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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

La monja y el consolador

El pícaro Paul. EFE

DE ENTRADA, la primera imagen que a uno le viene a la cabeza cuando escucha hablar de consoladores no es la de una monja. Habrá a quien sí, pero normal no es. Aunque también es verdad que estoy hablando por hablar, porque hace tiempo que reduje mi consumo de porno en internet para ahorrar datos y fuerzas, y a lo mejor hasta hay un montón de webs especializadas en monjas y consoladores. No tendría nada en contra ni a favor, el caso es que a mí no me pasa.

Tampoco sé muy bien por qué, porque una vez unidos los conceptos, consolador y monja, parecen complementarse de una manera bastante natural. Así lo ha entendido también Paul Verhoeven, un tipo que a sus 82 años sigue disfrutando del placer de la provocación, lo que ya es un punto a su favor por sí solo.

El director acaba de convertirse en uno de los aspirantes a la Palma de Oro en el Festival de Cannes con su película Benedetta, a la que las crónicas describen como la historia de una novicia lesbiana en un convento del siglo XVII. El alma de troll de Verhoeven desafía su condena eterna en una escena en la que Benedetta se alivia utilizando una estatuilla de la Virgen a modo de consolador. La película entera, explicó este entrañable pícaro, es una crítica a los fundamentalismos religiosos y un cum shot sobre los tabús sociales y mentales.

Algo de polémica ha habido en Cannes, de eso se trataba y por eso la organización del festival había promocionado el estreno con tantos "monja" y "consolador" en los titulares, pero ha durado lo que ha tardado en comenzar el pase de la siguiente película. Es triste que haya que destacar la normalidad y la sensatez como algo extraordinario, pero no puedo ignorar que estamos en un país que ha convertido el delito de odio en una seña de identidad.

No estoy nada convencido de que el estreno de Benedetta en España no vaya a desatar una de esas oleadas de indignación e intransigencia a las que nos estamos acostumbrando. La Audiencia de Málaga acaba de condenar a una mujer malagueña que participó en una manifestación del 8 de marzo en la que se portaba una vagina de plástico ataviada como una virgen. Había sido denunciada por la asociación integrista Abogados Cristianos, la misma que hace unos días consiguió que un juez ordenara la medida cautelar de retirar la bandera LGTBi que el Ayuntamiento de Zaragoza había colgado en su balcón.

Tampoco es una cuestión solo de creencias. O no solo de determinadas creencias. La Audiencia Nacional y hasta el Tribunal Supremo tienen un fértil historial de condenas por este tipo de delitos que limitan los derechos de expresión y hasta de pensamiento, según les ha recordado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos cada vez que una de estas ocurrencias ha llegado a sus manos.

Estamos odiando por encima de nuestras posibilidades, con el daño que eso nos hace, porque no hay sentimiento que exija más esfuerzo de uno mismo y del que se extraiga menos beneficio que el odio. Es agotador y la mayor parte de las ocasiones el odiado es ignorante de ese sentimiento. Solo nos come por dentro.

Yo en esto tengo la pauta completa de la vacunación gracias a mi irremediable tendencia a la pereza, siempre me ha resultado más habitable la indiferencia. Aun así, defiendo el derecho de cada uno a odiar lo que le venga en gana, incluso a odiarme a mí.

En algún momento deberemos madurar como democracia y como Estado de derecho y asumir que odiar no es un delito. Ni siquiera expresar ese odio, salvo en el caso extremo de que esa expresión vaya acompañada de amenazas y violencia contra quien se dirige. Pero eso es ya otra cosa que no tiene que ver con herir sentimientos o con tratar de silenciar a quien no odie como tú.

Nos urge cada vez más eliminar de nuestro Código Penal las leyes que convierten el odio, las opiniones, el mal gusto o la falta de educación en delitos. Quizás fueran normales en el tiempo en que Benedetta se tenía que masturbar con una estatuilla, pero ahora cualquier monja puede tener acceso a un Satisfyer. A ver si poco a poco vamos aprendiendo a darnos gusto como sociedad.

La monja y el consolador
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