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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La mudanza

ME ESTOY mudando, pero muy poco a poco para que la casa vieja no se dé cuenta. A la chita callando ya me he llevado todos los libros. Todos no, he dejado cuatro o cinco para leerme esta temporadita y los he colocado desperdigados por los estantes vacíos para disimular. He movido varios abrigos gruesos y los jerséis de lana más voluminosos, ahuecando el resto, haciendo nuevos montones con las camisetas para eludir la desolación del cajón a medias. Un día me llevo dos tazas; otro, tres cucharas... me racaneo a mí misma el menaje completo en dos escenarios domésticos distintos. No es una mudanza seria.

Es evidente que considero a mi casa tonta perdida, incapaz de entender lo que pasa. Le estoy haciendo una luz de gas como un piano y hace poco produjo un crujido muy raro, con entonación de pregunta, que ignoré selectivamente.

Me levanto y pongo la cafetera como si nIlustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAada, cruzo los brazos y miro por la ventana, los gestos mil veces repetidos suceden ahora en un piso crecientemente vacío, en el que ya siempre falta algo. Pronto me iré y la casa, que es vieja y lenta, se dará cuenta de lo que ha pasado mucho después, por el peso de la evidencia. Esto es un ghosting inmobiliario con todas las letras.

Bajo a la calle, un trozo de acera al que le he sacado muchísimo partido, que he mirado y remirado, a veces con intención y otras, descansando la vista. Lo conozco nevado, encharcado, recalentado al sol en verano, vacío de gente pero con vasos de plástico rodando, en plena resaca del 1 de enero. Lo conozco confinado. Me encuentro con dos personajes de hoy en día, dos jóvenes de edad indeterminada porque hacerse mayor te deja como efecto la absoluta incapacidad de saber si alguien tiene 20 ó 30, quién lo podía predecir.

Caminan muy despacio y para decirse algo que parece definitivo se detienen completamente. Son Respuesta Elusiva y Quiere Saber. Respuesta Elusiva dice que no, que nada, que cosas. Pero Quiere Saber, como su propio nombre indica, no se conforma y pregunta muy serio "¿qué cosas?". Yo le diría a Quiere Saber, que tiene una carita de joven empanado que no se tiene, una verdad incontestable, la de que si alguien define lo que le pasa como cosas, más vale que sepas de qué cosas habla porque nunca te va a decir qué cosas son esas. Casi es mejor no pensarlo o decidir por ti misma una cosa de todo el rango de cosas posibles y quedarte con esa porque si no se te dispara la elucubración inútil, la que jamás llega a conclusión alguna.

Cosas es lo que le dice. Respuesta Elusiva insiste en ello y también en que no sabe qué hace él allí, que por qué ha ido a buscarla. Quiere Saber responde que ella no le contestaba a los mensajes y yo, que no tengo vergüenza, me paro cuando ellos se paran para seguir escuchando un poco más.

Me preocupa muchísimo ese no-intercambio que espío y me provoca conclusiones grandilocuentes enseguidita. ¿No es la actitud de Respuesta Elusiva la de tantos hoy en día? ¿No evitamos, como sea, enfrentarnos al otro, al que sea, en persona? Esta es la terrible época en la que tu pareja (eso creías) no es ya que te deje por teléfono o por mensaje, es que directamente se evapora, desaparece en silencio y ya pillarás tú lo que ha pasado más adelante. Esta es la época en la que tu vecino, tu compañero, tu colega aquel no queda contigo o te llama para decirte algo incómodo, te manda un e-mail o un mensaje y tú le respondes por idéntica vía. O lo tuiteas como hablando al horizonte. Esta es la época en la que se empieza a considerar de mala educación llamar a alguien directamente, sin mandarle un mensaje de advertencia antes. Contactar sobra, mejor replegarse en silencio. Somos cada vez más cobardes y evitando con tanta dedicación vivir situaciones tensas perdemos costumbre, habilidades sociales, la valentía y elegancia de despegar la tirita de un tirón y pasar a otra cosa. Dejamos tanto flotando por el espacio, sin resolverlo jamás.

Por eso me mudo yo tan mal. Hasta a enfrentarme a la casa le temo, pensé allí, en plena calle, mientras veo que mis dos espiados separan sus caminos.

"Nada, no me pasa nada. Cosas. Ya te mandaré un mensaje después, si eso", dice Respuesta, camino del silencio total. Mientras, Quiere Saber se queda allí, triste y resignado, más empanado que nunca.

La mudanza
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