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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Extras municipales

Romper una ventana de un balonazo es un suceso de niño antiguo

DÍA DAS LETRAS Galegas, otro festivo más, tarde calurosa. Camino hacia Campo Castillo y él, de doce años, pantalón corto, cruza delante de la figura retaca de Anxel Fole cubriéndose la nariz y la boca con las dos manos, como una tienda de campaña hecha de dedos. Hay que tener mínimas habilidades sociales para entender el gesto. Mínimas, pero algunas. Puede ser síntoma de un terrible olvido, de que algo escandaliza mucho, de ver cómo un suceso no deseado se precipita sin que se pueda evitar y, también, de que se ha cometido un error garrafal.

Hay pistas. Además de las manos, llora. Llora a gritos, como si le saliese la pena toda por los ojos. También tiene expresión de pánico y de una abrumadora culpa y, redondea la escena, un balón que rueda cerca. Despliego mi capacidad deductiva y sé, antes de ver las pruebas, que ha cometido el más clásico de los delitos infantiles: romper un cristal. Lo ha hecho a lo grande, la ventana es del ayuntamiento.

A ver ahora cómo digo esto sin ofender a mis convecinos, contribuyentes todos: me ha gustado mucho esa estampa, estoy por aplaudirle, escribo esto porque es una forma de crear memoria y este recuerdo quiero fosilizarlo.

Pienso y pienso y no encuentro concentrado de verano más puro y nostálgico que este. Romper un cristal con un balón, en pleno día festivo, con decenas de testigos, bajo el sol aún caliente de la última hora de la tarde, es un suceso de niño antiguo, de Zipi y Zape, de problemas olvidados y viejísimos, tanto como el mundo.

Se lo llevaba como si estuviera al caer un bedel con una factura

No es del siglo XXI, de los grupos de padres del Whatsapp, de los youtubers, de las videoconsolas que incorporan los mejores simuladores de vuelo. Es prácticamente una performance turística, de pueblo tranquilo con agostos paralizantes, donde alguien tiene que aportar material para la conversación del vino de la tarde, donde hay que apuntalar el provincianismo con escenas costumbristas bien encantadoras. Si el llanto no fuera tan rotundo, tan auténtico, con sus hipos y respiraciones entrecortadas, sería incluso capaz de pensar que le pagó el Ayuntamiento, igual que lo pensé de un 20% de los parisinos que me encontré la primera vez que visité la ciudad, claramente extras a sueldo. Señoras con boina y gabardina comprando dos melocotones en puestos de la calle antes de subirse a sus bicicletas, chicas de pelo esponjoso con pañuelos al cuello que se quedaban aún flotando un rato cuando ellas ya habían pasado, señores con gafas de concha y jerseys de cuello vuelto ensimismados ante los escaparates de las librerías...no me engañáis. Sé que luego, cuando acabáis la jornada de decorado humano, lleváis chándal, compráis en el súper y leéis el Marca de París. Sé que ni siquiera fumáis, sé que son exigencias del guión. Igualmente os agradezco que salpiquéis la ciudad de vuestra parisina presencia, no me importa que seáis asalariados de la concejalía de turismo, me gustáis igual.

Con el niño goleador no fueron solo las lágrimas vivas, tan reales en su desconsuelo, las que me hicieron sospechar de que, quizás, fuera todo verdad, sin contrato municipal de por medio. Fue más bien su madre.

El chaval, arrepentidísimo y sin dejar de cubrirse nariz y boca, se dirigió sembrando lágrimas y más lágrimas hacia ella. Lloraba tanto que era hasta cómico: en la infancia hay deslices cotidianos que son extremadamente trágicos, esto lo sabe todo todo el mundo. La mujer abrazó al niño y, acto seguido, barrió la plaza con la mirada, fijándose en quién les estaba mirando a su vez. Con ojos de radar miró a la derecha, miró a la izquierda, de nuevo a la derecha y de nuevo a la izquierda. Mientras, le daba palmaditas al chaval y lo guiaba con un mínimo empujoncito pasado Ánxel Fole, el cristal y el drama. Se lo llevaba con cierta prisa, como si estuviera al caer un bedel agitando una factura. Consiguieron salir ilesos del campo de batalla, que se quedó desangelado, con la gente en el proceso de recogerse a casa o de meterse en los bares, que para algunos es lo mismo. El sol empezó a retirarse y el viento a soplar. Y justo en ese momento para mí empezó el verano, uno de los antiguos, de los que ya he vivido antes pero siempre son bienvenidos.

Ahora, si quiere, que empiece a llover.

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