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Eternamente enojado

Mantengo con la Semana Santa una relación bastante contradictoria, casi de amor-odio. Supongo que un poco como le pasará a Jesucristo, aunque por motivos bien diferentes, Dios me libre; mi amor por los demás no pasa de cierta simpatía, y eso solo por cuatro mal contados y en mis mejores días.

Mi confusa relación con la Semana Santa habría que buscarla más, como todo, en aquella infancia de un niño de familia irregularmente católica (unos más que otros), de colegio religioso y criado en un pueblo de interior en los años 70, cuando por estos días todo era oscuridad y penitencia, los bares y las tiendas cerraban y en la radio solo sonaba música religiosa y el rezo del rosario. Era un pueblo apesadumbrado que compartía la culpa del pecado.

Aún recuerdo cómo me impresionaba. Meses antes incluso se seleccionaba al chaval que iba a portar la cruz en la procesión del calvario para que diera tiempo a dejarse el pelo largo y hasta algo de barba. Era un honor. Y recuerdo mi admiración cuando seguía al Sepulcro viendo cómo se iban turnando en las andas los hombres del pueblo, con los rostros deformados por el peso, porque para nosotros que te dejaran dar relevos en el Sepulcro era como una especie de paso a la edad adulta, el reconocimiento de que ya eras el hombre que se necesitaba ser para soportar aquel peso por la cuesta de las eras arriba.

Y el pueblo detrás rogando más que cantando: "Perdona a tu pueblo, Señor... No estés eternamente enojado, perdónalo, Señor". No cabía en mi cabeza todavía firmemente adoctrinada una imagen más terrorífica que un dios eternamente enojado, una sucesión sin fin de aquellos viernes.

Nunca llegué a portar el Sepulcro, para cuando tuve el cuerpo ya no tenía la fe. Con los años el pueblo entero fue perdiendo cuerpos y fe y al paso le pusieron ruedas. En realidad, a un descreído como yo no debería importarle gran cosa, pero resulta que sí, que no sé por qué pero me gustaba más el Sepulcro a hombros de los hombres del pueblo.

Lo pienso aún ahora, cuando he regresado a las procesiones con mi madre del brazo. Ella siempre vivió la religión con fervor y sigue haciéndolo cuando se acuerda. Ha perdido ya tantos recuerdos que me conmueve verla tras el Sepulcro con esa satisfacción de quien sabe que está donde debe estar, aunque su memoria sea un calvario. "Perdona a tu pueblo, Señor...", entona con la gravedad de siempre, como si ambas, letra y tono, regresaran indisolubles de algún lugar de su cabeza donde todavía resiste la persona que fue, con una fe inquebrantable en sí misma tras una vida muriendo por mis pecados.

La Semana Santa en mi pueblo no tiene capirotes, ni túnicas, ni bandas de música, ni saetas ni pasos que bailan con la cadencia de un agricultor apoyado en la barra en una verbena. Solo tiene a un pueblo de penitentes detrás de un paso, vestidos con la ropa de fiesta y que van encendiendo el cirio del vecino cada vez que el viento o la lluvia apagan una llama, manteniendo vivo el fuego incluso bajo los paraguas. Es una fe recia que no se encoge con el agua.

Cuando se me curó el rencor por los años robados aprendí a valorar estas exhibiciones impúdicas de fervor por lo que a simple vista son, porque ayudan a recordar de dónde venimos y explican quiénes somos. No comparto el drama y el llanto provocado por la lluvia, pero ahora sí comprendo la frustración: son recuerdos que se diluyen.

MUNDOS PARALELOS
G

La crucifixión de Palestina. En Tierra Santa no tienen necesidad de pasear iconografía para recordar la muerte y pasión de sus habitantes. Ni siquiera la Onu es ya capaz de negar el genocidio que Israel está cometiendo con los palestinos. De lo que sí somos capaces es de seguir sin hacer nada mientras alabamos a los dioses.

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