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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Una revelación

Tiene razón Ayuso. Yo no vivo en Madrid y, al salir de trabajar, no voy a teatros ni a museos, ni a terrazas a tomar una caña porque a la hora que salgo ya no quedan ni bares abiertos ni cerveza ni ganas. Lo que hago al salir de trabajar es volver a casa, ponerme de rodillas, alzar los brazos al cielo y dar gracias a los dioses informativos, de viva voz, por no estar en Madrid cubriendo la campaña electoral y viéndola a ella flipar con un bonito, por ejemplo.

Pasarán más de mil años, muchos más, y seguiré sin entender el objeto de las campañas electorales. Es decir, sé lo que pretenden, pero no sé lo que consiguen. ¿Mueven votos realmente? ¿Convencen de algo a alguien alguna vez y, si así lo hacen, es por puro hartazgo? ¿Se da ese fenómeno de "aquí tienes mi voto, solo pido que esto acabe de una vez"? ¿Cambiarían los resultados de no celebrarse, de pasar directamente del gobierno de alguien a la jornada electoral y, acto seguido, al gobierno de otro o del mismo alguien? No sé dónde está ahí la política. Cabe la posibilidad de que todo acto sea político salvo ese.

Una persona normal, esa entelequia, siente vergüenza ajena en las campañas electorales. Si además es candidata siente vergüenza propia. Si es periodista siente vergüenza ajena y propia. La primera porque las cosas que esos ojos han de ver no dejan otra opción, qué ridiculeces tan extremas propicia ese asunto de colocar al candidato "a pie de calle", llevándole a ejercer de persona como tú y como yo pero, para ello, mostrándole mientras hace cosas que ni tú ni yo haríamos ni hartos a güisquis. La segunda porque el trabajo te obliga a recoger esas acciones y declaraciones, darles altavoz por mucho que sepas que no sirven para nada sino para seguir extendiendo la vergüenza. Vas a por el mensaje pero traes la representación, el teatrillo.

Ayuso

Lo único que tiene de bueno la campaña es el cansancio, que es tantas veces revelador. A ti te pasa lo mismo. Tú estás media vida conteniéndote para no decirle a, pongamos, tu amiga algo que sabes que le va a doler y llegas un día a tomar un café, has dormido mal, te has enfadado en el trabajo, has resbalado en la entrada de la cafetería y por muy poco no te has roto la crisma, estás rendida y harta, enfadada de una manera difusa, poco concentrada, con todo y con todos. En ese momento se te abren las compuertas y ahí vas, a errar sin freno.

O a tu ex. Hablas con él de forma ligera y sin intención, como si las vuestras fueran siempre interacciones despreocupadas. No te quieres meter en camisas de once varas, no quieres retrotraerte a aquel momento, pedir explicaciones, darlas, reconocer nada, forzar una admisión. No quieres contar mucho, no quieres saber mucho, no quieres tampoco desear saber. Cero intensidad, dar a toda la charla el peso justo. Pero un día te levantas, recuerdas lo que soñaste y no fue agradable, sino inquietante. Te deja eso estremecida para todo el día, como un ruido de fondo que te cambia el paso. Tienes un intercambio muy pasivo-agresivo con alguien en el supermercado, algo que jamás te hubiera pasado en otro momento porque eres de las de dejar pasar, de las que han deducido hace mucho que esas fricciones minúsculas no merecen la pena porque dejan un poso desproporcionado para la realidad del intercambio. Ese día te entra una exigencia ridícula de justicia y compruebas que tenías razón, que Foster Wallace tenía razón. Te percatas de que en el trabajo has cometido un error y lo sobredimensionas, sabiendo de sobra que mañana tendrás autocompasión, pero hoy no, hoy te flagelas un poquito. Y en esas te manda aquel unos mensajes empezando como siempre, tú sigues como siempre y, casi sin saber cómo, acabas volviendo sobre cosas que querías ignorar.

Pues eso mismo pasa en las campañas, exactamente lo mismo. Que se va a muchos sitios, se cometen errores, se les atribuyen a esos mismos errores consecuencias devastadoras, se da mucha importancia a cosas que no la tienen, se habla mucho, demasiado, y un día, cansada, una candidata va y llama mantenidos a las personas que esperan el tiempo que haga falta en una cola por dos paquetes de arroz y 250 mililitros de aceite de girasol porque no tienen manera de pagar tal cosa. Ahí está, revelándose frente a todos. Al final las campañas sí van a servir para algo.

Una revelación
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