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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Epifanía sobrevenida

A RAJOY le parece que, si se preguntara a los españoles, estos pedirían a los políticos que se centraran en solucionar el problema del paro. Así lo ha dicho. Me refiero a que lo acaba de decir, como si fuera un descubrimiento inesperado que la vida, como un cartero desalmado, le hubiera entregado tarde.

De las cosas que me dejan más estupefacta de los políticos, y mira que la lista es interminable, esas revelaciones de última hora son quizás las que más. Cómo hay que ser para pronunciar esa frase en serio, con ese tono de epifanía sobrevenida, como si la realidad se te hubiera encarnado y te hubiera dado una colleja de las que quizás muevan conciencias, puede ser, pero lo que seguro que mueven es tu cuerpo de arriba a abajo y te dejan temblando cual hojilla. Hay que tener, en fin, unas santísimas narices.

En realidad, el trabajo de político es el que es y es siempre así. Como todo, como las estaciones, como los amores, como el interés por las películas de mafiosos, es cíclico. Básicamente tiene dos movimientos: el centrífugo, en el que han de esforzarse sobremanera en atribuir cualquier error a los demás, lejos de sus límites y a poder ser de los de sus partidos, y el centrípeto, que coincide con la campaña electoral y en el de lo que se trata es de atraer intereses y dedicaciones, mostrar que sus preocupaciones y las nuestras coinciden muchísimo, en todo. En la primera fase, los ciudadanos nunca nos estamos fijando en lo que deberíamos, siempre vamos a la anécdota y a la tontería. Los políticos venga a reposicionarnos la mirada, a señalarnos lo interesante y nosotros al detalle. Estamos a criticar por criticar, dicen.

Sube la tasa de empleo y nosotros, por ejemplo, nos percatamos de que, en realidad, se han hecho más contratos pero de menos duración. Trabajo precario, decimos nosotros; quejicosos, dicen ellos. Se vacía poco a poco la caja de las pensiones y nosotros nos angustiamos, en vez de fijarnos que en Europa nos hacen la ola por no pedir un rescate. Futuro descorazonador y garganta apretada por el miedo, decimos nosotros; agoreros y amargados, dicen ellos.

Rajoy, que se enfrenta a esta campaña muy cansado, acaba de enterarse de una última hora: a los españoles les preocupa el paro

Básicamente nos pasamos la vida funcionando en distinta frecuencia. Nosotros emitimos en Radio 5, todo noticias y ellos, en Cadena Dial, baladas y pop latino. Diría que en la cola del paro —y sobre todo en ese paro que no tiene ni cola que lo represente salvo quizás la del Banco de Alimentos—, la frecuencia es bastante Radio María. La desolación es tal que parece que solo quedara rezar.

Sin embargo, en campaña se produce una suerte de resintonización y, oye, es como si significara algo. Ese es el momento en el que Rajoy, presidente del Gobierno, se entera de que a los españoles les preocupa el paro y que quieren que se arregle. Lo dice seguro, como el que oye algo alto y claro, lo cual no deja de ser llamativo si se tiene en cuenta que, a estas alturas, el hundimiento de muchos es tal que no les dan los pulmones para gritar. Si acaso, susurran.

De ese prodigio que es empezar a preocuparte por algo que lleva años y años siendo la vida entera para tantos no se libra ningún político. Todos están ahora recibiendo noticias del pasado, leyendo la hemeroteca, en vez del periódico del día, y fingiendo una fibrilación ventricular a cada paso. Pero Rajoy es, sin duda, al que más tardan en repartirle los atrasos. La noticia esa del paro y de las preocupaciones que supone le pilla ya cansado, desganado. Quería elecciones (concretamente, ganarlas) pero no campaña, se le nota. Dice que quién quiere ir a debates, que él no, que nadie se anima a tal cosa.

Fue Assía quien describió a los españoles el prodigioso estado de Churchill a sus 69 años. Contó que se levantaba al amanecer, se daba un baño y volvía a la cama para desayunar carne y café. Después se fumaba un habano y empezaba a dictar dos millones de informes. Eso para empezar la jornada. Explicó también cuál era el secreto de su vitalidad: «Su capacidad para reponerse del cansancio cuando le da la gana», dijo. Churchill podía dormir en cualquier sitio y en cualquier momento del día microsiestas de cinco minutos y volver de ellas convertido en chaval.

Lamentablemente, y aunque ya sabemos lo muchísimo que aprecian los políticos poder copiar a Churchill, no creo que esto nos sirva. Si Rajoy, con su extenuación, se echara una de esas cabezaditas lo mismo se le pasaba la campaña, las elecciones y hasta la legislatura entera. Desde luego, a los debates no llegaba. Y sabe Dios de qué noticias habría que informarle después. Del paro, de la vida entera.

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