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Para decir todo esto y más

DE LA MANO de mi madre —esto lo deduzco— mediada la década de los setenta del pasado siglo, entré en un cine por primera vez. Estábamos en Madrid, a una hora incierta de la mañana. Proyectaban Fantasía, de Walt Disney, esa sorprendente y maravillosa conjunción entre animación y música clásica, estrenada en los años cuarenta e incomprendida en su tiempo, como tantas otras cosas que se alejan alegremente del camino marcado y se inventan a sí mismas. No recuerdo si tenía cuatro, cinco o seis años, no recuerdo la calle en la que estaba el cine, no recuerdo lo que había alrededor, no recuerdo nada de esa mañana, ni del resto del día, ni de esa ciudad, ni del viaje a esa ciudad, ni del regreso a Lugo. No recuerdo nada más, salvo la película. O mejor. Salvo la sensación que me produjo esa película. Algo que soy capaz de revivir ahora mismo, algo que sigue conmigo, sea cual sea la dirección que tome, el camino por el que vaya. Otro día, de otro año borroso, mi padre —que pinta — comenzó a llenar las paredes de mi habitación de personajes de cuentos intantiles y no tan infantiles, en una especie de adelanto de lo que vendría en mi vida de lectora. Me acuerdo de tener en la cabecera a Astérix y Obélix y también me acuerdo de la gran marmita de brebajes de Panoramix, el druida, y lo recuerdo a él, revolviendo el líquido con una sonrisa entre satisfecha y pícara. En mis paredes. El olor a pintura, la paleta atestada de montoncitos de color, que, al secarse, me producían un efecto llamada irresistible —ahí iba yo a tocar con mis deditos ese fenómeno—. Estaban también Tom y Jerry, haciendo de las suyas, y más personajes ocupando los espacios vacíos. Pero había un trozo de pared que era mío. Y allí pintaba yo, mis dibujos hechos con tres, cuatro y cinco años, mientras mi padre pintaba en el resto de la habitación. De pronto otro día, quién sabe qué día, se llenó la casa de jóvenes americanos, integrantes del grupo Viva la Gente (Up With People) a los que mis padres acogieron durante el tiempo que duró la gira que daban por estos territorios. Cuando la gira acabó, ellos no se marcharon inmediatamente y después regresaron muchas veces, gracias a una amistad construida sobre una única y portentosa base: la creencia en el ser humano. Hubo música, alegría, esperanza y futuro. También algún drama, por lo que supe después. Y, por supuesto, infinitas conversaciones hasta altas horas con mis padres hablando poco inglés y ellos hablando poco español. Aún así. Lo que se dijeron, quizá sin decir, perdura hoy. Yo tenía pocos años y no participé, pero lo viví. Conservo una foto en la que visto un pantalón de peto amarillo, que me regalaron, con la consigna Up with people en una pierna. Y sé, desde aquel día, lo que significa la amistad. Recuerdo mis cuentos favoritos y los recuerdo por la sensación: La brujita Wanda, de Mariette Vanhalewijn, escritora belga de literatura infantil, que contaba la historia de una niña bruja, que cogía a escondidas la escoba de su madre y se iba por ahí a hacer sus travesuras volando sobre ella. Soy consciente de poco más. Sí, y siempre, de la emoción de libertad, que ahora sé poner en palabras. Los Barbapapá, escritos e ilustrados respectivamente por la pareja francoamericana Annete Tison y Talus Talor, eran mis modelos a seguir, esa familia de muñecos de colores que se convertían en lo que querían en cualquier momento. El padre era de color rosa y la madre de color negro y, desde entonces, la diversidad, el respeto y la sabiduría de la diferencia, vienen conmigo adonde yo voy. Mi héroe absoluto era Pumuky, de la alemana Ellis Kaut. Un duende incorregible que solo era visible para Eder, el carpintero. Soñaba con hacer las cosas que hacía con su invisibilidad. Adorada independencia. Yo leía esos cuentos como si creyera que ahí dentro había algo esencial. Mi madre me leía, me leía, me leía, me leía. Y yo ahora leo, leo, leo, leo. No pinto, ni en paredes ni en lienzos, pero busco la belleza a mi alrededor. Estudié Comunicación Audiovisual y yo, sin el cine, no me encuentro. Y escribo. Para decir todo esto.

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