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Un buen libro no es inofensivo

Portada de 'Claus y Lucas'. EP
Portada de 'Claus y Lucas'. EP

Salgo de un libro como salgo de una tormenta o como salgo de una ciudad que no tenía nombre para mí hasta este preciso instante. Los pensamientos nuevos son turbulentos en la medida en que agitan hasta el último componente de nuestro ser. Cómo van cayendo esos elementos, cómo se van colocando en un espacio que ya no es el mismo porque se ha ensanchado, tiene mucho que ver con la transformación de un mapa que refleja el mundo -un papel pintado- en el mundo de verdad. Todo lo que no es posible agarrar con una de nuestras manos es más real que aquellos instrumentos que intentan explicar la realidad. Intento retener las palabras de ese libro. Es inútil. Porque no se sale indemne de un libro así.

Claus y Lucas, de Agota Kristof, escritora húngara, editado por Libros del Asteroide, escribe una trilogía capaz de paralizar todo lo que palpita alrededor. Te obliga a avanzar en la intemperie. Deseas resistirte, luchar, negarte. Pero no puedes a pesar del frío inhumano, de la falta de esperanza, de la aplastante soledad. No puedes por el mismo motivo por el que no puedes deshacerte de una parte de ti sin consecuencias catastróficas. Lo interesantísimo de la historia de esta lectura es que, al mismo tiempo que caminas por esa narración espeluznante, algo que era tuyo se desprende y desaparece, y solo al final te das cuenta de que lo que se fue no era importante. Lo que hace este libro con nosotros es quitarnos la tontería. Despojarnos de esos tics innecesarios que se van acumulando sin saber demasiado bien porqué. Un poco de vanidad, un poco de intransigencia, otro poco de desprecio, ese posicionarse un escalón más arriba. Ese contemplar desde lo alto. Lo que hace este libro con nosotros es demostrarnos que lo que no se puede tocar es lo más importante de nuestras vidas.

¿Se toca acaso la soledad? ¿Se puede abrazar -y retener para que no estalle- la maldad, la crueldad, la absoluta falta de empatía? Nadie quiere acercarse tanto a la soledad de un ser humano si no es para dejar claro que nunca vamos a caer en ese agujero. Pues bien, Claus y Lucas te empuja al agujero desde la primera página y ahí te deja hasta la última. Y sales del libro como de una tormenta o como de una ciudad que no tenía nombre hasta este preciso instante. Y lo que consigue con eso es regalarte uno de los viajes de tu -no siempre tan ejemplar, no siempre tan glamurosa, no siempre tan irreprochable- vida.

Después de leer el libro pensé en dos cosas: una, en el youtuber que le dio de comer a un mendigo galletas rellenas de pasta de dientes porque le pareció muy gracioso y en su juicio celebrado estos días donde recriminó a los presentes su ausencia total de sentido del humor. Y dos, en el sonajero de ese señor al que arrebataron la memoria. En su madre fusilada, en las fosas comunes, en el odio que no se puede inmovilizar ni encerrar para después tirar la llave. Hay conexiones sutiles, hilos transparentes que enlazan cosas, en principio, alejadas entre sí. La estupidez humana tiene tantas ramificaciones que cualquiera de ellas puede crecer en nuestro jardín. Por eso convendría estar tan alerta como sea posible. El día en el que a alguien se le ocurrió que podría ser divertido envenenar a una persona sin hogar, sin dinero, sin salida, todos los demás perdimos algo que pertenece a la humanidad. Vamos perdiendo cosas, como sin querer, como sin saber. Vamos perdiendo las partes que no podemos asir pero que nos hacen personas. La bondad y la dignidad son ahora más pequeñas, están ahora más heridas.

El día en que alguien pensó que era lícito, que era encomiable y necesario matar a una mujer con un sonajero en la mano, el resto del mundo perdió el trozo de memoria imprescindible para saber que la libertad y la justicia no se consiguen así.

Claus y Lucas es un libro que regenera un movimiento interior que a veces se pierde, simplemente, por un dejar fluir las cosas sin preocuparse demasiado. Sacude lo suficiente como para poner las piezas en su sitio, sabiendo más, teniendo más en qué pensar, teniendo siempre más y más por lo que luchar. Los buenos libros son peligrosos.

Un buen libro no es inofensivo
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