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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

McCarthy en el asiento de al lado

LA ESCENA ocurre en un avión pequeño, antes de despegar para cubrir lo que se llama, en esa dolorosa apropiación del inglés, un vuelo doméstico, que parece justamente lo que hago cuando llego a casa y me precipito al sofá. Esa caída desde la verticalidad hacia un mullido horizonte es mi vuelo doméstico. Ustedes tendrán los suyos. 

El de este avión apenas dura 40 minutos, una minucia. Los pasajeros, la mezcla peculiarísima de vidas y destinos que se da en un lugar así, ya están sentados y, en una de las filas hay una mujer rubia en la treintena al lado de un hombre moreno en la siguiente década. Ella lleva chanclas y él un jersey Lacoste rojo. Quizás sea absurdo incluir esto pero lo hago porque las noticias lo señalan como un detalle revelador. El hombre enseguida saca un cuaderno y se pone a escribir, concentrado. La mujer le mira y le remira. Le dice algo, la típica frase de conversación de ascensor y recibe una respuesta a la altura: un intercambio de nadas. El hombre, que tiene acento extranjero de ese lugar indefinido que es cualquier país que no es el propio, sigue escribiendo. 

La mujer también escribe algo y pulsa el botón de llamada a la azafata. Cuando esta llega, le pasa una nota. El avión lleva ya retraso en el despegue. La azafata se va y vuelve para preguntarle a la mujer si se sigue encontrando mal como para volar. Acaba acompañándola a la salida para que desembarque. El hombre sigue a lo suyo, con sus notas. Poco después también a él lo guían a la puerta del avión. Cree que le van a preguntar si percibió algo de la enfermedad de su compañera de asiento pero, en realidad, le preguntan qué estaba escribiendo. No acaba de entender. 

La mujer había advertido a la tripulación de la posibilidad de que fuera un terrorista, sus notas eran extremadamente sospechosas, puede que se refiriesen a la confección de una bomba. Su físico puso la puntilla: un extranjero, de piel morena, vestido con normalidad porque hay que disimular. Y escribiendo unas cosas.... 

Ecuaciones diferenciales. El hombre es un profesor universitario de Economía que aprovechaba el tiempo muerto para trabajar un poco. Un italiano moreno, de pelo y de tez, como ocurre con algunos italianos. No con todos porque en todas partes nacen rubios, incluso en Italia, pero la mujer no sabe nada ni de Mónica Vitti.

Las matemáticas son las reponsables de que un avión se quedara en tierra

Embarcar en un avión hoy en día es exponerse muchísimo. Puede que sufras una trombosis del apretujamiento sardínico, puede que la compañía te maltrate obligándote a pagar una servilleta a precio de puñado de percebes o puede que McCarthy se reencarne en tu compañero de asiento, te encuentre sospechosísimo y todo se pare justo por eso, por su percepción. Esto ocurrió en Estados Unidos pero esa selección racial aeropuertuaria no le es exclusiva: yo misma he sido toqueteada con dedicación por los trabajadores de alguna terminal nórdica, como única morena y bajita de toda la cola. 

Sin embargo, lo delicioso de este caso no es que el hombre sea moreno e italiano ni que se topase con alguien para quien todos los morenos nacen en un país con el sufijo -tan, no. Lo verdaderamente arrebatador es que sospechase de las ecuaciones diferenciales, que confundió tanto como con la receta de una bomba como con escritura árabe. Por abrir campo de sospecha. 

Yo lo veo normal. Teniendo en cuenta que fui instruida en Matemáticas por una monja que creía que la regla de tres no existía, se entenderá perfectamente que coincida en que uno no puede viajar resolviendo ecuaciones diferenciales como si ese comportamiento fuera inocente. Veo tres líneas de números y sufro palpitaciones. 

Bastante sutil y delicada fue la mujer inventándose una enfermedad imaginaria. Qué delación más profesional la de contarlo todo en una discreta nota, para no tener que compartir en alto sus sospechas y sembrar por la cabina adelante el caos. Y la risa. Supongo que temería que si lo decía de viva voz, su compañero de asiento acabaría sus cálculos raudo, confeccionaría en unas milésimas un artefacto explosivo con su bolígrafo y alguna sustancia que llevara escondida en un diente y se lo arrojaría a ella antes que a ninguna. Una heroína es lo que es. 

El hombre, azoradísimo, quizás más que los agentes que le interrogaron, tuvo después que enseñar sus ecuaciones para probar que ni eran ideas para una bomba ni era árabe. 

Aunque, los números ya sabemos de dónde vienen...

McCarthy en el asiento de al lado
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