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Hechos de materia oscura

El astronauta Michael Collins. EFE
El astronauta Michael Collins. EFE

"Cuando miramos la Luna era una esfera increíble. Pero pese a lo magnífica e impresionante que era, no era nada en comparación con lo que se veía por la otra ventana". Lo que Michael Collins veía por la otra ventana era la Tierra, "diminuta, muy brillante. Azul y blanca, brillante. Hermosa. Serena y frágil". Desde que se las leí a Collins, nunca las he olvidado: "Serena y frágil". Casi siempre los mejores eligiendo las palabras suelen ser las personas de acción, tal vez porque les dan la importancia justa, porque no se pierden en el agujero negro de la retórica.

Collins se ha tenido que morir para que el mundo vuelva a hablar de él. El mundo no es la Tierra, diminuta y hermosa, es otra cosa, algo más pastoso, complicado e indecoroso. El mundo son residuos. Hasta hace unos días, cuando Collins murió con 90 años, el mundo giraba sin respeto ni recuerdo: eran Armstrong, Aldrin y el otro. Mientras los dos primeros pasaban para siempre a la posteridad como los primeros seres humanos en poner un pie en la Luna, con las miradas de 3.000 millones de personas puestas en ellos, Collins era "el hombre más solitario de la historia". Él orbitaba en el Apolo 11 mientras sus dos compañeros conquistaban la Luna; mientras esperaba para traerlos de vuelta, orbitó el satélite varias decenas de veces. Cada vez que pasaba por el lado oscuro, durante cuarenta minutos, perdía el único nexo que le seguía uniendo a su planeta, a su especie: la señal de radio con la sede de la NASA. En esos momentos, a 300.000 kilómetros de nosotros, era el ser humano que más lejos se había aventurado en el espacio nunca jamás. Solo.

Hay que ser de una pasta especial para ser Michael Collins. También para ser Amstrong y Aldrin, pero no tanto: ellos son solo héroes, la materia de la que están hechos los sueños, las esperanzas, las mitologías, las anécdotas, los paraísos. Collins es algo más esencial, la materia de la que está hecho el universo, la que nos crea y nos transforma, la que nos define. Amstrong y Aldrin, como otros tantos héroes que han sido y serán, son deslumbrantes pero contingentes. Collins es necesario. Discretamente necesario.

Cualquiera puede soñarse como un Amstrong o un Aldrin poniendo por primera vez el pie la Luna. Pero hay que estar hecho de lo estaba hecho Collins para asumir de principio que de aquel viaje, pasara lo que pasara, el único de los tres que iba a regresar sin pisar la Luna eras tú. Que podías morir igual que tus compañeros, pero que en caso de supervivencia ibas a tener el papel de un conductor de Blablacar. Y aún así, ir.

Amstrong y Aldrin fueron devorados por su fama, Amstrong muy a su pesar y Aldrin con mucha colaboración por su parte. Collins se apartó muy pronto para refugiarse en su propia satisfacción, en ese lugar en el que uno no se necesita más que a uno mismo para saber quién eres. Siempre se mostró orgulloso de su papel y satisfecho de su trabajo, pero sin alardes, como si fuera materia oscura. Ya mayor, cansado de que le preguntaran las mismas chorradas, hizo público un cuestionario con las respuestas a las preguntas que siempre le repetían y dejó de dar entrevistas. Una de esas respuestas era: "Realmente creo que si los líderes políticos del mundo pudieran ver su planeta desde una distancia de 100.000 millas, su perspectiva cambiaría radicalmente. Esa frontera tan importante sería invisible; ese ruidoso argumento, silenciado. El pequeño globo seguiría girando ignorando serenamente sus subdivisiones, presentando una fachada unificada que clamaría por un entendimiento unificado, por un trato homogéneo": 

La historia la escriben con los héroes, porque la historia solo es olvido e interpretación. Y eso es bueno, funciona. Pero el mundo lo hacen los Michael Collins. Lo acabamos de comprobar de primera mano, sin intermediarios, en esta pandemia. Cuando se escriba la historia, en las páginas de los libros de texto figurarán con todo merecimiento los hombres y mujeres que crearon las vacunas y los medicamentos y nos permitieron dar otro paso hacia delante sin las bajas de otras veces. Pero no habrá ni una línea para aquellas personas que nos han permitido mientras seguir siendo quienes somos, que han hecho posible la continuidad en lugar de la ruptura: sanitarios, cajeros, repartidores, policías, camioneros, agricultores, reponedores, informáticos, barrenderos... El mundo, nosotros; no los necesarios, sino los imprescindibles.

A Collins nunca le importó demasiado la Luna. Siempre defendió que su sueño como astronauta y como miembro de la humanidad era ir a Marte: "La Luna no es un lugar particularmente interesante, pero Marte sí. Es lo más parecido a un planeta hermano que hemos encontrado hasta ahora", dejó escrito antes de desvanecerse en sí mismo. Lo que estaba diciendo es que él aceptó ser el tercero de aquella odisea lunática porque lo que le interesaba era la Tierra. Y nosotros, sobre todo su fe en nosotros, aunque algunos aspirantes a héroes solo nos vean como materia oscura. Que el Universo te sea leve, Michael , nunca estarás solo.

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