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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Dos segundos

Pedir contención en los comentarios de las redes es ya de ilusos

HABLÉ CON Isabel con una mesa entre las dos en la que extendió papeles y más papeles, el diario que la Administración ha escrito de ella. Tiene uno de todos nosotros. Pocas cosas más íntimas hay que leer, uno tras otro, documentos en los que se mezclan membretes de consellerías y firmas de funcionarios y que hablan de la vida de otra persona. Yo no quiero hacerlo, pero lo hago, qué remedio. No puedo saltarme ese paso.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

Luego escribí su historia. No fue fácil de resumir porque el suyo es un camino lleno de cruces y en cada intersección se abre una historia nueva. Un cáncer en la juventud, un trabajo en negro durante décadas, un marido con una gran discapacidad que se gastaba el dinero de su ayuda y del salario de su mujer en apuestas, la convicción de Isabel de que las facturas se pagaban, la revelación tras la muerte de él de que no. Después, nuevas enfermedades, incluido un infarto, una ayuda de 500 euros de la renta de inclusión social de la que viven ella y dos de sus hijos, un pequeño trabajo con un sueldo de poco más de 200 euros que le hace sentir útil y el descubrimiento de que si trabaja le aplican el copago farmacéutico y tiene que pagar por su enorme lista de medicamentos más que lo que cobra. Más adelante, el abandono del trabajo, que coincide con la contratación temporal de uno de sus hijos. Como este se transforma en un aportador de salario a la unidad familiar, de nuevo el copago. Un papel o dos por cada giro de los acontecimientos. La vida es celulosa apilada.

Ella quiere que me pare en eso, en que necesita los medicamentos pero no puede pagar el 40% de lo que cuestan. En que qué tiene que ver que su hijo trabaje con sus fármacos, si así tampoco los pueden pagar. Yo asiento, aunque en la cabeza se me enmarañan todos los flecos de su tremenda historia. La medicación solo es un hilo.

Después leo en la web los comentarios al artículo. Que no se creen nada. Nada. Cómo no iba a saber que no pagaban las facturas, cómo iba a cobrar tan poco, cómo no van a encontrar trabajo sus hijos, que quieren vivir de gorra, no será que están más cómodos en el sofá. Pienso en que los que los escribieron quizás lo hicieran desde sus respectivos sofás.

Al domingo siguiente vi Salvados, un programa que apenas sigo porque me pone nerviosa la forma de preguntar de Évole, con fingida inocencia, pretendiéndose más tonto de lo que sabemos que es, simple, básico.

No me parece un mal entrevistador. Hay teóricos de la entrevista que defienden justo eso, que el que pregunta no asuma, que no dé nada por sabido y se aproxime al tema desde el escalón más bajo de conocimiento. En fin, que empiece por el principio. Un programa así se beneficia de ese estilo porque el público aprecia más cuando se pilla al entrevistado en un renuncio si el que lo consigue es supuestamente humilde que si es un listillo.

El tema de ese día es el odio en las redes sociales y se recuerda el caso de la mujer que deseó que a Arrimadas la violasen en grupo y la llamó perra en un post de Facebook. Poco después fue despedida de su trabajo, amenazada e insultada. En el programa se propone que los usuarios de redes con verdadera influencia que quieran mostrar los mensajes de odio que les llegan lo hagan ocultando el nombre del emisor. Que denuncien en los juzgados, pero que en Twitter hagan lo posible por no desencadenar una lapidación virtual que enseguida se convierte en real.

Es decir, se pide contención a los afectados, en este caso a Arrimadas, porque ya se da por hecho que lo otro es turba, que arrasa, que no se detiene, que nunca se va a tomar la molestia de demorarse dos segundos antes de desear la muerte a quien, a su vez, no se paró otros dos en desear la muerte a otra persona.

Pienso en si los del sofá se habrán parado dos segundos con Isabel.

Dos segundos
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