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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Forma y función

Hay tantas aceras para no caminar, árboles para no cobijarse y plazas armadas de fuerza centrífuga

A fuerza de tomar café en la calle empiezo a conocer bien, pero bien, el mobiliario urbano; cómo hay algunos bancos diseñados por las peores personas, absoluta gentuza que juega con tu columna obligándote a adoptar retorcidas posturas. Tengo que cambiar de sofá y para explicar lo que busco estoy por sacar de la manita al de la tienda, sentarlo en uno de esos engendros y lanzarle entonces una mirada significativa, que es mi forma preferida de comunicación. ¿Es necesaria esa tortura urbana? ¿Por qué tenemos como únicas opciones escurrirnos banco abajo hasta torcer la nuca o situar el culo en una única lámina, sin apoyar la espalda, cuando queremos estar mínimamente rectos? Son bancos para no sentarse y aunque hay quien lo intenta la mayoría se rinde pronto a la evidencia. Hay legiones usando el banco como barra para colocar el café mientras lo observan con desaprobación, como si un mueble pudiese adoptar otra forma solo porque le recriminas la actual. Es una revolución silenciosa las de los que estamos cogiendo muchísima manía a esos artefactos del horror, pero un día levantaremos la voz y sacaremos los sofás a la acera, como en las primeras pelis de Spike Lee.

El otro día estaba en uno de ellos una anciana, parecidísima a mi abuela Pilar con sus apenas 45 kilos y manos pergaminosas entrelazadas sobre la falda de lana, que me llamó la atención por su estado grácil, ese aspecto que tiene poca gente en pocos sitios de estar en absoluta paz con el mundo. Cuando la vi de perfil, entendí. No estaba sentada, estaba posada. Era un reposo breve, un mero apoyarse, idéntico al minúsculo descanso de los pájaros antes de emprender el vuelo. El contacto entre el banco y la carne de esa mujer se reducía a la mínima expresión. Al segundo, según lo previsto, se levantó como si la impulsara un resorte. Quién se queda mucho tiempo en semejante lugar.

MxEsa contradicción, la que se da por el alejamiento extremo de forma y función, la encuentro en mil lugares y objetos más. Hay tantas aceras para no caminar, tantos árboles para no cobijarse y sobre todo tantas plazas armadas de una fuerza centrífuga, que no hacen sino alejarte de ellas.

Por ejemplo, yo me juego la vida a diario, en el fragor de la batalla que es cruzar Recatelo para ir al periódico. Mil veces llego anunciando que allí mismo he de morir. O atropellada en cualquier rincón por un patinete. Una de dos. Recatelo es un lugar paradigmático porque se unen dos circunstancias que parecen contradictorias, pero no: no vale para caminar, no vale para ir en coche. Para morir, sí. Para morir vale perfectamente.

Con respecto a los árboles -mi elemento favorito del paisaje, oasis de mis retinas, perfección de lo verde- me pregunto si en Lugo no se podan en exceso. Yo diría que sí, pero nada sé en realidad de botánica, salvo apreciarla. Solo puedo asegurar que, cuando veo a las brigadas en faena y todas esas ramas a sus pies como un amasijo de brazos, me entra una pena honda y muy específica, la misma que ante un terrible corte de pelo. Si me pasa, salgo de la peluquería en un ay y, al llegar a casa, me miro sin parar en todas las superficies reflectantes. El espejo, por supuesto, pero también la campana de la cocina, los marcos metálicos y algunos cuchillos en especial buen estado. Me encuentro con mi imagen y siento toda la lástima de mí misma y, al mismo tiempo, ninguna, porque todo pasa, especialmente los trasquilones. Espero que los árboles sepan lo que les espera a ellos más adelante si hasta yo, con esos pelos podré tener una primavera capilar.

Seguramente las plazas sean lo más inconcebible. Esas explanadas de hormigón sin apenas verde, con cubos o bancos dolorosos, levantadas sobre otras que quizás eran feas pero tenían tierra y tenían hierba. Y arena donde hace décadas te dejaste una rodilla.

Por eso cuando voy al Parque, aún me maravillo. Qué asombroso es que en otro siglo se diseñara esa masa clorofílica, una milhoja arbórea que nos da vida a todos, programada para resultar hermosa en todas las épocas del año mientras se deshace de cada capa camino del invierno. Para que yo lo vea.

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