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Las tres variables demográficas

LOS DATOS que dio a conocer este viernes el Instituto Galego de Estatística (Ige) no son más que la transcripción en forma de cifras y porcentajes de una realidad alarmante, compleja y que Galicia arrastra desde hace ya más de un cuarto de siglo. De hecho, en 1993 ya se empezaba a ver con preocupación la crisis demográfica, como reflejó el último disco no recopilatorio de Antón Reixa y Os Resentidos, ‘Están aquí’, en el que llamaban a la calma al garantizar que los extraterrestres eran en realidad gallegos de pleno derecho que podían sumarse al ya menguante censo poblacional.

Bromas aparte, a la hora de abordar la crisis demográfica gallega podría hacerse desde tres perspectivas diferentes: la social, la económica y la utópica.

La primera implica un análisis de la evolución social en los últimos años, que nos aporta datos interesantes. No solo el ya manoseado argumento del retraso en la edad de ser madre por la incorporación de la mujer a los estudios o el mercado laboral, sino también el incremento porcentual de parejas que, directamente, no quieren tener hijos. Años atrás se trataba de un colectivo poblacional simbólico, casi testimonial, pero hoy no es así; y además aumenta. Parejas que pese a tener esa posibilidad, la rechazan, fruto de la evolución social y cultural. Una decisión respetable pero que a nivel estadístico agrava el problema y que además no está en manos de ninguna solución de tipo político.

Caso bien distinto es el de las parejas que, queriendo ser padres, no pueden por problemas sociales como puede ser, por ejemplo, la conciliación. Aquí la reflexión está clara: se pueden aprobar medidas en la línea de la actual Xunta, pero el propio Ejecutivo gallego reconoce que ni unas semanas más de baja maternal-paternal ni una ayuda de 100 euros al mes podrán revertir la situación. Está claro que se necesitan medidas de calado y, cuando se dice calado, se habla de pasar de cuatro semanas de baja maternal a año y medio o dos para el núcleo familiar, como en algún país nórdico. Puede que suene a disparate, pero si se quieren efectos casi inmediatos en un asunto de evolución tan lenta como el demográfico, se necesitan cambios radicales de ese calibre.

La segunda variable de la crisis demográfica es la económica. Parte de la premisa de que, si hay trabajo y oportunidades, los jóvenes emigran menos, las parejas tienen medios para ser padres y llegan más emigrantes en busca de oportunidades. España recibió 6 millones de extranjeros para trabajar entre 1990 y 2010, pero el porcentaje de ellos que eligió Galicia para asentarse fue bajo. Y con la crisis se acabó lo de arreglar el censo vía emigración. Si no hay trabajo o es precario, una guardería pública —que cuesta sobre 200 euros al mes— es un lujo. Y mientras una sola pareja que quiera tener hijos no pueda por causas económicas, todos habremos fracasado como sociedad.

Por último, no puedo dejar de apuntar la vía utópica que daría salida a nuestra debacle vegetativa. ¿De verdad soy el único que piensa que miles de refugiados estarían mejor en nuestras casas semiabandonadas del rural que hacinados en campamentos a las puertas de Europa?

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