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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un frío verano

El artista está para imponer su visión, para cambiarte la mirada

LEO UNA vieja entrevista con Alex Katz. Se la hicieron cuando tenía 88 años, ahora tiene 90. Dice que Picasso nos ha engañado con los hombros de Dora Maar. Que ella, al igual que su mujer Ada Katz a la que ha pintado cientos de veces- tenía una cara estupenda para el retrato, pero no el cuello ni los hombros, que cuando vio una foto se dio cuenta de que se los había cambiado.

MaruxaDice también que lo importante de un artista es la visión, que sea capaz de imponerte la suya, de cambiarte la mirada. Diez años antes fue a ver una muestra de Cézanne y le pareció que el francés no tenía ni idea; iba pensando, cuadro tras cuadro, "este tipo no sabe pintar, es terrible, todo está sobreproducido". Poco después se subió a un tren y, tras la ventanilla, solo veía paisajes de Cézanne, uno tras otro, allá donde mirase. No se le ocurre que un artista pueda hacer nada mejor que colocarte su filtro.

Hace años el Fenosa, que es un museo olvidado que hay en A Coruña, montó una exposición de Katz. Aquel fue un verano que parecía verano, no como este que parece noviembre. Se veían tirantes, se veían sandalias, se veían gotas de helado derretido resbalando por cucuruchos y alcanzando manos y se veían lenguas de niño que les salían al paso. También se veía el aire temblando por el calor y figuritas lejanas que eran las hordas playeras si las mirabas desde el interior de un bar.

Enseguida empezó a gustarme el método, tan hollywoodiense y que tan bien le sentaba a los cuadros de Katz

La entrada del museo estaba en la penumbra y, sentado ante una mesa, un guarda de seguridad con la camisa abrochada hasta el último botón miraba al horizonte, que era una pared. Entré con un amigo y, viendo el panorama, enseguida empezamos a comportarnos como si estuviéramos en misa. "Veníamos a ver la exposición", dijimos en un susurro que le pilló de sorpresa. Chasqueó la lengua con fastidio, interrumpida la meditación trascendental, y nos señaló una sala con la barbilla. Fue exactamente como entrar en una nevera, hacía un frío polar y, a nuestra espalda, encendió de golpe unos focos que arrojaban luz azulada.

El proceso se repitió cada vez. Entrar a oscuras, el frío, las luces que se prendían cuando ya estábamos dentro. Enseguida empezó a gustarme el método, tan hollywoodiense y que tan bien le sentaba a los cuadros de Katz. Uno pasaba de la negrura absoluta, sin una rendija de luz siquiera, a sus enormes caras y paisajes, sus colores primarios, esos retratos donde todo el mundo es atractivo, estiloso tiene aspecto de listísimo, donde nunca sabes si sufren o son felices, como si eso no importara.

En una de las salas, sobre uno de esos canapés de museo que se colocan casi centrados para que desde ellos puedas ver los cuadros de tres paredes, había un visitante olvidado echando una cabezadita en el frío artificial. Cuando el guarda encendió las luces teatralmente, se incorporó como si tuviera un resorte y nos miró asustado, con un remolino en el cogote en absoluta rebelión, desplegado el pelo en modo pavo real. Se incorporó, se alisó la camisa y desapareció hacia la siguiente sala y su oscuridad. Sus pasos lejanos contribuyeron aún más a la atmósfera peliculera de la visita.

Cuando traspasamos el umbral de la última sala, el guarda suspiró y nosotros también. Debíamos de llevar un buen rato aguantando la respiración. Se despidió levantando las cejas y volvió a su silla, con todos los Katz en conserva, dentro de la oscuridad y el frío.

En la calle miramos todo marcianamente. Los colores eran brillantes y primarios, la luz cegadora y azul, la gente atractiva y lista, desplegando estilo. No había manera de interpretar sus emociones, pero qué más daba. Bajo el sol naranja de mediodía incluso hacía frío.

Un frío verano
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