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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Not OK

Empiezo a creer que soy benevolente y veo que todos vamos por la vida haciendo lo que podemos

Le pregunté a una amiga si creía que nuestra generación —me encanta decir nuestra generación porque me hace sentir pelín poeta— había sido tan dura con los mayores como los jóvenes de ahora lo son con nosotros y más allá. Fue decir jóvenes de ahora y automáticamente cumplir 85 años, nada promueve tanto el envejecimiento como el lenguaje marcador de distancias. 

Not OK. MARUXASe lo pregunté por el Ok, boomer, la réplica condescendiente con la que la Generación Z arrea en las redes sociales a los mayores que hacen alguna alusión despectiva a su ignorancia del pasado, a la jactancia de su juventud. Está pensada para llamar vejestorios a los baby boomers, pero se usa indiscriminadamente y nos acaba llamando vejestorios a todos. 

Acababa de leer un artículo sobre cómo el 2019 había sido el año de las fricciones intergeneracionales y le dejé caer eso en una conversación por la misma razón por la que a menudo hago preguntas: para que me desmientan los temores que bien sé que son ciertos. No funcionó. Me dijo que por supuesto. Y que peores, que ni los habíamos tenido en cuenta. En el Ok boomer hay un reconocimiento del otro, la mera constatación de su existencia. Por lo visto, a mi generación mozuela se le olvidaba que los mayores existían, ni los consideraba. Creo que hay dos formas de irse haciendo mayor y que, a menudo, confluyen en la misma persona. Una, con un cabreo mayúsculo, revolviéndose contra aquellos que tienen la osadía de ser más jóvenes que tú, los muy asquerosos. Y brillantes, qué gentuza, no los soporto. Qué rabia dan, pienso mientras los miro con arrobo. 

Otra, es dejando crecer dentro la planta de la benevolencia. No me refiero a esa benevolencia de ancianilla bonachona que regala caramelos de toffe y a la que todo le parece bien. No hablo de la caricatura, hablo de la realidad, de la certeza de que casi todos vamos por la vida haciendo más o menos lo que podemos. Hablo también de rebajar un poco el grado de indignación con el que nos movemos por el mundo. No se puede reservar el máximo para todo y convertirlo en tu temperatura basal, hay que tranquilizarse un poquito. 

Nunca hubiera pensado de mí misma que soy benevolente y, sin embargo, empiezo a creer que sí, lo que supone cierta benevolencia en sí misma, menudo redoble de tambor. Por ejemplo, siempre he despreciado a David Beckham por un detalle que su mujer contó hace años en una entrevista: después de haber dado a luz a su primer hijo, el futbolista iba a contar a los periodistas que estaban en la puerta del hospital que todo había ido bien y le pidió que le peinara para dar bien en cámara. Y ella, que acababa de parir, le colocó el flequillo como a él le gustaba. Llevo pensando desde entonces que son dos imbéciles redomados y me encuentro ahora leyendo una entrevista a Victoria Beckham y, tal y como habla de él, concluyo que parecen majos. Y esto lo hago consciente de que a esa gente se le entrevista con el filtro de 200 relaciones públicas. Tengo el ojo crítico un poco echado a perder, definitivamente. Quizás sea el 2020; o sea, la edad. 

El caso es que me estoy trabajando tanto el buen rollo que admito toda clase de reveses del edadismo; que los niños me llamen señora, que los chavales me llamen señora y que hasta que los señores me llamen señora; que me digan que no me entero de nada por la espesura de la mediana edad y que me contesten en las redes sociales. 

Eso sí, nada de arrearme un Ok, boomer estándar. Ok, gen X-er, si no te importa. A cada generación, lo suyo.

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