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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Pistas penosas

La tecnología revela cosas bien tristes de cómo somos realmente

HAY MANIFESTACIONES de la vida moderna que me ponen muy triste sin que en realidad me vayan ni me vengan. Pero me inquietan por nosotros, por todos, por la torpeza y el descerebramiento, por cómo tanto de lo que hacemos cuando nadie nos mira (o eso creemos) nos revela, sembrando pistas penosas, miguitas descorazonadoras de nuestro camino.

Por ejemplo, leo en un periódico inglés que andan muy contentos en su Parlamento porque los intentos de conexión a páginas porno desde los ordenadores del edificio han bajado a 160 al día desde las últimas elecciones. El año pasado habían sido de media 310; el anterior, 583.
 

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

Pensémoslo un momento, despacio. Dejemos que entre esa información en nuestra cabeza con la lentitud con la que un mar caribeño baña la arena. Parece que lo que estamos pensando es que hay funcionarios intentando ver porno en el trabajo y que no es sitio para tal cosa. Pero no. Volvamos al mar. Ahí viene la mansita ola con su espuma blanca, entrando despacio en la tierrra y depositando lo que hay detrás de la apariencia, del acto reflejo, de la idea que prende rápido. Lo que estamos pensando en realidad es que, años después de que se haya instalado un filtro que bloquea las páginas porno, funcionarios y cargos electos siguen intentando saltárselo 160 veces al día, 160 ejercicios de esperanza de que va a ser entonces, en ese instante, ese martes a las 10.38 de la mañana, cuando al fin el vídeo se abra. Que las otras veces fueron un error, una confusión, un lío. Esa noticia nos muestra lo que se supone que es la definición de la locura, esa cita que nunca fue de Einstein, lo de hacer lo mismo cada vez esperando resultados distintos.

Me apena ese empecinamiento y que se ejerza aún sin base para su éxito. También que se dedique precisamente a esa cosa tan desoladora de ver porno en el trabajo, que el empeño ilusionado de que hoy sí, este año, en este momento, todo va a cambiar, se dirija justo a eso. Pero no me sorprende, que conste. Ya lo había escuchado en el podcast de Jon Ronson, periodista al que le compro todo, del que me interesa su cabeza entera, con esa curiosidad ramificada que no para de tirar de los hilitos de los temas, una hebra inesperada tras otra. El día de mayor tráfico de porno en Internet son los lunes por la mañana, temprano, nada más empezar la jornada laboral. A las ocho y cinco, los ordenadores bullen, piernas por aquí, brazos por allá, ante ojos que se resarcen de un fin de semana familiar, de contención internáutica. Los lunes después de unas vacaciones, las navideñas, por ejemplo, el pico es extremo.

Mi tristeza también lo es. Qué pena todo. Ese fin de semana que se ha hecho cuesta arriba, el aburrimiento y el hartazgo, lo gris. Y después, el lunes, la oficina, gente en traje, la luz del fluorescente, el caminar de los que hace poco que han abandonado la cama y que no se parece a ningún otro, como quien pisa tierra tras una tormenta en el mar, con esas caras de estar medio aquí, medio allá. Y entre todo eso la solución, el gestito ese de frotarse las manos antes de ponerse a la obra, pensar en reunir el ánimo que se necesita viendo un vídeo porno de nada en la puñetera oficina, pasando por alto que se hace una muesca en las webs que se visitan y que además el servicio de informática de tu empresa ha puesto un filtro que te impide abrirlo, dejando cada vez constancia de que has intentado abrirlo. Un click y otro click y otro click. Así, hasta 160. De llorar.

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