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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Voces queridas

Eludo la Navidad con profesionalidad hasta que, floja como soy, me rindo

UN AÑO más ignoro con eficacia la Navidad. La esquivo todo lo que puedo, llego solo a las hijuelas. Hago algunas cosas navideñas, cosas que seguramente podría hacer en otro momento del año pero que dejo para diciembre porque algo bueno hay que reservar para este mes oscuro: como felipe segundos, releo Mujercitas, compruebo cómo hay luces en Lugo inquietantemente premonitorias. Paseo por calles decoradas con paraguas luminosos, invocando a la ciclogénesis, y los atribuyo a una rendición a la realidad, a un reconocimiento de dónde estamos y a qué podemos aspirar. Leo en los periódicos las noticias anunciando trenes de borrascas y pienso que lo llevaría mejor si me mintieran, si me dijeran que es todo el tiempo la misma borrasca. La sucesión me parece especialmente cruel.

Veo a la gente que quise y que ya no está en todas las tonterías que les gustaban, en eso mucho más que en las cosas importantes. Nos moldea la mente el capitalismo y la tradición judeocristiana para pensar en ellos ahora más que otros meses, pero como lo espero, me afecta menos. El verdadero trastorno llega un día cualquiera de abril o de junio cuando un olor o un sonido me arranca del presente y me lleva a aquel momento en el que pasó tal cosa, y yo dije aquello y él dijo lo otro y vuelvo del recuerdo como de la guerra, acabada.

Artigo

Escucho a Buenafuente y Berto repetir en su programa de radio aquello de que los aplausos y las risas enlatadas son de gente muerta, que fueron grabados hace tanto tiempo que ya no queda en pie palmero o carcajeante alguno. Me niego a creerlos. Busco en internet y veo que tal costumbre se inauguró en el año 1950. Alguno puede quedar, pienso.

Leo después la historia de Margaret McCollum que un diciembre de hace tres años se acercó al personal del metro de Londres en la estación de Embankment llorando y preguntando a dónde se había ido la voz. Le explicaron que se había digitalizado la advertencia de mind the gap, ese aviso que es un prodigio de economía del lenguaje en inglés y que en español resulta un farragosísimo "tenga cuidado con introducir el pie entre el vagón y el arcén blablabla" usando nuevas voces. Ella contó que la anterior pertenecía a su marido, Oswald Laurence, fallecido hacía años, que había sido un actor con poco tirón encargado de grabar el mind the gap para la línea norte del metro. Poco a poco, los avisos habían ido cambiándose en todas las estaciones excepto en esa, dónde cada día hasta entonces Margaret todavía podía escuchar a su marido pidiéndole que tuviera cuidado al subirse al tren.

Después ocurrió lo que esperan. No estaría yo aquí reproduciendo esta historia que le leí al periodista Jonh Bull si no fuera porque acaba así, justo como nos gusta en Navidad en particular y en la vida en general: bien. Aunque inicialmente el personal se comprometió con Margaret a localizar y entregarle la grabación de su marido, finalmente se recuperó solo para esa estación, la única excepción en toda la línea, donde Oswald insta a los viajeros a tener cuidado con los piececitos y remueve a Margaret por dentro con un mensaje prosaico pronunciado con su voz de siempre.

Resulta que no es la única. Elinor Hamilton es otra de las voces del metro, junto a su marido Paul Sayers, también fallecido.

Cuenta que le encanta escucharle y especialmente que para sus compañeros de vagón sea tan solo ruido de fondo, la banda sonora de la rutina, mientras que para ella suponga algo tan especial, un secreto, el sonido de una voz tan querida. Así que cedo. Yo también me rindo. Por una Navidad, un año nuevo y, en general, un existir lleno de voces queridas.

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