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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La vida real

McCurry borra lo que sobra en sus fotografías y nos racanea el temblor del descubrimiento

DESCONFÍO CASI  por inercia de los que me acotan qué es lo importante. Los que me seleccionan en qué debo fijarme y eliminan los demás, con lo que me gustan a mí las periferias. Pasmar en un sitio nuevo, saltar de página a página de internet sin ser después capaz jamás de reproducir mis pasos, comprar el libro que lee el personaje del libro que estoy leyendo y que me guste. Esos azares no sé si lo son tanto, más bien parecen favores: te regalan el temblor del descubrimiento.

Resulta que McCurry nos lo ha estado racaneando. Este fotoperiodista es el autor de la foto de la niña afgana de ojos verdes, que ya sabemos que es un icono porque se proyecta en nuestras cabezas con solo leer ‘niña afgana de ojos verdes’. Solo hay, para el mundo occidental, una niña afgana de ojos verdes. Esa.

Que McCurry se dedicó a borrar detalles de algunas de sus fotografías más conocidas se supo porque un aficionado vio en una exposición que un trazo de Photoshop había dejado a un hombre sin parte de la pierna. El mundo que habitamos es desconfiado y enseguida deduce que si hay carencia de pierna en una imagen puede haber otras ausencias en las demás. Y las había: personas, carros, tenderetes... todo lo que ‘ensuciaba’ la foto.

El crítico de fotografía de The New York Times acusó a McCurry de hacer fotos aburridísimas, paradigmáticas, que solo redundan en la imagen que ya tenemos de algo. Se quejaba de que en su libro sobre la India todo es como mil veces visto, un poco de folleto turístico o de producción del Vogue, señores de túnica blanca y turbante rojo sangre en un tren con templo al fondo, caras aceitunadas en las que deslumbran los dientes, ese polvo verdoso y ese foco perfecto sin nada que distraiga en un país cuyas ciudades están, en realidad, garrapiñadas, con capas de cosas sobre otras.

El descubrimiento de esta impostura me apena porque creí y también porque pela todavía más la frágil cebolla que es la credibilidad colectiva que compartimos los periodistas, a estas alturas ya chalota; ajo, incluso. Esta en concreto me molesta por cutre, porque McCurry sí estuvo allí, en esas inundaciones en la India, haciendo esas fotos barrosas, vio a esa gente que le miró a su vez y luego hizo eso tan periodístico de no dejar que la realidad le estropease un buen titular sin recordar que espolvorear el trabajo de uno con mentirijillas finas como azúcar glass es justo lo que no puede hacer un periodista. Una vez descubiertas lo empañan todo. Dice ahora McCurry que no se considera fotoperiodista, como si las reglas no rigiesen retrospectivamente cuando uno decide cambiarse el título.

Quiero ese aburrimiento diario al final lleno de excepciones

Doisneau, que siempre renegó de la foto de ‘El beso’, tuvo que ver cómo al final de su vida los dos protagonistas de la imagen reclamaban una indemnización por posar para ella. Eran dos actores, a los que contrató porque Time le había encargado una serie sobre el amor en París y temió no poder cumplir con la fecha de entrega si dejaba el asunto al azar, no encontrar suficiente amor y lo suficientemente rápido. No sé por qué nunca creí que esa foto fuera espontánea, ni romántica. Siempre me pareció un beso apresurado. Él marchándose, ella un poco retrasada, él pasándole el brazo por el hombro para que no se le escabullera... «Moza, ¿la puedo besar?», dice él. «Venga, pero dese prisa que llego tarde», responde ella. «Ahí le dejo este beso y nos vamos», añade él.

El caso de esta imagen es justo lo contrario que algunas de las modificadas por McCurry: todo es verdad menos el foco. Aquí no te racanean los alrededores sino que te representan el centro, es algo que podría haber pasado, es algo que sin duda estaba pasando en otro lugar, pero no allí y entonces.

Mil  veces  que  una  cosa  sea ficción o no me da igual. En mil libros no me importa, en los artículos de opinión, en películas basadas en hechos reales luego estirados y encogidos. Pero en los periódicos, en las revistas, quiero lo otro, esa cosa tan cotidiana y tan vibrante de la que nacen todas nuestras invenciones, ese aburrimiento diario al final tan lleno de excepciones que es la vida real. Y la quiero con todos los detalles posibles, con todas esas minucias que no aportan nada. La quiero rica, abrumadora y sucia. Quiero ser yo la que se haga una idea de cómo es.

La vida real
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