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No todo junto, a poquitos

CASI CADA momento es un momento de transición, de camino hacia algo. Ser consciente de ello todo el rato podría llevarnos a una especie de colapso nervioso. A un conflicto eterno con el propio yo en continuo cambio, sin apenas lugar para descansar en algo sólido. Sin embargo, este relativismo podría llevarnos también a una concepción errónea de lo que nos pasa, al menos, tomada así tan al pie de la letra, como es erróneo su contrario, esa construcción absoluta de un yo completo desde el primer instante. Así las cosas, pensando, sobre todo, en la posibilidad de ser felices, deberíamos buscar el punto exacto en el que haya lucha, pero con aceptación de ciertas cosas. Y no me refiero a una especie de asunción sumisa de lo que nos va sucediendo cada día, como si fuéramos un receptáculo que se llena de experiencias sin tener apenas margen de maniobra, sino a un equilibrado andar por el mundo, sabiendo, en todo instante, que de nosotros dependen muchas cosas. Como la sonrisa.

Mirémoslo de otra forma. El correr de los relojes puede ser motivo de aflicción. Ya saben, pasan los años demasiado rápido, el tiempo es el concepto más disciplinado del mundo. Y más individualista. Ya pueden desaparecer especies, arder Roma, ser aniquiladas tres cuartas partes de la población europea a causa de la peste negra; ya puede haber holocaustos, pogromos y atentados horrendos; ya pueden caer meteoritos despista dos en alguna superficie próxima, muy próxima a nosotros, que al tiempo le da igual. Ni se para ni se inmuta. Ni lo hará jamás, presumiblemente. Esta constatación nos deja un margen más pequeño para reaccionar. Pero tampoco hay que agobiarse, tenemos oportunidades suficientes como para componernos una existencia satisfactoria.

Y tampoco, claro está, hay que dormirse en los laureles, no nos engañemos. Recuerden: tic tac tic tac. Entonces, lo que cabe preguntarse es qué hacer y cómo hacerlo. La construcción de ese yo feliz pasa por examinar el pasado, a ser posible, con una mirada más tierna que arrepentida; o sea, extraer las partes que sirven para crecer y analizar el resto en la distancia serena del presente. De ese viaje se sacan siempre conclusiones que ayudan, aunque no se sepan definir con exactitud. También es saludable dejarse arrastrar por aquello que fuiste, cuando fuiste feliz; por aquello que quisiste cuando quisiste y sentiste; por aquello que conociste y, de pronto, supiste, haya sido lo que haya sido el resultado final. Esa corriente emocional es una energía que rescata algunas cosas que merecen estar en nuestra actualidad, en este instante. No es que salve, pero aporta herramientas útiles para una vida buena.

Si echamos un vistazo al futuro, lo mejor es mantenerse en ese punto de soñar siempre pero a poquitos, no vaya a ser que un sueño ideal y enorme nos convierta el presente feliz en ahora derrotado. Por tanto, no a las utopías, sí a los anhelos de belleza, de justicia, de felicidad y de paz, sabiendo que ni todo ni siempre ni tanto ni junto. No a la renuncia de valores, sí a la noble aspiración de su consecución, para una misma, para los demás, para el mundo, sabiendo de antemano que la cosa va a ser difícil. Ese saber no es, sin embargo, motivo de pesadumbre sino de bienestar. Es el hecho de seguir buscando lo que nos agarra a la tierra y nos da la solidez que necesitamos. Es el hecho de seguir luchando por una realidad alcanzable lo que nos aporta la firmeza, lo que permite que ni nos cansemos ni nos aburramos ni nos consumamos ni desaparezcamos en un vacío existencial.

Así que: ni todo ni siempre ni tanto ni junto, pero sí un poquito de todo un poquito de siempre un poquito de tanto y otro de junto. De vez en cuando, en los momentos, y no para despistar al tiempo sino para aliarse con él y, ya que se avanza, avanzar alegremente, mirando las cosas que hay a nuestro paso, la gente que también camina, lo que se deshace y se construye, lo que se pierde y se encuentra, lo que se supo y permanece, lo que todavía no se sabe, ni se ve, pero se quiere.

Habrá, seguro, otros métodos. Este va funcionando.

No todo junto, a poquitos
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