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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Tomar un café

Es una actividad corriente y polisémica, de la que no conviene abusar

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA
Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

ESE DÍA DE hace tantos años, otra mañana de primavera, lucía el sol en O Piornedo y nos bajamos del coche así, satisfechos con la vida que nos había llevado hasta allí. Caminamos unos metros para comprobar que aún no estaba pasando nada e hicimos lo que hacíamos siempre que teníamos cinco minutos. O dos. Tomar un café.

No me levanto yo cada día por la ilusión de una nueva mañana, por el sol que brilla, las calles regadas, el pan fresco. No me levanto porque sea una nueva oportunidad, porque todo puede cambiar justo hoy, por el mundo imparable. Ni por la vida, ni por el periodismo y las noticias calentitas, ni por lo que me tengas que contar. Me levanto por el café. Tomar un café es esa actividad corriente y evocadora, que significa tantas cosas. A veces es hacer tiempo; a veces, abrirse en canal. Cuándo digo yo no a tomar un café.

Así pues, Xesús Ponte y yo nos sentamos a tomar un café antes de ir al encuentro con Fraga, que iba a inaugurar una fábrica de embutidos, y todo transcurrió como solía: arreglamos el mundo, comentamos que quizás habría que ‘ir yendo’, nos peleamos por pagar y al cruzar la puerta del bar vimos la polvareda que deja un coche oficial cuando se larga a la siguiente convocatoria de prensa. O sea, llegamos tarde por tomar un café. Lo de siempre.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

Corrimos entonces hacia nuestro coche y, en esa carretera empinada por la que, además de Fraga, también habían pasado unas vacas, metí el pie derecho en una tremenda bosta con el ímpetu que se reserva cuando vas literalmente detrás de una noticia. La bailarina entera se hundió en ese punto y nada me llegó a la piel porque la vida tiene esas delicadezas o por aquello de Dios, el apretar y el no ahogar.

Ponte, amigo y fotógrafo, arrancó el coche refunfuñando algo sobre "eses zapatiños" y "a quen se lle ocurre" y partimos hacia la reserva de Os Ancares, lugar de caza del Fraga de los primeros tiempos y de presentaciones medioambientales de los últimos, con todas las ventanillas bajadas.

Pese al remolino aéreo, a esa especie de ventilador de conciertos de Beyoncé en el que parecíamos viajar, el olor persistía, inmune a toda la ventilación. Algunos son así, meten sus moléculas en tu nariz, barriendo todo a su paso, y se quedan ahí suspendidas, para que te enteres. Hubo risas, recriminaciones y paradas estratégicas para limpiar los puñeteros zapatiños en las hierbas del camino y hubo que sacar el pie por la ventanilla como única forma de supervivencia. Llegamos cuando Fraga estaba situándose frente a la nube de periodistas para decir lo que todos habíamos ido a escuchar.

Volvimos a correr hacia la nube y ya, primera pista, se me abrió como el Mar Rojo a Moisés. Empezó entonces un baile rarísimo, Fraga declaraba y yo me iba quedando sola. Cámaras, fotógrafos y redactores portadores de micros y libretas se iban alejando de mí pasito a pasito, asintiendo al presidente mientras fruncían el ceño y, algunos, se cubrían la nariz con la mano y miraban alrededor tratando de localizar la fuente del olor. Yo me movía con ellos, por lo de hacer piña, ellos daban otro paso. Me acercaba, paso de ellos; más cerca, más pasos.

Fraga, mientras, hablaba de lo medioambiental con ese tono suyo enfadadísimo, como si hubiera salido un minuto a fumarse un cigarrito de nada y mientras le hubiéramos estropeado la naturaleza toda. El tren superior lo tenía dedicado al cabreo ecologista, pero el inferior se centraba en girar despacito, al ritmo que le marcaban los periodistas, que era el que marcaba yo con mis acercamientos perfumados. Sin moverse del sitio, a pasitos minúsculos, en el chotis perfecto del que no se sale de la baldosa, acabó haciendo un giro de 180 grados. Como satélites en órbita, los periodistas hicieron lo propio.

Hubiéramos seguido así, girando en modo peonza, de no haber sido porque, al fin, pillé esa cosa tan dolorosa de entender: que el problema era yo. Me quedé quieta y vi a todos alejarse, a Fraga acabar dándome la espalda y a Ponte riéndose por encima del objetivo de mi olorosa soledad.

Dejó el presidente de declarar y la nube entera se atomizó, desparramándose hacia sus coches, murmurando algo sobre ‘insoportable’ y ‘purín’. Fraga también se marchó a paso bamboleante pero acelerado. El único que se me acercó fue Ponte, qué remedio le quedaba. Llorando de la risa me aconsejó que guardara el zapato en el maletero porque el camino a Lugo era largo y nuestro aguante, escaso. Las ventanillas siguieron bajadas por lo que dije antes de las moléculas persistentes.

Descalza de un pie y recibiendo corrientes de aire contrapuestas y latigazos de mi propio pelo, pensé en esto mismo que recuerdo ahora. Que ya lo dicen todos los expertos: no conviene pasarse con el café.

Tomar un café
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