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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Las epifanías

Mi segunda PCR me ha puesto en mi sitio y me ha traído unas revelaciones esclarecedoras

M e he tenido que hacer otra PCR por un cribado y he entendido, al fin, todas esas declaraciones de gente que teme que les hayan agujereado el cerebro. Nada que ver con la anterior. Aquella supuso un contacto brevísimo e imperceptible con el hisopo. Hola y adiós.

Ocurrió justo después de que yo me jactara, ante dos personas diferentes nada menos, de que llevábamos casi un año de pandemia, había escrito trillones de palabras sobre el tema y todavía era "virgen de PCR". Así lo dije, ¿se puede dar más vergüenza? "Virgen de PCR", me abofeteo retrospectivamente. Lo que ocurrió entonces es que una de las personas a las que solté esa expresión perturbadora, y que me siguen hablando a día de hoy porque la gente es benevolente, me echó la típica maldición convertida en lugar común. "No cantes victoria todavía, aún queda mucha pandemia", dijo.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAEn la película de mi vida hubo fundido a negro y en la siguiente imagen ya estaba yo inclinando la cabeza hacia atrás en el covidauto. Transcurrió aquello con un buen ánimo y un saber estar que en vez de ser yo misma en el Hula parecía Isabel Preysler en Gstaad. O sea, como me imagino que está la Preysler en Gstaad o más bien como dice el Hola que está la Preysler en Gstadd, que vete tú a saber. Puede que se pase las tardes allí bebiendo anisetes y tarareando canciones de Azúcar Moreno y no descendiendo por blancas laderas y sentándose muy en el borde de sofás cubiertos con pieles para que le salgan los muslos turgentes.

No es porque sea yo (que sí lo es, por supuesto) pero qué presencia la mía, francamente. Saludos cordiales, intercambio breve de información, muy al grano como la periodista de raza que soy, breve contacto con el palito en cuestión, múltiples agradecimientos. Fui una paciente modelo, alguien tiene que decirlo y tendré que ser yo.

Pero el otro día ya no. Iba muy Isabel Preysler y enseguida muté en la Britney del 2000. El bastoncillo me presionó varios botones internos y yo empecé a producir todo lo que él me ordenó con su breve y doloroso contacto: ríos de lágrimas y conciertos de tosecillas. En diez segundos pasé de periodista de raza (jajajaja) a piltrafa llorosa y carraspeante. Me ocurrió además algo que he oído contar a mil pacientes en entrevistas y más entrevistas a lo largo de los años: no era capaz de entender qué me decían. Me dejó tan estupefacta lo que un encuentro tan corto fue capaz de hacerme que se me apagó el cerebro mientras trataba de recomponerme. Me dieron unas instrucciones sobre la recepción de resultados (creo) y yo solo vi a una mujer envuelta en plástico abriendo y cerrando la boca, emitiendo sonidos ininteligibles.

En resumen, que me pusieron en mi sitio.

No quiero yo decir que exista el karma, las venganzas cósmicas o que el Universo nos tenga reservadas cosas. Esas son creencias delirantes, aunque apacigüen el deseo más primitivo y básico de todos: el de que esto, el existir, tenga algo de sentido. Pero es mentira, claro, todo es una pizca de voluntad, un mínimo de azar y un mucho de caos y en esa maraña hay que buscarse la vida. Y, no obstante, algo sí tuvo de ajuste kármico.

Por todas las veces que alguien me contó una experiencia similar y yo contesté "son pruebas molestas, pero, hija, tan cortas"; por otras en las que aludió a cualquier trance de salud y yo dije "te entiendo perfectamente" cuando quería decir "te entiendo hasta donde puedo, que es justo hasta donde acabo yo y empiezas tú", por aquellas en las que otra persona me dijo "quien no lo ha pasado no se hace a una idea" y yo respondí con mucha seguridad "me lo puedo imaginar".

Estoy libre de covid y así espero seguir porque es una enfermedad impredecible y porque, de verdad, quién me aguanta si empiezo a tener revelaciones de estas cada cinco minutos. Las epifanías son cansadísimas.

Las epifanías
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