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Entre el horror y la belleza

EN ESTOS DÍAS ha sido rescatada Patricia Aguilar de las garras del Mesías y se ha muerto Claude Lanzmann. Se hacía llamar "príncipe Gurdjeff", captaba mujeres a través de internet y en una selva peruana, en condiciones horrendas, las mantenía como sus esclavas. Decía que había sido elegido para repoblar el mundo tras el Apocalipsis. Y que ellas, gracias a él, iban a ser salvadas. Salvar por el método de secuestrar, violar, maltratar y someter. El lenguaje se retuerce para adecuarse a los objetivos de cada cual. Es peligroso eso.

Lanzmann, representante, temido y admirado, de la intelectualidad francesa, de carácter arrebatado, ego nutrido, opiniones absolutas. Deja tras de sí un legado importante y con espacio para la reflexión. Deja su amor con Simone de Beauvoir, su amistad con Sartre y su dirección de la revista fundada por ellos, Les Temps Modernes. Deja más cosas. Pero, sobre todo, deja ‘Shoah’, ese documental de casi diez horas que muestra el hoy de lo de ayer. Enseña que donde hay bosque infinito hubo campo de exterminio; donde hay vía de tren en pueblo inofensivo, hubo vagones de ganado atestados de prisioneros judíos, apenas vivos y ya muertos, en dirección a Auschwitz; donde hay explicaciones o ausencia de ellas, hubo connivencia u omisión, hubo mirar hacia otro lado y seguir con la vida propia.

El pasado se retuerce para adecuarse al presente. Mucho lo hace la naturaleza que, junto con el tiempo, es capaz de tapar el horror, a veces incluso con belleza. Y otro tanto lo hace el olvido, que, queriendo o sin querer, dirige, en cierto modo, nuestra cotidianidad. Es peligroso eso. Porque hay cosas que no se pueden olvidar. El sufrimiento ajeno es lo menos ajeno del mundo. Lo humano no debería ser extraño a los ojos de nadie.

Pienso todo esto porque en unos días estaré en Polonia y pisaré la misma tierra que pisó Claude Lanzmann para hacer ‘Shoah’ y contar el genocidio evitando la ficción. Lo que quiere decir que donde hubo hornos crematorios nosotros vemos campo abierto, que es lo que hay ahora. Y lo que vemos también son campesinos de la zona señalando el lugar en el que los nazis hacían desaparecer los cadáveres judíos. No hay nada, salvo el testimonio. Y eso quiere decir que hay todo, porque hay memoria. Así que, al tiempo que piso esa misma tierra en la que millones de personas fueron exterminadas, honraré su memoria. Dicen que Polonia es un país bonito. La belleza no siempre oculta el horror, en muchas ocasiones convive con él. Es posible eso, pero es peligroso también.

El disfrute no está exento de memoria, el color no está lejos de la oscuridad negra. Ser capaces de la vida, en plenitud, o querer acercarse a eso, no significa ponerle un velo al recuerdo, lo mismo que no significa regodearse en la monstruosidad. La felicidad es algo que viene y va, que sube y baja, que se vacía y se llena en función de múltiples circunstancias. Lo terrible suele estar siempre, a la vez, en múltiples partes del planeta. Parece lejos porque no nos toca, pero es tan cerca como tan próximo puede estar un ser humano de otro.

Quizá, alguna vez, vaya a Perú y me adentre en la selva, me acordaré entonces de Patricia Aguilar, que fue sin saber y después ya todo lo demás llegó tarde. Y me acordaré de las otras mujeres que allí vivieron bajo el yugo de aquel mesías que creía que salvar era lo mismo que condenar. Y como la memoria es lo que tiene, que hila fino y enlaza recuerdos, traeré a la mente al resto de mujeres que, sometidas, murieron o malvivieron, en medio de un sufrimiento infinito. No hace falta, de todos modos, ir a Perú para pisar calles que levantan dolor al mismo tiempo que el pie se eleva para dar otro paso. Están llenos los países de travesías así.

En Auschwitz me acordaré de Lanzmann, que tanto hizo por la memoria. Y cada trozo de tierra polaco me acercará al espanto de cada persona que allí fue asesinada.

De Primo Levi, de Ana Frank, de Victor Frankl, de Imre Kertész, de Hannah Arendt y de tantos otros que estuvieron y reflexionaron o que no estuvieron y reflexionaron. De todos. La memoria vive entre el horror y la belleza. 

Entre el horror y la belleza
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