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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Ni aquí ni allí

Dediqué un verano a ver películas como si fueran medicación

PASÉ UN verano viendo películas, mañana y tarde. Había tres reglas: tenían que ser buenas, tenían que ser comedias y tenía que haberlas visto ya. Me había dejado un novio, no tenía trabajo ni planes y sentía que dentro de la cabeza llevaba una masa gelatinosa a la que ningún pensamiento ni decisión se adhería. Cada cosa que se me ocurría, y eran pocas, chispas apenas, me resbalaba dentro y se perdía; me veía despierta cuando dormía y dormida cuando estaba despierta, era una compañía gratísima.

Después de comer quedaba para hablar en chino con el repartidor de un restaurante. Le propuse un intercambio, una hora de chino y otra de español, que nunca se llegó a cumplir. Paseábamos por un Lugo desierto buscando la sombra, fumando en cadena y quejándonos en mandarín. Le hacía gracia sin querer. Me contó que le sacaba de quicio cuando iba en la moto y le gritaban "¡Chinito! ¡Chinito!". Le dije que les devolviera "¡Españolito! ¡Españolito!". Se rio a carcajadas y solo paró cuando vio en mi cara que hablaba en serio.

Lo que ya se conoce no exige la atención de la primera vez

El resto del día veía películas. Me las traía mi amiga María como si hubiera ido a recoger la medicación a la farmacia y, en cuanto empezaban, yo accedía al único estado que soportaba y que era, por resumir, un ‘ni aquí ni allí’. Lo que ya se conoce no exige la atención de la primera vez, deja perderse un poco, pero también marca un camino, ordena el recorrido y acompaña. Yo necesitaba esa compañía, está claro. Dormía mal, comía mal y no podía leer, pero me sentaba en paz ante las películas, las comedias clásicas, los musicales y gran parte de las de Woody Allen de antes.

En el salón Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAen penumbra, sentía pena de mí misma, pero no mucha. O no mucho rato. Había algo en esas escenas vistas decenas de veces que me hacía de muro de contención, que me sacaba del ensimismamiento improductivo y me llevaba al mero estar, también improductivo pero más sereno, menos exigente. ¿Era aquello un triunfo? Pues sí. Estar allí, tirando por la borda un verano radiante para ver películas era una grandísima idea. Perdida, venían a recordarme dónde estaba: escuchando la radio en los 50, en el cine en blanco y negro, un otoño saliendo de la ópera... en otro lugar, en otra vida, joder. Qué es el cine si no. 

Todas estas semanas, leyendo sobre Woody Allen, recuerdo aquel verano. Leo a su hija, que le acusa de abusos; a su hijo, que cree que así ocurrió; a su otro hijo, que cree que no. Leo resúmenes del caso y del momento en el que se hizo público que Allen tenía una relación con la hija adoptiva de Farrow. Leo también a quienes opinan que esto es, ahora sí, el fin de su carrera y que debe serlo. Leo a los que creen que no. A los que ya nunca podrán volver a ver sus películas y a los que se sienten perfectamente capaces de separar obra y artista.

No tengo claro cuál soy yo. No he vuelto a ver ninguna todavía. Hace años que dejé de intentarlo con las nuevas y no he echado mano aún a ninguna de las de siempre, de las que puedo recitar partes del diálogo de memoria. Aún me vienen a la cabeza.

Mi amigo ha ascendido y ya no hace repartos. Se ha casado y tiene una niña de flequillo brillante. Mi mandarín ha empeorado mucho y su castellano ha mejorado poco. Apenas nos vemos y cuando lo hacemos nos quejamos de lo ocupados que estamos, que es algo que debiera estar prohibido de lo espantoso que es.

Si aquel verano volviese, u otro como aquel, de verdad que no sé qué haría.
 

Ni aquí ni allí
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