claro que en esas fotos ponen siempre esas manzanas pulidas con cera y gambas tan rosas que parecen fluorescente, pero va a ser impresionante. Fijo. 

Sales pronto para tomar un par de vinos antes de la cena con los del cursillo de contabilidad. Hay churrasco. Recuerdas que hace nada cenaste churrasco y luego caes que en realidad fue en el Arde Lucus. Cómo pasa el tiempo. Cuando vuelves la mirada al plato, es de madera y está encharcado en aceite y restos del pimentón del pulpo. Levantas la vista y estás en las casetas. Pero, ¿qué ha pasado con el verano? ¿qué has hecho todo este tiempo? Recuerdas qué. Comer. Y pensar en comida. Eso has hecho.

El menú que toca
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