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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Ojos abiertos

Las precauciones que se anuncian, en realidad, ya están pasando
 

DICEN LOS directivos del Louvre, según aparecen citados en la noticia de que el museo tuvo el año pasado más de diez millones de visitas, que "hay que ir con cuidado para que no se convierta en un museo de turistas". Yo digo que ya lo es, que a esta le ocurre como a todas las precauciones que se publicitan que, en realidad, ya están pasando. Las advertencias siempre aluden al presente aunque se vistan de futuro.

No me refiero exactamente a la visita que hice a ese museo, donde vi más chinos durmiendo desparramados sobre asientos y suelos que en todas las líneas del metro de Pekín juntas. No es esta una impresión subjetiva, una generalización universal y no cotejada de una percepción personal, algo que está de modísima. Hablo del peligro atontado de creer que aún estás a tiempo de evitar lo que ya está ocurriendo, cuando precisamente si siquiera lo concibes es porque lo tienes delante.

Me ponen muy alerta esas cosas, también triste. Somos muy fallidos y llegamos tarde a casi todo. Las cosas se nos muestran una y otra vez sin que las veamos y a lo más que alcanzamos es a una intención de prevenir que siempre se retrasa.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAPor eso creo que Houllebecq es un escritor con un éxito tan arrollador, cuyos libros se compran tanto y se leen bastante, con la misma impaciencia con la que se consulta la previsión del tiempo antes de un día importante: a ver qué me vas a contar. Presuntamente tiene esa capacidad  de indicarnos por dónde se nos están abriendo las grietas en cada momento, un mérito bien llamativo si se tiene en cuenta lo muchísimo que tarda la idea en la cabeza de alguien en hacerse libro. Hay que pensarla, hay que afinarla, hay que escribirla, hay que editarla, hay que publicarla, hay que traducirla, hay que distribuirla, hay que promocionarla y, finalmente, hay que leerla. Después, la cabeza del lector tiene que volver a pensarla. La eternidad.

En este 2019 se habla de lo nuevo del francés porque incluye protestas como las de los chalecos amarillos, igual que en el anterior habló largamente de los choques culturales, la pérdida del europeísmo y los efectos de la corrección política y en todos, de la crisis de la masculinidad. Por lo que dicen los que lo han leído, también incluye personajes machistas, una escena de incesto y múltiples de felaciones. Por ese lado, novedad poca.

El caso es que apreciamos mucho a quienes, frente nuestra espesura vital, están al tanto de las cosas, los que ven qué pasa cuando pasa o al menos poco después de que empiece a pasar y les tratamos como a oráculos, gente hipersensible e hiperobservadora que lee el designio de los tiempos, a la que se le confirman todas las intuiciones. No quiero quitarles mérito, pero para eso, en realidad, tendríamos que valer todos. En serio lo creo. Si no fuéramos por la vida atontados, evitando todo el rato lo que no queremos ver porque nos hace sufrir o porque no lo entendemos bien, pero que también es vida y lo sabemos; si existiéramos con la atención encendida, tendríamos una imagen más certera del mundo.

Apreciamos mucho a quienes están al tanto de las cosas
 

Si se piensa un poco es hasta ridículo que tengan que ser otros los que nos expliquen el mundo en el que vivimos. Muy bien no lo debemos de estar viviendo si lo captamos cuando nos lo cuenta alguien, como en una experiencia vicaria. Pero es así, son los poetas los que nos informan de que estamos enamorados cuando, ya hasta las trancas, todavía nos lo negamos a nosotros mismos; los ensayistas quienes ennumeran, bien trituradas, las diez o veinte consecuencias de tal o cual comportamiento; los historiadores, los que nos enseñan cuánto se parece todo lo que sucede en este instante a lo que sucedió en diez, veinte o treinta ocasiones del pasado.

Mientras, vivimos bastante a ciegas, con fogonazos ajenos, y teniendo que hacer un esfuerzo sobrehumano para entender lo que pasa cuando pasa y no cuando ya ha pasado. Somos esos lectores que siguen durante 600 páginas el delicado desmoronamiento de un amor o de una amistad. Que ven las señales como migas de pan de una elocuencia atronadora, los giritos minúsculos que al final suman una vuelta completa, la capa sobre capa de indiferencia disfrazada de rutina y, en la página 601, se sorprenden del resultado, suspiran, parece que esperaban otra cosa. Somos quienes cierran el libro para, como si les cayera en cascada, percatarse de que ese, también ese, otro más, habla de ellos.

Somos los que tienen que abrir más los ojos. Los que tenían que tener más abiertos desde hace años, pero ya que no lo hicieron antes, a ver si lo hacen ahora.

Ojos abiertos
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