Blog | El portalón

Las decisiones

Llegamos cansadas al 8-M, deseosas de que otros hagan el trabajo

"No quería volver a sentarme en una mesa con parejas heterosexuales y tener la impresión de que las mujeres estábamos allí de prestado". Me he leído, uno tras otro, los tres libros de lo que Deborah Levy llama su autobiografía en construcción y es el último (Una casa propia) en el que encuentro una actitud para la vida. Cumple 60 años, muere su madre, lleva más de diez divorciada, sus hijas se han independizado, lleva cuarenta años escribiendo, a menudo en un cobertizo prestado, sin una habitación propia. 

MARUXA

Quiere comprarse una casa. Se imagina una casa ideal y en sus ensoñaciones se permite todo. Me encantan quienes no racanean en los sueños y siempre me asombra la cantidad de gente que lo hace, que se sujeta la mente también ahí, no vaya a desear demasiado. A mí me pasa a veces, que me contengo, previniendo un revés que no me deje ir tan lejos, evitando el disgusto posterior. No sé por qué insisto porque siempre tengo más éxito cuando sueño a lo grande. 

El libro está lleno de observación, reflexión y decisión. Me pregunto por qué es esto último lo que más me sorprende. Me pregunto y me contesto: por mis prejuicios. ¿Acaso creía yo que una mujer a los sesenta no tiene aún muchas decisiones que tomar? Se ve que no, que creía que todo ese trabajo estaba más o menos hecho. 

Veo el punto de hartazgo por las servidumbres del patriarcado en el que está y la entiendo tantísimo. Lo que me chifla es su forma de responder, con una actitud de no pasar ni una, ni concebirlo siquiera. 

Va a una reunión de escritores a escuchar a uno decir que, si se comporta, siempre gozará de la paz doméstica que le brinda su mujer, de sus entregados cuidados. Después se fuma un cigarrillo con la mujer que le pone las zapatillas a calentar a ese hombre y la encuentra mil veces más interesante que a él. Recuerdo en ese momento que a Vargas Llosa siempre le hacía la maleta su exmujer. Así cualquiera observa la belleza de amaneceres en Estambul y lo anota en una libretita. Se te despejan los obstáculos, las menudencias, solo queda el ancho mundo de la página en blanco ante ti. 

Va al encuentro de unos productores y les intenta colocar un guion con el personaje de una mujer movida solo por sus deseos y ambiciones, una mujer que se conduce a su ritmo, que compra a última hora en una tienda del aeropuerto cualquier regalo para sus hijos sin fijarse en qué. Una mujer como tantos protagonistas masculinos, que rechazan porque caería mal. Ella insiste. 

Va a una fiesta y un escritor borracho se toma como una empresa personal machacarla un poco, despreciar su obra en forma de inocente reflexión, pincharla para que se sienta culpable por la superficialidad de escribir de sí misma. Ella, siempre segura de que lo suyo era escribir, le devuelve la pulla hábilmente.

Creo que aprendo de su perseverancia y la encuentro muy importante justo ahora, camino de este 8-M que a tantas nos tiene más indignadas que contentas, hartas de la concentración de eventos e información, esa avalancha que diluye todo. Cansadas también de un papel que a veces nos pesa, el de la feminista aguafiestas que decía Sara Ahmed, el constante pepito grillo que te recuerda conversación a conversación, que así no.

Cuántas veces no nos quejamos, no señalamos comportamientos espantosos; cuántas oportunidades de aprendizaje dejamos pasar para estar un rato en el mundo ocupándolo sin más. Qué ganas, cada vez más a menudo, de dejar el espíritu crítico en casa, vaguear en el activismo, leer sin intención y, sobre todo, no hablar a nadie de lo leído. Si dudan, que lean ellos. 

Ay, pero no. Para lo que queremos hace falta un tiempo eterno. Para lo que nos corresponde hay que ser agotadoramente constante, pelearse, discutir. Dar la paliza una y otra vez. Tomar decisiones como Levy y cumplirlas mientras se envejece, como ella, todo lo feliz y esperanzada que se pueda, soñando siempre a lo grande.

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