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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La tortuga

Por conservar la juventud, o intentarlo, se hacen cosas crueles

MARUXA
MARUXA

Recuerdo una serie de hace muchos años que protagonizaban dos cirujanos plásticos con la que hice unos descubrimientos terribles. Qué pava, pensarán, pero yo no sabía que para operar una nariz hay que romperla antes. Se veía perfectamente cómo cogían un cincel y un martillo y pulverizaban la nariz inicial. Quedaba entonces, recubierto por esa piel gelatinosa, el hueso fracturado y ellos lo modelaban como si fuera plastilina, enderezándolo y dejándolo a su gusto. Si pretendían afinarla la cosa se complicaba. Había que levantar la piel para trabajar y no sé muy bien qué hacer después porque esa parte ya me daba mucho asco y mirar, lo que era mirar, no miraba. 

Me gustaban los liftings, pero era un gustar horrorizado, un gustar de preguntarse cómo la gente se deja hacer cosas así. En un capítulo salía Vanessa Redgrave a la que dejaban una hilera de cabello inicial, como un breve flequillo, y en la discreta zona del cuero cabelludo practicaban un corte. Después cogían la piel y estiraban a la manera en la que alguien se sube unos vaqueros cuando no ha calculado bien qué significa exactamente a la cadera y se producen constantes escurrimientos. Toda la cara se erguía, cada rasgo medio centímetro por encima del nivel previo, pero las profundidades permanecían igual y eso era un problema. La boca parecía pertenecer ya a otra cara, el hueco no encajaba del todo con los labios. A los ojos les ocurría lo mismo y la frente era ahora más breve. Todo resultaba imperceptible y perfectamente evidente a la vez. Un lío. 

Pienso en esta serie estos días que ando releyendo ensayos de Nora Ephron, incluidos los que escribió sobre el envejecimiento, también el de Me siento mal por mi cuello. Es de principios de los 2000, dio título a uno de sus libros y se convirtió en uno de los más famosos. En él cuenta cómo queda con sus amigas y se encuentran unas a otras bastante bien si no fuera por sus cuellos, dice que se siente mal por el suyo y que si pudiéramos verlo también nosotros no sentiríamos mal por él. Focaliza en el cuello todo el declive físico, el desaparrame que produce la edad, cree que puedes hacer muchas labores de mantenimiento con todo lo demás, pero no con el cuello. El cuello te revela. 

Se entristece de ver cómo sus amigas y ella concurren a una cita todas con jerseis de cuello alto o bufandas o al menos una camisa Mao, en plan El club de la buena estrella. Hace lo mismo al recordar la manera en la que dio su cuello por sentado durante toda su juventud, ignorándolo en una época que debería haber consagrado (ahora se da cuenta) a contemplarlo con arrobo. A admirarlo. 

No es de mis favoritos ni de lejos, aunque le encuentro su gracia, como a prácticamente todo lo de esa autora. El tirón que tuvo ese libro, y el siguiente, se debieron en gran medida a que hablaba de envejecer, de sus tiranías estéticas y de la absoluta convicción de que las certezas aprendidas son escasas. Algunos artículos se han quedado un poco viejos y otros son frescos como el aire de este junio nuestro porque seguimos haciendo mucho el tonto con todo el mantenimiento de la edad. 

Para conservarse jóvenes, cuidar la piel y tener vitalidad los chinos comen sopa de tortuga. En los supermercados, junto a la pescadería, se ven unos tanques enormes, a rebosar de tortuguitas que se pisan unas a otras intentando salir de allí. Como están tan llenos, a veces alguna logra hacer escalera y precipitarse al suelo, donde echa a andar, si es que cae bien, a un ritmo mucho más ligero del que cabría esperar en una tortuga. Las venden para criar y luego hacer la sopa porque la sopa buena, la que funciona, se hace con una tortuga hermosa, de confianza. 

Tengo una amiga chilena de origen chino cuya madre pasaba horas masajeándose la piel con cuidado cada noche y que creía a ciegas en los poderes rejuvenecedores de la sopa de tortuga. Era una gran consumidora en China y cuando se fue a vivir a Santiago comenzó a tener problemas de suministro y, por consiguiente, a mirarse ante el espejo con las palmas a ambos lados de la cara, con preocupación, pero también sujetando lo que iba a acabar descolgándose. 

Un día vio un anuncio en un periódico y mandó a su marido e hija, entonces aún una niña, a reunirse con el anunciante. Cuenta mi amiga que el hombre les dio paso a un jardín de donde recogió con la mano izquierda una tortuga. Se mudaba de ciudad y no se la podía llevar, ¿cuidarían de ella? ¿tenían ellos un jardín para que pudiera estar al aire libre? ¿y un estanque o charca para que nadase? ¿le darían hojas de lechuga y otras verduras carnosas, que crujieran al masticar? A todo dijeron que sí. 

Cuando lo cuenta, hay un momento en el que pone mirada ensoñadora, como de lamento retrospectivo, de ligero peso de conciencia. Enseguida recula. "A quien se le ocurre regalar una tortuga a un chino", dice, de nuevo ligera.

La tortuga
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