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Aquel cuento perturbador

HACE CASI setenta años, un soleado día de finales de junio, una mujer de treinta y dos, empujando el cochecito de su hija con no poca dificultad, subía una cuesta camino de su casa. Venía de hacer la compra y de recoger su correo; rutinas, en principio, nada fuera de lo común. Lo que había de diferente ahí no se podía percibir de otro modo sino conociendo a la mujer y deduciendo en qué podía estar pensando mientras alcanzaba el final de la calle.

Shirley Jackson, esa mujer vecina de Vermont, cuya aparentemente plácida vida se desarrollaba sin sobresaltos, tal vez pensaba en una nueva historia. Porque Shirley Jackson era escritora de cuentos y, parece ser que, salvo en momentos como este, en que había que hacer otras cosas, permanecía sentada tecleando en su máquina de escribir el resto del día y parte de la noche. Los quehaceres diarios, de esposa y madre a finales de los cuarenta, los cumplía a rajatabla. Pero en su mente bullían otras cosas.

Shirley Jackson. EPEse día en que subía la cuesta se le ocurrió un cuento. Al llegar a casa lo escribió, después lo corrigió, pero poco, y se lo envió a su editor, al cual no le gustó en absoluto. Si creyéramos en cosas como las señales que nos envía la providencia, este primer rechazo por parte del editor hubiera sido una llamada de atención un tanto alarmante. La señal de que algo raro iba a pasar con esta historia.

Fue enviada, no obstante, a la revista The New Yorker y fue aceptada, aunque tampoco fue del agrado del editor de la publicación. Una segunda señal que debiera de ser preocupante. Con todo, el 28 de junio de 1948, el cuento titulado La lotería salió publicado en sus prestigiosas páginas. Nada de lo que había pasado antes y de lo que sucedió después en la vida de Shirley Jackson se puede comparar con esos meses de incredulidad, pánico, incomprensión y, probablemente, hastío o, incluso, arrepentimiento.

Shirley Jackson clasificó las miles de cartas que recibió, directamente y a través del New Yorker, en tres temáticas que las definían: "Desconcierto, especulación e insultos pasados de moda". También afirmó lo siguiente: "Si pensara que se trata de un muestrario representativo del público lector, dejaría de escribir".

Mucha, pero mucha gente, canceló su suscripción a la revista, cientos de personas indignadas con ella, con ellos, con esos editores en quienes podían confiar, que nunca se atreverían a ponerlos en una situación incómoda. Tan incómoda. Y aquí estaban. Ante un cuento sobre el que no sabían qué pensar, cómo reaccionar, ante el que no tenían explicación alguna y que los situaba en una posición sumamente desagradable. La reacción es el ataque. Y se pusieron a escribir cartas expedidas de algo bastante parecido a la aversión. Contra Jackson y contra la revista. Indignados, decepcionados, humillados. Por una historia de ficción. "Solo es un cuento que he escrito", dijo ella. Nada más y todo eso.

Un cuento terrorífico. Que atrapa en el arranque y espeluzna en el cierre. Que nos lleva de la mano muy sutilmente —en una trayectoria de inocencia pactada sin querer—, para después abandonarnos a nuestra suerte. Un cuento tan bien escrito que es imposible olvidar. Shirley Jackson escribió más, algunos realmente divertidos; algunos tristes, sombríos; otros inquietantes, misteriosos, oscuros. Podemos con facilidad pensarla subiendo esa empinada cuesta, con la compra y la niña, elaborando tramas, caracterizando personajes, estructurando párrafos.

Cuentan de ella que tenía la casa llena de papelitos pegados a todas las superficies imaginables, paredes, nevera, mesas, armarios. Con ideas. Con semillas de rencores futuros por parte de públicos ávidos de decir, a los gritos, en esas cartas-verdad, su razón inapelable.

Suena extraño, pero se parece mucho a esas reacciones tuiteras de ahora, solo que más lentas, con el ritmo del correo de entonces, lo que prolongaba más las consecuencias. Y lo que lleva a pensar, de paso, en esa necesidad irrefrenable de hacernos oír, diciendo lo que sea, todos llenos de nuestra razón equivocada, desubicada, loca.

¿No les apetece leer el cuento?

Aquel cuento perturbador
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