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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Herramienta para enamorar

Para mostrar que estamos fatal decimos no saber en qué día vivimos

ME LA ENCUENTRO siempre en la misma zona, en un radio mínimo. O tiene un campo de acción muy delimitado o simplemente esta ciudad es muy pequeña. Digo siempre porque van tres veces y yo me precipito siempre a la exageración.

Tendrá unos 80 y pico años. O setenta y muchos. No sé muy bien porque la vejez tiene esa variabilidad, hay gente de la misma edad que parece llevarse lustros. Los de mediana edad estamos incapacitados para adivinar la edad de algunos niños y de la mayoría de viejos, les echamos encima una década de más y nos quedamos tan pichis. Llegaremos nosotros a ese punto y nos hervirá la sangre al recordar nuestra ligereza.

—"¿Me puede decir qué día es hoy?"

 —"¿De la semana?"

 —"Sí, de la semana". Y esta respuesta la dio después de dudar, sin que quedara claro por qué: si es que también le venía bien saber el del mes o si no caía en qué otro día había para preguntar más que el de la semana.

—"Martes".

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAMe lo agradeció muchísimo. Parecía feliz de que fuera martes, se ve que le convenía, así que asintió con apreciación, como se hace cuando te traen el plato que has pedido y confirmas que no has podido hacerlo mejor: de toda la carta, eso era justo lo que te apetecía. De toda la semana, lo que prefería era un martes.

Se esfumó. Tardó en desaparecer un suspiro, o eso me pareció a mí. Quizás fue solo que la preocupación me llegó tarde, pero llegó: sabría esa señora a dónde iba, con su chaqueta de punto demasiado gruesa, agarrándose los ribetes con una mano de papel de biblia y cerrándosela sobre el pecho. El calor jamás llega para los viejos, ningún bochorno es suficiente.

En la siguiente ocasión la vi venir de frente y me pareció que me elegía. Le noté en la mirada lo que parecía una toma de decisión. A veces creo que percibo el momento en el que alguien resuelve algo, soy una ilusa.

—"¿Me podría decir la hora?"

—"Sí, claro".

Me puse a revolver el bolso con el típico movimiento de centrifugado a ver si pescaba el móvil. Qué triste ser de esas personas que miran la hora en el móvil, pero qué real.

—"Es una molestia...".

—"No, no... lo encuentro enseguida... ¡Son las doce y diez!", dije un poco entusiasmada de más por haber encontrado el teléfono de una vez.

—"Entonces aún es temprano", dijo ella genuinamente contenta.

Yo respondí que sí, que claro que lo era, con ganas de agradar.

—"¿Y me podría decir qué día es hoy?"

—"Pues jueves".

—"Ah, jueves". El jueves no le gustó tanto como el martes y como las doce y diez. Las doce y diez quizás era temprano, pero eran de las doce y diez de un jueves, no de un martes. Temprano sí, pero menos.

Me volvió a dar las gracias muchas veces y, aunque esa vez no me despisté y la pude seguir un rato, al doblar la misma esquina que ella había doblado vi que la había vuelto a perder.

Al lunes siguiente, lo mismo. La hora, la pesca del teléfono, el temor a molestar, el aplacamiento de esa duda, la recepción de la hora con alegría, el día de la semana, el asentimiento al conocerlo, las insistentes gracias. Pero en esa ocasión la seguí sin perderla. Me había pasado el fin de semana pensando intermitentemente en la señora y en cómo, para dejar claro que estamos fatal, decimos que no sabemos en qué día vivimos. Me entró una especie de pavor a que la mujer fuera por la calle preguntándoselo a todo el mundo y lo que algo así significaría. Así que fui detrás y la vi encaminarse a paso ligero hacia un portal, llamar al timbre y empujar la puerta con el zumbido de apertura, que alguien provocó sin preguntar nada, como si la esperasen. Eso me tranquilizó un poco.

Ayer, en la lectura fraccionadísima que hago de Una cierta edad, libro que parece ser el único que leo de tanto que lo menciono, Marcos Ordóñez me cuenta un episodio de la residencia en la que vive un familiar. Uno de los residentes está enamorado de una de las trabajadoras. Pregunta a los visitantes qué día es, le dicen que martes y va a junto de su amada. "Sé qué día es hoy, es martes", dice con orgullo. Ella asiente y le sonríe y el escritor dice que al anciano se le ilumina la mirada.

Espero que la señora no se sienta angustiada, ni perdida, ni preocupada por su memoria. Ojalá simplemente salga a la calle a dar un paseíto, confirmar el día y volver enseguida a casa, agarrando los ribetes de la chaqueta, para usar con alguien esa herramienta de enamorar que es saber que hoy es martes.

Herramienta para enamorar
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