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La vuelta a casa

El sueño de un nacionalismo gallego reunificado es todavía impensable, pero hay algunos movimientos en esa dirección
 

Anxo Quintana. AEP
Anxo Quintana. AEP

EL MIÉRCOLES día 13 se cumplirán siete años de la baja de Xosé Manuel Beiras del BNG, más o menos dos semanas después de la traumática asamblea de Amio que fracturó el nacionalismo gallego, seguramente para siempre. Junto al que fuera uno de los fundadores del frente en 1982 se marcharon otras figuras históricas y de peso que, con el tiempo, acabaron desperdigadas, bien en diferentes proyectos políticos o, directamente, en su casa.

La del Encontro Irmandiño de Beiras y Martiño Noriega fue la primera de las secesiones y quizás la más sonada, pero no la única. Un mes después salía del Bloque otra corriente interna, Máis Galiza. Aunque buena parte de sus pesos pesados como Aymerich o Xesús Veiga se quedaron en la casa común para tratar de cambiar las cosas desde dentro, Xoán Bascuas, el exsenador Pérez Bouza, Constenla, Araúxo y otros nombres iniciaron una nueva aventura que desembocaría en Compromiso por Galicia. Además, aprovechando el revuelo montado, la Esquerda Nacionalista de Xosé Chorén y el PNG de Xosé Mosquera también se descolgaron, junto a pequeños colectivos juveniles y afiliados a título particular, que buscaron acomodo en otras siglas.

Pero fue el canto de sirena de las mareas en 2015 el que atrajo a más nacionalistas descarriados. Pérez Bouza abandonaba CxG en abril de 2016 para coquetear con el rupturismo mientras Aymerich compartía ese mismo verano el Día da Patria con Anova en el parque compostelano de Galeras. Antes había sido Quintana y después fue Xavier Vence. Y así muchos más. Decenas.

Hoy, siete años después de la fractura del Bloque en Amio y cuatro después de la irrupción de las mareas, el sueño de un nacionalismo gallego reunificado alrededor de un Bloque con el músculo de antaño o de un nuevo proyecto transversal es todavía impensable. Sobre todo porque las heridas fueron profundas y, por ahora, muy recientes. Sin embargo, sí se detectan algunos movimientos en esa dirección, alimentados sobre todo por el fracaso del experimento nacionalismo-federalismo-rupturismo.

→ Las bases marcan el camino
La desbandada de En Marea ha dejado a muchos nacionalistas colgados en tierra de nadie. Hace cuatro años, antes de las municipales, en el Bloque sonaba con frecuencia el teléfono con las malas noticias de afiliados o simpatizantes que se aventuraban en las listas de la confluencia. Pero ese furor se acabó y en la sede compostelana del BNG el teléfono está apagado y, cuando suena, son altas. O al menos eso afirman. La última sonada fue la de Suso de Toro.

Al Bloque Nacionalista Galego le ha bastado en estos tiempos de efervescencia política aplicar la disciplina de la UPG para mantener engrasada su estructura —que es la que lo distingue de otros proyectos y la que lo mantuvo vivo en sus horas más bajas—, refrescar su imagen con Ana Pontón y darle unas pinceladas a su logotipo. A partir de ahí, puede sentarse y esperar la vuelta a casa de algunos de sus hijos pródigos.

Falta por saber si ahora que se avecinan elecciones esos movimientos de las bases estarán acompañados por gestos de las cúpulas en el mismo sentido. El trío BNG-Anova-Cerna parece difícil de reconciliar, pero el camino podría empezar por otro lado, el del Bloque y Compromiso por Galicia. En 2016 ya hubo ofertas que no cuajaron. Pero volverá a haberlas. Y no tardarán.

→ Los retos de futuro
Más allá de las alianzas y de la fragmentación, el nacionalismo gallego se enfrenta a dos problemas de calado. Uno de ellos, tan viejo ya que corre el riesgo de cronificarse, es el de ser incapaz de conectar con toda la Galicia que en mayor o menor medida se siente nacionalista, una parte del país mucho más amplia de lo que muchos pueden pensar y de lo que reflejan las urnas.

Y el otro, más reciente, es el problema de la polarización que está generando el conflicto catalán en España alrededor del papel del nacionalismo. Ya no valen posturas tibias, medias tintas, ni equidistancia. El regionalismo o el galleguismo van camino de ser meros sucedáneos. Aquí y ahora la realidad social y política empuja cada vez más al ciudadano hacia las trincheras: la del nacionalismo español y la del nacionalismo gallego. Y este es un conflicto en el que ya se sabe quien lleva las de perder. Especialmente si en las trincheras gallegas andan a tiros entre ellos. 

Quintana reaparece a las puertas de otro periodo electoral
Igual que hizo en 2014, a las puertas de unas elecciones, el que fuera vicepresidente de la Xunta con el bipartito (2005-2009) y líder del BNG Anxo Quintana reaparece tras un tiempo apartado. En su anterior intento de hacerse hueco a través de la reapertura de un debate sobre el nacionalismo no tuvo mucho eco. Ahora quizás sea distinto, porque el político de Allariz no viene solo. De momento, el miércoles ofrecerá una conferencia  en la facultad de Políticas de Santiago titulada ‘O futuro do nacionalismo galego’, a las 18.00 horas. Organiza la Irmandade Galega Universitaria y no será un acto aislado de Quintana, al que a lo mejor hay que acostumbrarse en los próximos meses.  

Casado empieza a incomodar al PPdeG
"Cada vez que abre la boca sube el pan". Esta reflexión sale de un colaborador del Partido Popular de Galicia para referirse a Pablo Casado y a la deriva derechista en la que embarcó a la formación. Por mucho que en público se guarden las formas, lo cierto es que algunos ejes del argumentario que se cocina en Génova no le son de gran ayuda a la sucursal gallega del partido. El carácter que confiere el hecho de ser una comunidad histórica, junto al giro galleguista que Fraga dio en su día y del que tanta rentabilidad electoral obtuvo —al desactivar la irrupción de una fuerza nacionalista que pudiese pescar en el centroderecha—, hacen del PPdeG un partido al que le cuesta más navegar con el capitán escorando el barco hacia la derecha. Si Casado tiene a Núñez Feijóo como referente, como suele presumir, debería escuchar su consejo más habitual: el PP no debe perder el centro. Porque en él se ganan las elecciones y porque, si lo abandona, se lo deja libre a Sánchez, brindándole la única salida al laberinto en el que está metido. 

Mareas, atrapadas entre lo legal y lo ético
Andan revolucionados estos días los alcaldes de Santiago y A Coruña, Martiño Noriega y Xulio Ferreiro, por el escándalo de los contratos menores a empresas afines a algunos miembros de ambos ejecutivos locales. Poniendo por delante el presuntamente, conviene hacer tres reflexiones básicas. La primera es que en política casi todo vale y en periodo electoral, más, así que este tipo de operaciones no tendrían que sorprender a nadie. La segunda es que, según parece, la historia no se acaba aquí sino que va para culebrón, por lo que no se puede descartar que todo este revuelo llegue a la campaña del 26-M e incluso tenga repercusión en las elecciones. Y la tercera y más importante es que Compostela Aberta y la Marea Atlántica están atrapadas en un limbo incómodo, donde su gestión respecto a estos contratos es legal, pero no ética. Es exactamente lo mismo que ocurre con la operación Pokemon y otras similares: no son reprobables a nivel judicial, pero eso no significa que no lo sean socialmente. Porque son corrupción. 

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