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Demasiado cerca de nosotros

HAY UNA película georgiana, My Happy Family, dirigida por Nana Ekvtimishvili y Simon Grob e interpretada por Ia Shugliashvili. Son complicadas las pronunciaciones al lado de nuestros López o Fernández, lo sé. Aun así, cosas peores hemos aprendido. Retener en la memoria estos nombres supone guardar esta película en la cajita de las maravillas. Es simple en su forma y gigante en su planteamiento; es una vida entera puesta en la pantalla, llenándolo todo.

Las imágenes que pasan no lo hace exactamente ante nuestros ojos, sino que hacen un recorrido más largo, más abstracto, más simbólico. Lo que se cuenta ahí es lo que transcurre dentro de cada uno de nosotros en algún momento, en muchos momentos o siempre.

Es una historia que estás dispuesta a seguir, lleve adonde te lleve. Y no recorres paisajes fáciles, anchas llanuras sin esfuerzo alguno. Vas por zonas escarpadas, con músculos doloridos y un latido en constante aceleración. Al mismo tiempo, como si fuera magia, te desdoblas en otra escena en la que también caminas, que también exploras. Es un cuadro en calma, una placidez no lograda todavía, pero ya sentida. En esos dos niveles de exploración se mueve el espectador, percibiendo con fuerza, como si saliera una mano de una imagen y te agarrara, con energía y suma delizadeza al mismo tiempo. Vale la pena experimentar arrebatos así. Gran película.

Leo Buscando Mercy Street, escrito por Linda Gray Sexton, hija de la poeta Anne Sexton, sobre la relación con esa madre enferma, exquisita y destructiva, inmensa y monstruosa. Lo que hay en ese libro no viene dado por la forma, sino por la historia.

Si al mismo tiempo se combina esa lectura con la poesía de Anne Sexton, a lo que se llega es a un terreno viscoso y deslumbrante, peligroso, también.

Algo que, al pisar, resbala y al intentar esquivar, succiona. Algo, como una magia, que produce atracción irresistible y repulsión irresistible. Que, por tanto, no puede no leerse. Mercy Street, según la hija, fue una calle metáfora para la madre, un lugar que nunca fue y que siempre estuvo ahí, en una imagen imposible.

De cosas así, sueños inalcanzables, deseos incumplidos, recuerdos rotos, perdidos, destrozados por el tiempo o por las confusiones, o por el silencio, o por todo eso y más cosas, salen, a quien le salga —a Anne Sexton— poemas que si se leen, si se tocan, vibran. Hacen música.

"Ten cuidado con las palabras,/ incluso con aquellas milagrosas./ Para las milagrosas hacemos lo mejor posible,/ a veces se enjambran como insectos y dejan no una picadura sino un beso".

Lo que llega con la noche. A veces. O lo que llega con el día o con el momento de mirar o el de partir, es una poética. Una poética que es como encender una luz y de pronto ver algo que no estaba o que estaba, pero no se alcanzaba con la vista. No por lo lejos, sino por lo contrario. Por demasiado cerca.

Hay otro poema, otra poeta, Wislawa Szymborska, premio Nobel de Literatura en 1996 —o sea, antes de—. Que escribió esto:

"Estoy demasiado cerca para que él sueñe/ conmigo./ No vuelo sobre él, de él no huyo/ entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca./… Estoy demasiado cerca, demasiado cerca para que él sueñe conmigo./ Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,/ Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias./ En la punta de cada una de ellas, para su recuento, se han sentado ángeles caídos".

Y no sabes exactamente lo que te pasa, pero es otra cosa que no ocurría antes. Una manera de mirar distinta, una manera de caminar distinta, una manera de recibir la noticia que sea, distinta.

Después de películas así, de lecturas así, hay opciones. Que tú puedes elegir. Continuar por esa senda abierta llena de incertidumbres que pueden resultar maravillosas, trepidantes, terroríficas y desoladoras o quedarte parada, como en suspenso, y seguir viviendo la vida que tenías, negándote a conocer más que lo que tienes al alcance, o lo que tienes un poco lejos. Nunca acercándote tanto como para que duela o para que estalle o para que salga un monstruo o un prodigio.

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