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Ningún asalto al poder está exento de riesgos

LA OPERACIÓN puesta en marcha por Abel Caballero y su entorno, que por más que lo niegue no puede ocultar que lleva su sello, no hace más que responder a una sucesión lógica y cronológica de los hechos: primero el cambio en la dirección federal, después el relevo en la autonómica y, por último, la llegada de nuevos aires a nivel municipal, con cambios tanto de nombres como de filosofía política.

Lo que ocurre es que este paso al frente de los críticos para hacerse de una vez por todas con el poder del socialismo gallego, que es en realidad lo que está en juego, entraña ciertos riesgos, como cualquier toma de una fortaleza; por mucho que el asalto definitivo vaya precedido de meses de sitio, en este caso una campaña de acoso y derribo contra Pilar Cancela tratando de forzar una dimisión que nunca llegó.

El primer riesgo, bastante previsible por cierto, es que el socialismo gallego en su conjunto no se vea representado en el nuevo equipo de entre 15 y 20 personas diseñado para la nueva gestora, con amplia mayoría de críticos y, sobre todo, en su presidenta, Carmela Silva, demasiado significada en la batalla interna del PSdeG como para destilar algún consenso. De hecho, los instigadores del plan debatieron en su día si sería mejor un perfil más integrador como el de López Orozco o González Laxe para situar al frente del organismo, una opción que finalmente se desechó.

Otro riesgo es que, aunque parece lógico que Ferraz avala este cambio de gestora, los tiempos de Madrid no casen del todo con las prisas que exhiben algunos críticos en Galicia, especialmente los de Vigo. Mar Barcón habló de un relevo «en días», mientras que otras fuentes apuntan a que podría tardar algo más al tener la gestora estatal otras prioridades.

El tercer riesgo al que se enfrenta es que el cambio de gestoras no libre al proyecto del PSdeG de la sensación de provisionalidad, teniendo en cuenta que el papel de una gestora, que es una especie de parche temporal, es pilotar el partido hasta la celebración de un congreso y unas primarias de las que salga el nuevo líder.

El cuarto riesgo está directamente vinculado a ese hecho de prorrogar una situación temporal hastas que se celebre el congreso federal y, solo después, fijar el autonómico. Esto podría demorarse hasta casi un año, un tiempo que ganaría por ejemplo José Ramón Gómez Besteiro para tratar de librarse de las garras de la Justicia y regresar como salvador de los suyos, deseo expresado por más de un dirigente socialista afín a él en las últimas semanas.

Y el quinto y último riesgo, el más grave, es que el sector besteirista rechace integrarse en la gestora, imitando lo que hizo el PSOE de Vigo cuando se negó a entrar en la dirigida por Pilar Cancela. Formoso ya amagó ayer mismo con hacerlo. No hay que olvidar que la línea oficialista derrotó a los críticos en las primarias para elegir candidato a la Xunta y conserva el poder en las provincias de A Coruña y Lugo y pequeños feudos en el sur. Un gesto así no haría más que escenificar que la brecha abierta en el socialismo gallego no tiene solución; justo lo contrario de lo que se quiere conseguir.

Ningún asalto al poder está exento de riesgos
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