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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Andarse al loro

Los jalean como si estuvieran en un estadio y su portavoz acabara de encender una bengala y desplegar una pancarta: "Que os jodan"
Jaula de loros. NARANJO (Efe)
Jaula de loros. NARANJO (Efe)

A STEVE NICHOLS lo tienen harto. Una pandilla de macarrillas la ha tomado con él y le llaman "gordo" cada vez que se lo cruzan. Y eso es lo más suave. "¡Que te jodan, gordo!", le gritan entre otras barbaridades estos cinco elementos. Eso al pobre Steve, que se supone que tiene autoridad y ni siquiera está especialmente gordo, si acaso un poco rellenito, porque con otros son mucho más groseros.

La historia no tendría nada de especial, podría ser el día a día de cualquier profesor en un aula conflictiva de primero de Bac, si no fuera porque Steve dirige el zoológico Lincolnshire Wildlife Park y la cuadrilla de impertinentes está formada por cinco loros grises africanos. Los animales tampoco han sido criados juntos por un propietario maleducado y cabreado, lo que podría ser una explicación al comportamiento compartido, sino que fueron donados al zoo por cinco propietarios distintos.

Fue cuando los encargados del centro los pusieron juntos en una jaula para que pasaran la cuarentena antes de mezclarlos con los otros ejemplares cuando los bichos comenzaron a interactuar entre ellos como mejor sabían, a base de tacos, juramentos e insultos. Las primeras veces hacían gracia, pero acabaron por convertirse en un grupo ultra de hooligans borrachos que no dejaban títere con cabeza ni respetaban a visitantes ni cuidadores.

"Maldicen y, encima, los otros se ríen cuando uno de ellos insulta. Esto parece una taberna", se lamentaba el director del zoo esta semana en una cadena de televisión, mientras por detrás se oía a uno de loa loros gritar "gordo" y el resto lo celebraba divertido. Al final, los tuvieron que separar y poner a cada uno en una jaula para que fueran tranquilizándose.

Al parecer, que los loros que recogen en el zoo lleguen con insultos y palabrotas aprendidas no es excepcional, ya se sabe que los niños repiten lo que escuchan en casa. Lo extraordinario fue el efecto de reunirlos a los cinco, el hecho de que entre ellos se retroalimentaran y potenciaran sus estrambóticas habilidades de ese modo, que formaran un grupo tan peculiar y que se lo pasaran tan bien con sus malos rollos.

Al final, hasta me dio un poco de pena saber que los habían separado, no parecen la peor compañía para ir a tomar unas cervezas y echar unas risas. Pero comprendo al gordo, el espectáculo no era muy edificante. Yo me sentía igual que él estos días, escuchando la sesión de control al Gobierno en el Congreso o presenciando atónito el número de payasos y domadores que se ha montado entre Sanidad y el Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso a cuenta del descontrol de la pandemia en Madrid.

Un político maleducado, faltón, soberbio e ignorante no es un caso excepcional, los ha habido, los hay y mucho me temo que los habrá siempre. Lo que parece extraordinario es la cantidad de ellos que han coincidido en este momento determinado y lo bien que parecen pasárselo con sus respectivas idioteces cuando se reúnen en el mismo hemiciclo.

Repiten como cotorras lo que han escuchado en las sedes de sus partidos, donde se han criado la mayor parte de ellos sin otro contacto con la realidad. Sueltan las sandeces que llevan escritas y sus réplicas henchidos de orgullo, satisfechos de sí mismos como si acabaran de marcar un antes y un después en la historia de la política, inconscientes del efecto que realmente causan entre los escandalizados ciudadanos. La primera bromita está bien, se aguanta y hasta puede ser graciosa, pero convertir cada intervención, cada debate en una caricatura cansa.

Y más si sus respectivos compadres del grupo los jalean y aplauden con una irracionalidad tribal, divertidos, como si en lugar de estar tratando el futuro del país estuvieran en un fondo de un estadio de fútbol y el portavoz de turno acabara de encender una bengala y desplegar una pancarta con el lema "¡Que te jodan!".

Quiero pensar que no todos son así. Sé que no todos son así, que hay políticos, como los hubo y los habrá, preparados y responsables, con capacidad de gestión y sentido de Estado, o al menos sentido común. Pero es que nos lo están poniendo muy complicado, hay momentos que ya lo dudo.

Y tampoco podemos olvidar que los políticos de un país son fruto directo de la sociedad que los ha votado, que somos nosotros los que los hemos educado así, los que les hemos enseñado a relacionarse con insultos y desprecio. Además, a estos no los podemos separar en jaulas individuales, como a los loros, para que se vayan calmando. Los necesitamos no solo juntos, sino también revueltos si no queremos salir de esta totalmente desplumados. Tendremos que andarnos al loro.

Andarse al loro
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