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Nestes tempos de andar ás présas, palabras cociñadas devagar.

Todo esto

Todavía suenan en mi cabeza las palabras de A. contándome entre lágrimas que sus padres estaban ingresados a la vez. Su impotencia era la misma que sentía S. al no poder visitar a su abuela de 94 años en la residencia, incapaz de comprender por qué sus nietas no estaban a su lado. También está reciente el miedo de C., que trabaja en el hospital, a contagiar a su madre, cuyo corazón pende de un delicado hilo de salud. Recuerdo el silencio de Z. cuando comenzó 'todo esto' y no se apuntaba a las quedadas virtuales y cómo poco después nos contó desde su casa de Madrid que había sufrido algo parecido a una gripe brutal. O la psicosis por la desinfección cada vez que X. llegaba del súper, mascarilla y guantes en ristre, reinventándose para sobrevivir. No olvido la carta de aquella enfermera destrozada por la soledad de sus pacientes que ponía la mano en la frente a los que no había nadie para despedir ni del enfado de L., deportista federado que camina 8 km diarios y el doble en temporada de pesca, porque el Gobierno lo había incluido en el saco de las personas dependientes que a lo sumo salen una hora al día a 1 km de distancia. Está tan fresco como que aún ayer hablaba con N. de que este año se quedan sin excursión de fin de curso. Y con J. que acababa de empezar una nueva vida a mil km de distancia y la pandemia le pilló antes siquiera de que pudiera hacer la mudanza. Y hace solo un rato pude vera mi abuela deseos a de abrazos lanzar besos a una pantalla. 

Los esfuerzos no han terminado y está demasiado presente el dolor que sigue causando. Nos hemos agarrado a una primavera floreciente para no perder la esperanza. Miramos al sol desde la ventana para sentir su calor acariciándonos la cara y no queremos que nada estropee que hoy podamos hacer lo mismo en la playa o en la calle. De alguna manera seguimos resistiendo mientras observamos atónitos cómo nos quieren dividir la playa en cuadrículas de 3x3. Tenemos las fiestas aplazadas, las verbenas en el aire, la economía arrasada. La incertidumbre planea sobre la vuelta al cole y el horizonte se ve algo más nublado que hace 71 días. 

Por eso no entedía ayer las quedadas a deshora y los corrillos. Ni entiendo las prisas ahora ni las caras descubiertas. Por eso tampoco aguanto a la clase política preocupada por sacar rédito electoral a la tragedia mientras buscamos una salida. No entiendo a los que lanzan mensajes contradictorios, y hablan sembrando dudas, fakes, mentiras y amenazas, a los que utilizan a los muertos y me enfada que hagan más vulnerables todavía a los que lo han sido en esta crisis sanitaria: nuestros mayores. 

La responsabilidad de quienes nos representan también tiene que ver con eso. No es momento de eufemismos, de dobles juegos. Es hora de pensar en la ciudadanía a la que representan y de tomar decisiones sin pensar en el feedback que traerá a las urnas. De esta crisis solo salimos si remamos todos juntos. En el ámbito educativo, si profesores y padres caminamos a la par, en la empresa si tiramos todos a la vez, el comercio local si vamos todos a una a salvarlo. Con el medio ambiente, lo mismo. El futuro será si nos lo tomamos en serio. Si invertimos en ciencia, en salud y educación. Si cuidamos de lo que verdaderamente importa. ‘Todo esto’ no ha terminado todavía, que no se nos olvide.

Todo esto
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